La humanidad en el borde de la UCI
Dr Hugo A Fiallos
Observador de milagros
Bienvenidos una vez mas a esta su moribunda columna Educando a la Pobrería.
Ya en otras ocasiones les he contado acerca de las unidades de cuidado intensivos en nuestro país, les he explicado que son, cómo funcionan, y cuáles son sus objetivos.
Pero esta vez no les voy a hablar ni de ventiladores mecánicos, ni de enfermedades extrañas, ni de los accidentes estúpidos a los cuales nos exponemos voluntariamente.
Hoy le voy a contar de algo mucho más humano… y mucho más incómodo.
Les voy a contar de la sala de espera de la UCI.
Ese lugar donde el tiempo deja de ser tiempo. Donde un minuto dura una eternidad… y una eternidad dura lo que tarda el médico en salir a dar los informes.
Porque uno puede estudiar fisiología, farmacología, ventilación mecánica, pero hay una cosa para la que ninguna universidad te prepara: Tratar con una familia que espera.
Imaginen la escena: un par de puertas de vidrio con un letrero que dice Unidad de Cuidados Intensivos. Puertas que separan dos mundos totalmente diferentes. Atravesar esas puertas es como entrar en otra dimensión. En uno de sus lados hay ruido de maquinas, alarmas, monitores, y al otro…Un silencio raro, denso, con llanto suave, suspiros, pasos nerviosos, interrumpido por los sonidos de los teléfonos. Y ahí están las familias, los amigos, los compañeros de la persona que en una cama lucha por su vida.
Sentados en sillas diseñadas por alguien que odia a la humanidad.
Sillas duras, frías. Sillas que después de veinte minutos ya te hicieron arrepentirte de todas las decisiones de tu vida.
Y todos miran la misma puerta.
La puerta por donde en cualquier momento puede salir alguien diciendo el nombre de su familiar.
Hay algo fascinante en las salas de espera de la UCI.
Ahí se mezclan todas las emociones de la condición humana.
Negación, Esperanza, Rabia,Fe, y WhatsApp. Mucho WhatsApp.
Porque sí, la tragedia humana hoy también pasa por el grupo familiar, el grupo de la escuela, el grupo de vecinos y todos los grupos que pueden almacenar en sus telefonos.
“¿Qué dijo el doctor?” “¿Cómo sigue?” “Mandá foto”.
Como si una foto fuera a explicar lo que significa estar conectado a tres bombas de infusión, dos catéteres y una máquina que respira por el paciente.
Los familiares de pacientes críticos desarrollan algo que en medicina se estudia bastante: se llama estrés agudo asociado a hospitalización.
No es metáfora, ni drama. Es fisiología.
Hay estudios donde se ha medido los signos vitales a los familiares durante la hospitalización en UCI y se ha demostrado que todos se elevan, la presión, la frecuencia cardíaca y hasta la respiración también esta elevada. La calidad del sueño desaparece.
Estar esperando noticias puede ser tan estresante para el cuerpo como correr una maratón. Con la diferencia de que en la maratón por lo menos te dan una medalla al final. En la UCI no.
A veces ni siquiera hay final feliz.
Y entonces empiezan los rituales.
¿Por qué las salas de espera se llenan tanto de espiritualidad?
El primo prende una vela, la abuela reza un rosario, la tía promete dejar el pan blanco si todo sale bien.
Esto se debe a que la ciencia explica el cómo, pero la gente necesita saber el por qué.
¿Por qué a él? ¿Por qué ahora? ¿Por qué a nosotros?
La medicina no puede responder eso. Y honestamente nadie puede.
Entonces aparecen las explicaciones alternativas: el destino, Dios, pruebas de la vida, el Plan divino.
Historias que ayudan a sostener la mente cuando la lógica no puede.
Porque cuando el cerebro no puede controlar la realidad, la inventa.
El cerebro humano está diseñado para encontrar patrones incluso donde no los hay.
Preferimos una explicación falsa que ninguna explicación.
Porque la incertidumbre absoluta es insoportable.
Porque la gente necesita información. Aunque no la entienda.
La neurociencia lo sabe.
El cerebro humano odia no saber.
Prefiere una mala noticia clara que un “ahí va, echándole ganas”.
Porque la incertidumbre activa el sistema de defensa ante las amenazas. Se libera cortisol y adrenalina porque el cuerpo se prepara para pelear contra un enemigo que no puede ver. Se llama posibilidad.
Y uno piensa: científicamente esos rituales, esas promesas, no cambian el curso clínico. Pero psicológicamente cambia algo muy importante: La sensación de impotencia.
Creer que estás haciendo algo aunque no estés haciendo nada.
La fe cumple una función psicológica brutal: Reduce ansiedad, ordena el caos y le da narrativa al sufrimiento.
Una de las cosas más humanas que existen es esperar por alguien.
Esperar en un aeropuerto, esperar una llamada, Esperar que el médico salga a dar informes.
La espera tiene algo profundamente existencial. Porque no podemos hacer nada excepto seguir ahí.
Y sin embargo, la presencia importa mucho.
Aunque científicamente no cambie el curso de la enfermedad, psicológicamente lo cambia todo.
Saber que alguien está ahí, aunque no pueda entrar, aunque no pueda ayudar.
En cuidados intensivos uno aprende algo que no enseñan en los libros.
La medicina trata órganos, pero la enfermedad afecta familias completas.
Cada paciente en la UCI arrastra detrás un sistema solar de personas. Madres, Hermanos, Parejas, Hijos, Historias, y culpa, mucha culpa: “Si lo hubiera traído antes”, “Si no lo hubiera dejado salir”, “Si no le hubiera regalado esa moto”.
La mente humana es experta en torturarse, pero la mayoría de las veces la realidad es más simple y cruel. Las cosas pasan. Los accidentes ocurren.
Nadie nos enseña a perder a alguien, y cuando ocurre… parece una injusticia cósmica. La mente busca culpables: El hospital, el médico,Dios, Alguien.
Porque aceptar que algunas cosas simplemente ocurren… es demasiado pesado.
La medicina trabaja con probabilidades. La fe trabaja con significado.
Y ahí chocan dos mundos.
Porque el médico dice: El pronóstico es reservado.
Y la familia escucha: Todavía hay la posibilidad de un milagro.
Ahora, hablemos de ese milagro.
Porque esa palabra aparece mucho cerca de las UCI.
Milagro no significa lo que la gente cree.
En medicina, milagro suele significar una de tres cosas: Una Probabilidad baja que ocurrió, un diagnóstico inicial incorrecto, o que el cuerpo se vuelve absurdamente resistente.
Pero a la familia no le interesa la estadística. Le interesa la persona.
Y es comprensible. Porque cuando un hijo, una madre o una pareja está ahí adentro… la estadística se vuelve irrelevante. Nadie quiere ser del porcentaje que se muere. Todos quieren ser del porcentaje que sobrevive.
Fíjense que en mis 30 años de ser intensivista he aprendido algo: La esperanza es una droga curiosa. Tiene efectos positivos pero como toda droga también tiene efectos secundarios.
El problema aparece cuando la esperanza se vuelve negación.
Porque aceptar que alguien puede morir es algo que nuestra cultura evita como si fuera un virus.
Vivimos en una sociedad que vende optimismo como si fuera baleadas “Todo va a salir bien” “Pensá positivo” y no, no siempre pasa. Y eso incomoda.
La muerte hoy está escondida, antes la gente se moría en su casa, ahora se muere en los hospitales.
Antes los niños veían morir a los abuelos. Ahora la muerte está detrás de puertas de vidrio.
La hemos externalizado, la hemos medicado, la hemos convertido en un error.
Como si morir fuera una falla del sistema.
Pero en la UCI uno aprende algo rápido.
Morir es parte del software que traemos instalado desde que nacemos.
El problema es que nadie quiere escuchar eso cuando está sentado en la sala de espera.
Hay frases que yo oigo demasiado seguido: “Doctor, haga todo lo posible”.
Y esa frase parece sencilla… pero es filosóficamente complicada.
Porque todo lo posible en medicina no siempre significa todo lo razonable.
Podemos prolongar el funcionamiento de los órganos, pero no siempre podemos devolver vidas, porque alargar la vida de forma artificial no es vida.
Y ahí aparece uno de los dilemas éticos más brutales de la medicina moderna.
La diferencia entre prolongar la vida y retrasar la muerte.
La familia quiere mas tiempo, los médicos queremos resultados y el paciente…muchas veces no puede opinar acerca de lo que quiere.
La comunicación en medicina crítica es un campo de estudio completo.
No solo importa lo que se dice, importa lo que la gente necesita escuchar.
Y muchas veces esas dos cosas no coinciden.
Los intensivistas desarrollamos algo parecido a un dialecto.
Un idioma intermedio entre la crudeza de la realidad y la fragilidad emocional de quien escucha.
Porque decir la verdad es necesario, pero decirla sin destruir a quien la recibe también lo es y aquí confieso que muchas veces he fallado.
Y en medio de todo eso aparece otro fenómeno interesante.
Porque el médico dice: Está estable. Y la familia escucha: Se está mejorando.
Pero estable en UCI muchas veces significa: “No se ha muerto todavía”.
O “paso la noche tranquila” lo cual médicamente significa: “No hizo paro cardíaco”.
Pero a la familia le suena como si el paciente estuviera por levantarse a desayunar.
Hay otro fenómeno curioso en las salas de espera.
La solidaridad entre desconocidos.
Personas que nunca se habían visto terminan compartiendo café a las tres de la mañana, hablando de los diagnósticos, contando que fue lo que pasó.
Es una especie de comunidad temporal del sufrimiento.
La UCI crea vínculos raros.
Gente que se conoce en el peor momento de su vida… y aun así se acompaña.
Porque el dolor compartido pesa menos, o al menos eso sentimos.
Pero importa. Porque a veces el momento más humano en un hospital no ocurre dentro de la UCI. Ocurre afuera.
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