COMER NO ES PARA CUALQUIER TROMPUDO: En Honduras es un deporte de alto riesgo.
EDUCANDO A LA POBRERÍA
Hugo a Fiallos
Si usted es una persona común, corriente, rascuache y picapedrera, probablemente no tenga ni la menor idea de qué sucede dentro de su cuello cuando decide que es hora de almorzar. Y no se sienta mal; tampoco lo sabe el 90% de la población. Vivimos en una época donde nos creemos muy listos. Tenemos autos que se manejan solos, celulares que nos avisan cuando respiramos demasiado rápido y aplicaciones que cuentan cuántos pasos damos, una era donde presumimos de saber cómo funciona la inteligencia artificial, pero nos ahogamos con un trozo de pan porque no entendemos la arquitectura básica de nuestra propia garganta.
Los médicos, esos seres que habitan en un plano superior y que se comunican en un lenguaje mágico, místico y lleno de prefijos griegos, suelen ignorar que el resto de nosotros nos referimos a las partes de nuestro cuerpo con lo que yo llamo "nombres de barrio". Usted no dice gastronemios, región occipital, la escapula. No, usted dice las verijas, los gatos, la nuca, el lomo, y otras tantas palabras que ya conoce de sobra para las diferentes partes de su cuerpo, algunas con nombres de pájaro, aunque su pareja prefiera llamarlo "copetín". Pero cuando esa anatomía de barrio se enfrenta a la realidad biológica de la supervivencia, la cosa se pone tensa.
Todos hemos estado ahí: en medio de una cena, soltando una carcajada inoportuna o intentando tragar mientras hablamos de política, y de repente, el vergueo. Empieza la tos, la cara se pone del color de la berenjena (Morada para los que no la conocen) y, no falta el sabio que hace el diagnóstico de barrio: "Se le fue por el camino viejo". Es una frase tan nuestra, tan de barrio, que casi parece una bendición religiosa, porque preferimos el lenguaje directo. Porque reconocer que una miserable migaja de milanesa nos venció es demasiado humillante para la especie que mandó un hombre a la Luna. Ningún anatomista conoce ese camino. Ningún cirujano lo estudió en la facultad. Ningún tratado de medicina lo menciona. Pero todos entendemos perfectamente de qué estamos hablando. Y, cuando el peligro pasa, la clásica conclusión nacional: “Casi me muero.”
No.
Casi no.
Realmente pudo haberse muerto.
Pero no tiene ni conciencia de ese riesgo.
Ahora, por favor, no lo confundan con el "camino de tierra". Son dos cosas totalmente diferentes, diametralmente opuestas y, si usted se confunde va a terminar muy mal.
Pero, ¿qué es lo que realmente ocurre? La respuesta es que comer no es para cualquier trompudo. La gente piensa que comer es un acto pasivo, como ver una serie en Netflix. Para nada. Solo para masticar y tragar, su cuerpo tiene que activar más de 30 músculos. Imagínese que es como una orquesta donde 30 músicos tienen que tocar la misma nota al mismo tiempo; si uno se distrae, todo se va a la mierda. Pues bien, su garganta hace exactamente eso cada vez que usted traga, y usted ni siquiera le da las gracias. Y después dice que a usted nadie le agradece nada.
El problema y aquí es donde entra la ironía de nuestra existencia es que la comida y el aire comparten la misma autopista al principio del trayecto. Imaginen el diseño: la comida llega a un cruce donde tiene que elegir entre dos tubos. Uno es el esófago, el VIP que lleva la comida al estómago. El otro es la tráquea, el acceso directo a sus pulmones. Obviamente, todos queremos que la comida se vaya al estómago, y el cuerpo, que no es tonto, lo sabe. Por eso tenemos una tapadera, la glotis, colocada estratégicamente debajo de la campanilla(Esa bolita de carne que le cuelga en el fondo de la boca), pues la glotis es como una puerta que debería cerrarse bien sellada cada vez que tragamos. Y así, todos contentos y gordos. La glotis es la heroína anónima de cada almuerzo.
¿Dónde empieza el problema? En la negligencia humana. En nuestro ego. Todos sabemos que necesitamos respirar (un detallito de nada, una cosita mínima supongo) y, como normalmente no aguantamos la respiración mientras comemos, a veces la sincronización falla. Es lo que los médicos, en nuestro afán de vernos como si fuéramos inteligentes, llamamos "aspiración". Un nombre elegante para un momento desagradable donde el cuerpo entra en modo adrenalina pura porque detecta que se está asfixiando con un trozo de carne que no debió entrar ahí.
Y es que, seamos sinceros, nuestra conducta en la mesa es de todo menos prudente. Comemos cansados, comemos distraídos mirando el celular, comemos discutiendo con el jefe por WhatsApp, o comemos mientras tratamos de convencer a alguien de nuestras ideas brillantes. Somos una especie que intenta hacer malabares biológicos mientras ignora que tiene una puerta llamada glotis que, si se abre en el momento equivocado, nos puede mandar directo a urgencias, aunque en Honduras, ante la ignorancia de los primeros auxilios, la mayoría, termina en la morgue.
Es curioso notar cómo los líquidos son nuestros mayores enemigos. Un sorbo de agua puede provocar un ataque de tos que le desordena la vida a cualquiera. ¿Por qué? Porque el agua no espera a que la glotis se asegure de que el camino esté despejado. Los líquidos tienen prisa, son impulsivos y se cuelan por donde no deben antes de que el cuerpo pueda reaccionar. Es la metáfora perfecta de la vida moderna: vamos tan rápido que al final terminamos ahogándonos con nuestra propia prisa.
En casos extremos, esta pequeña falla en la logística orgánica puede terminar en una neumonía. Afortunadamente, es poco común. Normalmente, la tos logra expulsar al intruso y el orden se restablece. Pero esto no debería hacernos confiar.
La prevención es ridículamente simple y por eso nadie la hace: masticar bien, comer despacio, no hablar con la boca llena y evitar distracciones. Nuestros padres, esos sabios sin título de medicina, tenían razón: "No hables con la boca llena". No lo decían solo por educación o para que no se nos viera la lechuga entre los dientes; lo decían porque sabían, intuitivamente, que la física es implacable. Ese consejo tan antiguo que sonaba a sermón ahora resulta ser sabiduría médica pura. Pero claro, admitir que mamá tenía razón es más difícil que admitir que nos atragantamos con un cacahuate.
Cada vez que usted intenta hablar, tiene que dejar pasar aire; si deja pasar aire, la glotis se abre; y si tiene comida en la boca en ese momento, usted le abre la puerta al desastre. Es una cuestión de lógica pura: ¿quiere hablar o quiere vivir? Elija.
Deberíamos preguntarnos por qué algo tan sencillo como aprender primeros auxilios sigue siendo un lujo y no una obligación.
En la escuela aprendemos capitales del mundo que olvidaremos, ymemorizamos fórmulas matemáticas que nunca vamos a usar.
Pero no sabemos reaccionar cuando nuestro hijo deja de respirar por un pedazo de comida.
Algo estamos enseñando mal.
O, peor aún, estamos priorizando mal.
Porque la educación no debería consistir únicamente en acumular conocimientos.
También debería prepararnos para sobrevivir.
Y para ayudar a sobrevivir a otros.
Pero nadie considera indispensable enseñar cómo salvar a una persona que se está asfixiando.
La maniobra de Heimlich (o como se llame ahora) debería ser tan conocida como cambiar una llanta. Pero no. Preferimos saber cómo poner un filtro de café en redes sociales antes que salvar una vida en la mesa familiar.
Es extraordinaria la facilidad con la que confundimos información con conocimiento.
Y conocimiento con sabiduría.
Pero el cuerpo no negocia. La fisiología no acepta excusas y la gravedad tampoco.
Y cuando un pedazo de carne bloquea la respiración, la discusión sobre política, fútbol o religión deja de tener importancia.
En ese momento solo existe una prioridad. Respirar.
Quizá esa sea una de las grandes enseñanzas de la biología.
Todo parece importante… hasta que falta el aire.
Entonces desaparecen las preocupaciones financieras, los problemas laborales, las discusiones familiares, las elecciones, las redes sociales, y las apariencias.
Es curioso que necesitemos acercarnos al peligro para recordar qué cosas realmente importan.
Somos la única especie que se distrae mientras come. Los animales comen con concentración absoluta. Nosotros comemos y al mismo tiempo planeamos las vacaciones, criticamos al gobierno y nos preocupamos por si subimos dos kilos. Somos multitareas hasta para morirnos.
La próxima vez que se siente a la mesa, le sugiero un ejercicio de humildad. Reconozca que es un milagro biológico que no se esté ahogando en este mismo instante. Masticar no es una pérdida de tiempo, es el acto de respeto más básico que puede tener hacia su propio sistema de tuberías. Coma porciones sensatas, deje el celular en otra habitación y, por el amor de Dios, guarde silencio mientras mastica. El mundo no se va a acabar porque usted deje de dar su opinión durante diez minutos.
Porque, al final, la lección es sencilla: el cuerpo es una maquinaria perfecta, pero el usuario(usted) es un desastre. La glotis hace lo que puede con lo que tiene, pero no hace milagros. Así que, la próxima vez que se atore, no culpe a la mala suerte. Culpe a su distracción. Y si esto se vuelve una costumbre, hágase un favor y visite a un médico, aunque hable en ese lenguaje enredado que tanto nos molesta. Al menos, ellos sí saben dónde está la glotis. Mientras tanto, mastique, trague y, por favor, no hable mientras lo hace. Se lo agradecerá usted mismo, y los que están sentados a su lado, también.
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