LOS MENSAJES SUBLIMINALES DESAPARECIERON … PORQUE YA NO SON NECESARIOS
Dr HUGO A. FIALLOS
Médico que muy a su pesar debe aceptar, que tambien es manipulado.
Algunos de ustedes están muy chiquitos para acordarse pero hubo una época en la que la gente estaba convencida de que Hollywood quería controlar nuestras mentes con mensajes escondidos entre las imágenes de las películas. Que en las imágenes de los anuncios habían otras imágenes que te hacían tener cierta conducta, e incluso otros aseguraban que, si escuchábamos un disco haciéndolo sonar al revés, se te aparecía el diablo.
Nos asustaba la idea de que una voz susurrara “compra”, “vota” o “consume” por debajo del umbral de nuestra conciencia. Libros, documentales y programas de televisión alimentaron el mito de la manipulación subliminal como si fuera la herramienta definitiva para controlar la mente humana. Y lo peor, es que les creímos. Nos dio miedo un monstruo que nunca existió.
Décadas después, la ciencia demostró que todo era falso, que había sido un engaño inventado. Sí, es cierto, existen los estímulos subliminales. Y sí, pueden influir ligeramente en algunas decisiones muy simples. Pero no, no pueden convertirte en un robot obediente ni obligarte a comprar un carro, votar por un candidato o enamorarte de una marca de refrescos.
La gran ironía es que mientras todos buscábamos mensajes secretos escondidos, la verdadera manipulación se estaba mudando a la sala de nuestra casa... y ahora vive cómodamente en la bolsa, dentro de un teléfono inteligente.
Ya no hace falta esconder nada.
Hoy la manipulación es descarada.
Cuando una red social sabe exactamente qué video mostrarte para que pases otra hora deslizando el dedo, eso no es magia. Es ciencia del comportamiento.
Cuando una aplicación conoce tus horarios de sueño mejor que vos mismo, no es coincidencia. Es recopilación de datos.
Cuando una tienda acomoda los productos para que salgas con el doble de lo que pensabas comprar, no es casualidad. Es psicología aplicada.
Y cuando un político logra convencer a miles de personas de que él es la verdadera víctima mientras aparecen nuevas denuncias de corrupción cada semana, tampoco estamos viendo un milagro.
Estamos viendo marketing.
Lo curioso es que seguimos creyendo que somos inmunes.
Todos conocemos a alguien que dice: "A mí la publicidad no me afecta".
Porque nuestro cerebro tiene un ego enorme. Le encanta creer que tiene el control.
Necesita creer que todas las decisiones son propias.
Y ahí es donde empieza la verdadera manipulación.
La publicidad moderna dejó de vender productos hace mucho tiempo.
Ahora vende emociones.
Un perfume no promete oler bien, promete volverte irresistible.
No te venden un perfume, te venden éxito.
No te venden un carro, te venden estatus.
No te venden un teléfono, te venden pertenencia.
Y un café ya no es una bebida. Es productividad. Es éxito.
Es “levantarse con actitud”.
Curiosamente, nadie anuncia azúcar.
Porque el azúcar no vende.
Vende la felicidad que supuestamente viene con ella.
Nos venden la emoción.
Nosotros hacemos el resto.
Después llegaron las redes sociales y decidieron que la manipulación podía ser todavía más eficiente. Y ahí es donde aparece la manipulación moderna.
Ya no intentan obligarte.
Solo hacen que la opción que ellos quieren parezca la más lógica, la más bonita, la más popular y la más urgente.
Y nosotros, felices, hacemos fila para comprar emociones envueltas en plástico.
Lo más fascinante es que la tecnología perfeccionó algo que la publicidad tradicional apenas soñaba.
Antes un anuncio llegaba a millones de personas esperando que algunos mordieran el anzuelo.
Hoy cada uno de nosotros vive dentro de un comercial distinto.
Tu algoritmo no es igual al mío, ni al de tu esposa o el de tu mejor amigo.
Cada teléfono construye una realidad diferente.
Si buscaste ansiedad, te mostrará ansiedad.
Si buscaste política, vivirás rodeado de política.
Si viste un video sobre dietas, durante semanas creerás que el mundo entero solo habla de perder peso.
Y es cuando dices: Este teléfono me escucha, estaba pensando en comprar zapatos y me salió un anuncio de zapatos.
No fue casualidad. Fue estadística. Fue análisis de datos.
Fue inteligencia artificial trabajando mientras vos dormías.
Tu teléfono probablemente sabe a qué hora te despertás, cuánto tardás en responder un mensaje, cuánto tiempo permanecés viendo un video triste, cuáles noticias te hacen enojar y hasta qué horas del día sos más impulsivo para comprar.
Porque los algoritmos no ven a una multitud.
Ven personas, ven sus miedos, sus inseguridades, frustraciones.
Y las convierten en oportunidades de negocio.
La manipulación moderna ya ni siquiera intenta convencernos.
Prefiere cansarnos. Porque un ciudadano agotado piensa menos, verifica menos,lee menos. Ah pero si discute más, comparte más. Compra más.
Y vota más emocionalmente.
Vivimos sobreestimulados, diariamente recibimos miles de notificaciones, cientos de titulares. Pasamos viendo videos de quince segundos.
Vemos escándalos que duran un día. 4 por mucho, indignaciones que duran una semana.
Nuestro cerebro nunca había recibido tanta información y paradójicamente nunca había tenido tan poco tiempo para analizarla.
Nos hicieron creer que estar informados era consumir más contenido.
Pero información no siempre significa comprensión, muchas veces solo significa ruido.
La política aprendió la lección muy rápido.
Ya no hace falta convencer a la población de que un candidato es excelente.
Basta con convencerla de que el otro es peor. O que su candidato es bueno porque “sale en la tele”
Otro factor importante es que el miedo vende, que la indignación vende, que el resentimiento vende.
Las redes sociales descubrieron que una persona enojada permanece más tiempo frente a la pantalla que una persona tranquila.
Y si permanece más tiempo, ve más anuncios, les produce más dinero.
Nuestra indignación terminó convirtiéndose en un negocio.
Qué ironía.
Creíamos que éramos ciudadanos, resultó que éramos producto.
Lo mismo ocurre con los medios de comunicación.
Una noticia equilibrada informa pero una noticia escandalosa genera clics, y los clics son los que pagan cuentas.
Por eso pareciera que Honduras está a cinco minutos de acabarse todos los días. Muertos, robos, accidentes, si no es una pandemia, es una guerra.
Si no es una guerra, es una crisis económica. Es cierre de negocios es aumento del costo de la energía electria, de la gasolina,
Si no es una crisis, es una conspiración de Israel con Trump y JOH para volvernos sus esclavos.
Nunca desperdiciemos una buena tragedia.
Siempre deja ganancias.
Y cuando ya no queda nada…
Siempre aparecerá un “influencer” haciendo alguna pendejada, organizando un juego de futbol que saben que distrae a la masa ignorante y más porque van las influencers a mover el culo.
Quizá el problema no sea que nos manipulen.
Después de todo, influir en las decisiones humanas existe desde que apareció el primer vendedor del mercado.
El verdadero problema es que dejamos de hacernos preguntas.
Compartimos noticias sin leerlas, opinamos sobre temas que desconocemos, compramos cosas que no necesitamos.
Nos indignamos porque el algoritmo nos dijo que debíamos indignarnos.
Y defendemos ideas que hace cinco minutos ni siquiera sabíamos que existían.
Todo porque alguien descubrió que captar nuestra atención es mucho más rentable que captar nuestra inteligencia.
No hace falta una conspiración cuando existen millones de algoritmos optimizando nuestra atención segundo tras segundo.
Cada empresa intenta ganar unos minutos más de nuestra vida.
Cinco minutos aquí, Diez allá, Treinta antes de dormir.
Horas enteras durante el fin de semana.
Nuestra atención se convirtió en el recurso natural más valioso del planeta.
Más valioso que el petróleo.
Porque quien controla tu atención tiene enormes posibilidades de influir en tus decisiones.
Y quien influye en tus decisiones controla tu dinero, tu tiempo, tus emociones y muchas veces hasta tu voto.
La buena noticia es que existe una vacuna.
No es perfecta pero no cuesta dinero.
Se llama pensamiento crítico.
Ese incómodo hábito de hacer preguntas.
¿Quién dice esto? ¿Por qué lo dice? ¿Quién gana si yo lo creo? ¿Qué evidencia existe? ¿Cuál es la fuente? ¿Cuánto de esto intenta informarme y cuánto intenta venderme algo?
Pensar sigue siendo el acto más revolucionario de nuestra época.
Porque obliga a los vendedores de humo a trabajar más duro.
No se trata de vivir desconfiando de todo.
Basta con recuperar esa costumbre que parece estar en peligro de extinción: pensar.
Pensar antes de compartir, antes de comprar, antes de indignarnos, antes de creer.
Se trata de recuperar algo que estamos perdiendo a una velocidad preocupante: la capacidad de de leer antes de compartir, de investigar antes de opinar,de escuchar antes de reaccionar. Incluso, de aceptar que podemos estar equivocados.
Y eso, curiosamente, es exactamente lo contrario de lo que quieren quienes viven de nuestra atención.
Porque la manipulación más peligrosa nunca fue la que entraba por debajo del umbral de la conciencia.
La más peligrosa es la que entra por la puerta principal... y nosotros mismos le ofrecemos café.
Comentarios
Publicar un comentario