El SUICIDIO: LO QUE NADIE QUIERE HABLAR.

Dr Hugo A. Fiallos
Medico que no es psiquiatra, pero sabe escuchar. Yo te puedo escuchar
Los hondureños podemos hablar durante horas de política, de fútbol, de la vida del vecino, de quién se divorció, quién se fue del país, quién se compró carro nuevo y hasta de lo que alguien publicó en Facebook hace cinco años. Pero cuando alguien menciona que una persona se quitó la vida, la conversación cambia de tono. Aparecen las miradas incómodas, los murmullos y, casi siempre, una explicación rápida: “Estaba loco”, “era débil”, “no pensó en su familia” o “ no tenía a Dios ennsu corazón”. Y así, con una frase, creemos haber explicado una tragedia humana que probablemente llevaba años construyéndose.
El problema es que el suicidio no cabe en una frase.
Tampoco cabe en la palabra “cobardía”. Mucho menos en “locura”. Es un fenómeno complejo en el que pueden mezclarse sufrimiento psicológico, pérdidas, violencia, problemas económicos, enfermedades, aislamiento, consumo de sustancias, conflictos familiares, discriminación y muchas otras circunstancias. A veces hay un diagnóstico de salud mental. A veces no. A veces podemos identificar lo que estaba ocurriendo. Otras veces, ni siquiera quienes estaban más cerca de la persona entendieron la magnitud de lo que estaba viviendo.
Y eso último nos cuesta muchísimo aceptarlo.
Después de una muerte por suicidio casi siempre aparece la misma pregunta: “¿Cómo nadie se dio cuenta?”. Pero quizá deberíamos hacernos otra: ¿cuántas veces preguntamos realmente?
Porque vivimos en una sociedad bastante culera. Nos encanta llevarle la vida a los demás, pero no nos interesa saber cómo se sienten. Preguntamos cuánto gana alguien, cuánto le costó la casa, por qué se divorció, cuándo piensa casarse, por qué no tiene hijos, cuánto pesa y hasta por qué se está quedando calvo. Somos especialistas en invadir vidas ajenas. Pero preguntarle a alguien “¿cómo estás de verdad?” se nos hace tan difícil como hallar un politico que no robe.
Y cuando finalmente alguien responde “no estoy bien”, ahí comienza otra de nuestras grandes tradiciones: dar consejos.
“Tenés que echarle ganas”, “Pensá positivo”, “Salí, distraete.”, “Hay gente que está peor”, “Vos podes”, “Busca a Dios”.
Qué facilidad tenemos para resolver la vida de los demás con tres frases motivacionales de Instagram.
Decirle a una persona que está sufriendo que hay gente peor, no hace que su sufrimiento desaparezca. Si alguien tiene una pierna fracturada, no le decimos que se alegre porque hay personas que perdieron las dos. Entonces ¿por qué creemos que el dolor emocional funciona de esa manera?
El sufrimiento no es una competencia.
Y pedir ayuda tampoco debería ser una vergüenza. Todavía existe entre nosotros esa idea absurda de que ir al psicólogo es cosa de locos. Curiosamente, nadie se siente avergonzado por ir al cardiólogo, al endocrinólogo o al traumatólogo. Pero si alguien busca ayuda porque lleva meses sintiéndose vacío, desesperado o incapaz de continuar, inmediatamente aparecen los diagnósticos de pulpería.
Tenemos que empezar a entender que la salud mental también es salud.
Y hay algo todavía más importante: no tenemos que esperar a que alguien diga “quiero suicidarme” para comenzar a preocuparnos.
Hay cambios que pueden llamar nuestra atención: una persona que comienza a aislarse, que pierde interés en las cosas que antes disfrutaba, que expresa desesperanza, que habla de sentirse una carga, que dice que ya no quiere seguir o que estaría mejor si no existiera. Ninguna de estas señales, por sí sola, significa automáticamente que alguien intentará suicidarse. Pero sí pueden ser razones suficientes para acercarnos y preguntar.
Y sí, podemos preguntar directamente: “¿Estás pensando en hacerte daño?”, “¿Has pensado en suicidarte?”
No, preguntar no le mete la idea en la cabeza. Ese es uno de los mitos que necesitamos abandonar. Una pregunta directa puede abrir una conversación que la persona llevaba tiempo intentando tener y no encontraba con quién.
Pero preguntar es solamente la mitad del asunto. La otra mitad es escuchar.
Y escuchar de verdad es mucho más difícil de lo que parece. Porque muchas veces no escuchamos para entender; escuchamos para responder. Mientras la otra persona está hablando, nosotros ya estamos preparando nuestro consejo. Queremos arreglarla, convencerla, explicarle que la vida es bonita y recordarle todas las razones por las que debería sentirse feliz.
Tal vez no necesita nada de eso.
Tal vez necesita sentarse junto a alguien y poder decir, sin que la juzguen: “Estoy cansado”.
Tal vez necesita escuchar: “No sé exactamente qué estás sintiendo, pero estoy aquí”.
Eso no significa que los familiares o amigos tengan que convertirse en psicólogos. No podemos pretender que una conversación sustituya la atención profesional. Pero sí podemos ser ese puente que ayude a una persona a llegar hasta ella.
Y cuando existe un riesgo inmediato, hay que actuar. No dejar sola a la persona, buscar ayuda profesional o de emergencia, involucrar a familiares o personas de confianza y procurar que el entorno sea seguro. En esos momentos, guardar un secreto puede ser mucho menos importante que proteger una vida.
También tenemos que hablar de algo que muchas veces preferimos ignorar: el alcohol. En Honduras tenemos una relación casi religiosa con el guaro. si Celebramos: guaro, si lloramos: guaro, terminamos una relación: chupamos, conseguimos trabajo: chupamos y, si nos fue mal chupando, al día siguiente buscamos curarnos chupando.
El problema es que el alcohol puede empeorar una crisis porque afecta el juicio y aumenta la impulsividad. Por eso, cuando una persona está atravesando una crisis emocional y además está intoxicada, no es momento de decir “dejalo que duerma y mañana se le pasa”. Es momento de prestar más atención.
Pero tampoco podemos cargar toda la responsabilidad sobre la persona que está sufriendo. Aquí entra la sociedad y entra el Estado.
Es muy fácil decirle a alguien: “Buscá ayuda”.
La pregunta siguiente debería ser: ¿dónde?
Porque no basta con recomendar atención psicológica si esa atención no está disponible, si es demasiado cara, si no hay profesionales suficientes o si una persona tiene que esperar demasiado tiempo para recibirla. Y eso se vuelve todavía más serio en comunidades donde conseguir atención médica básica ya representa una dificultad.
La prevención del suicidio no consiste solamente en decirle a una persona que sea fuerte. También implica tener servicios de salud mental accesibles, profesionales capacitados, detección temprana, seguimiento y comunidades capaces de reconocer que estos problemas existen.
Y aquí aparece una responsabilidad que todos tenemos: dejar de tratar el suicidio como un tema vergonzoso.
No necesitamos convertirlo en espectáculo. No necesitamos publicar detalles morbosos. No necesitamos especular sobre las razones de una persona después de su muerte. Pero sí necesitamos hablar de prevención.
Necesitamos enseñarles a nuestros hijos que pedir ayuda no es fracasar.
Necesitamos que en las escuelas alguien pueda escuchar.
Necesitamos que en los trabajos exista menos vergüenza alrededor de la salud mental.
Necesitamos familias capaces de hablar de emociones sin responder inmediatamente con un “no llorés”.
Y necesitamos aprender a mirar un poco más allá de las fotografías bonitas que todos publicamos.
Porque vivimos hiperconectados y, al mismo tiempo, mucha gente se siente completamente sola. Tenemos cientos de contactos en el teléfono y quizá ninguna persona a quien llamar cuando estamos realmente mal. Tenemos grupos de WhatsApp para todo, pero seguimos sin saber cómo decirle a alguien: “Estoy preocupado por vos”.
Tal vez necesitamos recuperar algo mucho más sencillo que cualquier tecnología: la presencia: Sentarnos, preguntar, escuchar, acompañar.
Y buscar ayuda cuando haga falta.
Si alguien que queremos está pasando por una crisis, no necesitamos tener la frase perfecta. Podemos comenzar con algo tan sencillo como: “Estoy aquí”. Y si somos nosotros quienes estamos mal, tampoco necesitamos encontrar una explicación perfecta. Podemos comenzar diciendo: “No estoy bien y necesito ayuda”.
Eso basta.
El suicidio seguirá siendo un tema difícil. No vamos a eliminar el sufrimiento humano con un artículo de periódico ni con un episodio de podcast. Pero sí podemos cambiar la manera en que respondemos cuando alguien está sufriendo.
Podemos dejar de juzgar, de minimizar, dejar de pensar que quien pide ayuda es débil.
Y podemos empezar a preguntar antes de que sea demasiado tarde.
La próxima vez que le preguntés a alguien “¿cómo estás?”, hacé algo diferente. Miralo a los ojos. Escuchá la respuesta. Y si algo no te convence, preguntá otra vez:
“¿Estás bien de verdad?”
Quizá esa segunda pregunta sea mucho más importante de lo que imaginamos.
Porque no siempre podemos solucionar la vida de otra persona. Pero sí podemos hacer algo mucho más sencillo y, a veces, extraordinariamente importante: evitar que atraviese sola el peor momento de su vida.

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