¿POR QUÉ NOS DUELE TANTO PERDER A ALGUIEN?
Dr. Hugo Alejandro Fiallos
Para ti mamá, que 15 años después, aún extraño tus abrazos.
Hay algo que todos sabemos que existe… pero de lo que nadie quiere hablar.
La muerte.
No la muerte de las películas, donde suena música bonita y los avengers se reúnen para despedir a tony stark, y el resto aprende una lección de vida. No. Hablo de la muerte real. No porque sea un asunto complicado de entender, sino porque es demasiado fácil de entender y demasiado difícil de aceptar: la gente que queremos se muere y nosotros tenemos que seguir viviendo. La que deja una silla vacía en la mesa. La que convierte un número guardado en el teléfono en un recuerdo inútil. La que te hace revisar conversaciones viejas como si estuvieras buscando algo que nunca dijiste.
Lo curioso no es que la muerte exista. Lo curioso es que nos sorprenda.
Y es que vea compa, todos sabemos que nos vamos a morir. Así de sencillo. Así de jodido. Sabemos que nuestros padres se van a morir. Sabemos que nuestros abuelos se van a morir. Sabemos todo eso… pero vivimos como si la muerte fuera un problema de otros. Como si la muerte fueran solo las que salen en las noticias, no una realidad. Hablamos de ella solo cuando alguien fallece, bajamos la voz, ponemos cara de circunstancia y pronunciamos alguna de esas frases que se repiten como si fueran recetas: “Dios sabe por qué hace las cosas”, “hay que ser fuerte”, y mi favorita, “Que brille para él la Luz perpetua”. Puta, no jodan ombe, si un foco encendido en la cara nos jode para dormir, ¿que tal tener una pinche luz encendida por el resto de la eternidad? Nambe, tampoco.
Y después cada quien se va para su casa, mientras alguien se queda tratando de entender cómo se supone que debe continuar su vida cuando una persona importante ya no está.
Porque esa es la verdadera pregunta: ¿por qué nos duele tanto perder a alguien?
Y por eso nos destruye cuando ocurre.
No es solo porque extrañamos su cara, su voz o sus conversaciones. Nos duele porque las personas que queremos terminan formando parte de nuestra propia vida.
La verdad incómoda es que nadie nos enseña a perder. Nos enseñan matemáticas, historia, a competir, a trabajar, a aparentar éxito, a subir fotos felices aunque estés hecho pedazos por dentro… pero nadie nos enseña a despedirnos.
Nadie nos enseña qué hacer cuando alguien un día y de repente, desaparece de tu vida para siempre.
Porque sí, esa es la palabra correcta: desaparece.
No se mudó. No se fue de viaje. No dejó de hablarte. Desapareció.
Y el cerebro no sabe qué hacer con eso.
Hay una parte que mucha gente no entiende: el dolor de perder a alguien no es solo emocional. Es biológico. El cerebro no distingue bien entre dolor físico y dolor emocional. Cuando alguien importante muere, el cerebro lo interpreta como una amenaza real. Durante miles de años, perder a alguien cercano significaba quedarte solo, y quedarte solo significaba morir.
Por eso duele el pecho. Por eso cuesta respirar. Por eso no puedes dormir. Por eso el cuerpo se siente raro. No estás siendo débil. Estás teniendo una reacción normal.
El problema no es que la muerte duela. El problema es que vivimos como si no existiera. No sabemos manejar la muerte porque vivimos evitando pensar en ella. Evitamos a los enfermos. Evitamos los hospitales. Evitamos hablar de lo que nos asusta. Evitamos despedirnos. Vivimos posponiendo todo: decir lo que sentimos, arreglar lo que está roto, pedir perdón, abrazar, hablar claro, querer mejor. Vivimos creyendo que siempre va a haber tiempo. Y la muerte llega a recordarnos que no.
Y eso es lo que realmente nos jode. y aparece algo peor que el dolor: la culpa.
Culpa por no haber llamado más. Culpa por no haber dicho lo que sentías. Culpa por no haber arreglado lo que estaba roto. Culpa por haber asumido que siempre iba a haber tiempo.
Porque lo más brutal de todo no es cuando alguien muere. Lo más brutal es lo que pasa después.
El cerebro no entiende la muerte de inmediato. Sigue esperando que esa persona exista. Sigues pensando que te va a escribir. Sigues pensando que va a aparecer en cualquier momento. Sigues mirando el teléfono como si algo fuera a pasar. Y luego te das cuenta que no, que ya no, YA NO. Una y otra y otra vez.
La muerte no duele una sola vez. Duele muchas veces. Duele cuando ves una foto. Duele cuando escuchas una canción. Duele cuando entras a la casa y ya no está. Duele cuando recuerdas algo que querías contarle.
La muerte no es un momento. Es un proceso. porque la muerte puede detener el corazón de una persona, pero no consigue detener inmediatamente todas las costumbres, expectativas y recuerdos que construimos alrededor de ella.
Negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Las hemos escuchado tantas veces que pareciera que el duelo viene con manual de instrucciones. Primero se niega, después uno se enoja, luego negocia, más tarde se deprime y finalmente acepta.
Pero la vida no funciona así.
Esas etapas no constituyen una secuencia obligatoria que todas las personas deban recorrer. Mucho menos una especie de examen que hay que aprobar para demostrar que uno ya superó una pérdida. Podemos sentir varias emociones simultáneamente, regresar a sentimientos anteriores o experimentar un dolor que aparece cuando menos lo esperamos.
No hay una fecha en la que uno deba dejar de extrañar. Y tampoco hay que convertir el sufrimiento en una competencia para demostrar quién quiso más.
No es que le tenemos miedo a la muerte. Le tenemos miedo al vacío. Porque cuando alguien muere, no solo desaparece esa persona. Desaparece una parte de tu vida. Desaparece una rutina. Desaparece una conversación. Desaparece una versión de ti.
Porque vos no sos la misma persona cuando esa persona ya no está.
No la muerte. Nos jode el tiempo que perdimos antes de que ocurriera.
En una unidad de cuidados intensivos podemos disponer de ventiladores, medicamentos, procedimientos y tecnología extraordinaria. Podemos sostener funciones vitales y ganar tiempo. Pero no tenemos el poder de convertir todas las enfermedades en historias con final feliz.
Y hay una diferencia enorme entre mantener funcionando un organismo y conseguir que una persona recupere una vida que tenga sentido para ella.
A veces el mejor cuidado consiste en aliviar el sufrimiento y acompañar. En reconocer que el cuidado no termina cuando ya no podemos curar. Esto es algo que la UCI me ha enseñado con tanta muerte y dolor, que no siempre tenemos el control que creemos tener, y no todo desenlace doloroso significa que alguien dejó de querer, de intentar o de hacer lo correcto.
También deberíamos aprender a hablar de la muerte antes de que llegue.
Nos cuesta tanto mencionarla que preferimos organizar cumpleaños, comprar muebles, planificar vacaciones y discutir sobre política antes que preguntarle a nuestros padres qué desearían si algún día no pudieran tomar decisiones por sí mismos.
No hablamos de sus voluntades anticipadas, de sus preferencias sobre tratamientos, de sus temores o de cómo quisieran ser cuidados. Lo dejamos para después, como si el después estuviera garantizado.
Y cuando llega una emergencia, la familia tiene que decidir en medio del miedo, la confusión y la desesperación.
Hablar de la muerte no significa invocarla. Tampoco significa vivir esperando una tragedia. Significa reconocer que somos mortales y que nuestros afectos merecen conversaciones honestas.
Quizá una de las formas más importantes de querer a alguien sea preguntarle qué necesita, qué teme y qué desea cuando ya no pueda expresarlo.
No es una conversación fácil, pero tampoco lo es despedirse de alguien sin saber qué habría querido.
Porque aceptar la muerte no significa olvidar a quien murió. Significa encontrar una manera de seguir viviendo sin exigirle a la memoria que desaparezca.
Hay personas que siguen acompañándonos durante toda la vida, aunque ya no podamos abrazarlas. Aparecen en una receta, en una expresión que repetimos sin darnos cuenta, en una canción, en una costumbre o en una manera de mirar el mundo.
La ausencia cambia la forma del vínculo, pero no necesariamente lo elimina.
Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas que podemos aprender: que recordar a alguien no tiene que ser una condena a vivir permanentemente en el pasado. También puede ser una manera de agradecer que estuvo aquí.
Al final, amigos, creo que nos duele tanto perder a alguien porque la vida no se construye solamente con años, propiedades, títulos o cuentas bancarias. Se construye con personas. Con conversaciones que parecían insignificantes, con domingos familiares, con llamadas inesperadas, con discusiones tontas y con esos pequeños momentos que uno no sabe que está guardando hasta que ya no puede repetirlos.
La muerte nos recuerda, de la manera más brutal, que nada de eso está garantizado.
Y si hay alguna enseñanza que vale la pena llevarse de esta conversación, es que no deberíamos esperar a un funeral para decir lo que sentimos. No deberíamos dejar los abrazos para las ocasiones especiales, ni las disculpas para cuando ya sea demasiado tarde. No deberíamos vivir tan ocupados tratando de resolver la vida que terminemos olvidando compartirla con quienes hacen que valga la pena.
Porque sí, algún día vamos a perder a alguien. Y algún día alguien tendrá que aprender a vivir con nuestra ausencia.
No podemos evitarlo.
Pero mientras estamos aquí, todavía podemos llamar, visitar, escuchar, perdonar, reírnos juntos y decir «te quiero» sin sentir que estamos protagonizando una escena de telenovela.
La muerte tiene un departamento de relaciones públicas bastante eficiente: consigue que todos hablemos de lo importante, de lo buena persona, de lo bella que era cuando ya no importa lo que se diga.
Tal vez el problema no es que no sepamos manejar la muerte. Tal vez el problema es que no sabemos vivir sabiendo que todo termina. Porque cuando entiendes que todo se puede acabar, dejas de perder el tiempo en estupideces. Empiezas a decir lo que sientes. Empiezas a querer mejor. Empiezas a valorar lo que sí tienes.
Y cuando llegue el momento de despedirnos de alguien, recordemos esto: el dolor no es el precio de haber perdido el tiempo. Es, muchas veces, la consecuencia de haber compartido algo que realmente importaba.
La muerte no es injusta. Es inevitable.
Lo injusto, es vivir como si la muerte no existiera… lo injusto, es darte cuenta demasiado tarde.
Comentarios
Publicar un comentario