LOS SERES INVISIBLES

Dr. Hugo Alejandro Fiallos
Médico acostumbrado a ver a los invisibles

En cualquier pueblón de esos que nos gusta llamarles “Ciudades” para engañarnos creyendo que somos desarrollados, existen un grupo de seres invisibles, fantasmas que alrededor de las desde las cuatro de la mañana, o antes, deambulan por las calles, mientras el resto sigue durmiendo tranquilo. Son esas personas que, aunque estén a medio metro de nosotros, logran el truco de desaparecer de la conciencia colectiva. No figuran en los discursos oficiales, no salen en las novelas de la tele y, si salen en las noticias, es porque se murieron, fueron asaltados o los atropelló un bus.
Sí, esos mismos a los que les decimos “buenos días” sin verlos a los ojos. O peor: a los que ni siquiera les decimos “buenos días” porque, ¿para qué? Ellos están ahí para servir, no para existir. Y si usted piensa que exagero, le invito a que piense cuál es el nombre de la persona que recoge su basura, de la que limpia la oficina donde trabaja, o del guardia que le abre el porton de la colonia “segura” donde usted vive. Mientras usted se queja del clima desde su carro con aire acondicionado. Exacto. Silencio. Ese mismo silencio que define sus vidas.
Personas que sostienen al país con sus manos, las que Barren las calles, calientan los hornos de la panadería, encienden las cafeteras, abren los portones. Son los primeros en llegar y los últimos en irse, pero que para la sociedad valen menos que una notificación de WhatsApp. Porque nadie los ve.
Y no es que sean literalmente invisibles. Es que hemos perfeccionado el arte de mirar sin ver. Bajamos la ventanilla polarizada para dar una moneda sin establecer contacto visual. Pasamos junto al guardia de seguridad sin saludar. Le gritamos a la cajera porque la fila avanza lento, como si ella tuviera la culpa de que la empresa prefiera ahorrar en personal antes que en publicidad.
Los llamamos “la señora de la limpieza”, “el del agua”, “el repartidor de comida”, “la trabajadora”. Les quitamos el nombre para poder quitarnos la responsabilidad. Porque nombrar es reconocer existencia; reconocer existencia es admitir derechos. Y derechos es lo menos que les damos.
Nadie los mira porque mirar implica reconocerlos, y reconocerlos implica aceptar que vivimos cómodamente sobre los hombros de gente que no tiene tiempo ni para comer sentados.
La trabajadora doméstica que pasa doce horas en una casa limpiando que no tiene contrato, ni seguridad social, ni vacaciones pagadas, ni horario fijo. Pero si falta un tenedor, la primera señalada es ella. El repartidor que cruza la ciudad en moto para que la comida llegue caliente no tiene seguro médico; si lo atropellan, la plataforma se lava las manos: “era un socio independiente”. El guardia de seguridad que expone su vida en los bancos cuidando el pisto de otros, que no tiene ni un lugar decente para comer.
La estadística es brutal: según la OIT, siete de cada diez empleos en América Latina son informales. Siete de cada diez personas que te permiten vivir como vives no tienen derechos laborales básicos. Pero cuando hablamos de “reactivar la economía” nunca mencionamos que esa reactivación la están pagando ellos con sus rodillas destrozadas, sus pulmones llenos de polvo y sus hijos que no pueden ir a la escuela.
Nos horrorizamos con razón cuando vemos imágenes de talleres colapsados en Asia o niños trabajando en minas africanas. Pero no queremos ver que aquí, a dos cuadras de nuestra casa, hay una señora de sesenta años barriendo la calle, o una niña de diez vendiendo dulces en el semáforo.
La invisibilidad en este país no es un accidente; es una política pública no declarada. Y muy efectiva, por cierto. Basta con caminar por cualquier ciudad para notar cómo funcionan las jerarquías de presencia: los que tienen dinero, poder o apellido caminan erguidos y visibles; los que no, se vuelven parte del paisaje, como postes o señales de tránsito. Mientras no los veamos, podemos seguir creyendo que nuestro confort es mérito exclusivo y que la pobreza es culpa de los pobres. Mientras no los nombremos, podemos dormir tranquilos.
Pero hay un detalle que se nos olvida: los invisibles son la columna vertebral de todo esto. Si un día decidieran parar —si las trabajadoras domésticas no llegaran, si los repartidores apagaran las motos, si los recolectores de basura no pasaran, si las cajeras no abrieran los supermercados—, la ciudad colapsaría en 48 horas. Los que nunca aparecen en la foto serían los únicos capaces de detener ese vergueo. Pero como viven callados, agotados y resignados, a nadie le importa. El sistema ha sido tan eficiente en convertirlos en sombras que hasta ellos mismos comienzan a creerse que no importan. Y eso es lo más cruel: cuando la víctima interioriza el abandono, la injusticia se vuelve rutina.
La sociedad trata a estas personas como “recursos humanos”, una frase tan hipócrita que debería venir acompañada de una advertencia: “Este término puede causar pérdida de dignidad”. Son recursos cuando conviene, humanos cuando no estorban. Recursos para llenar turnos infinitos, para cubrir puestos mal pagados, para limpiar los desastres que otros dejan… pero dejan de ser humanos cuando quieren exigir cosas tan escandalosas como un día libre, un salario digno o un trato mínimamente respetuoso. Ahí se vuelven revoltosos, ingratos, malagradecidos.
Y ni hablar del gobierno, esa organización de parásitos que solo aparece para tomarse fotos con empresarios, inaugurar obras que no funcionan y cortar listones de proyectos que no pagaron ellos… pero que desaparece por completo cuando se trata de garantizar derechos básicos a la gente que más lo necesita. Para el gobierno, los invisibles no existen porque no donan para la campaña, ni son votos seguros. ¿Para qué invertir en ellos si se pueden invertir millones en publicidad? Al fin y al cabo, la pobreza no requiere mantenimiento; solo necesita silencio.
Lo más triste es que todos contribuimos a esa invisibilidad, incluso quienes creemos estar “del lado correcto”. Cada vez que ignoramos a alguien porque “no es importante”, cada vez que deshumanizamos un oficio porque “así es la vida”, cada vez que consideramos natural que alguien trabaje 12 horas para ganar lo que otros gastan en una cena mediocre… ahí le estamos poniéndo un ladrillo más al muro que los oculta.
Pero, por suerte, la invisibilidad no es irreversible. Basta un gesto mínimo para empezar a derrumbarla: mirar. Mirar de verdad. Nombrar. Reconocer. No resolverá la desigualdad, pero al menos nos obliga a aceptar que estamos rodeados de personas reales, no de utilería.
Porque un país que no mira a los que lo sostienen es un país que no merece sostenerse.
No se trata de caridad. Se trata de justicia elemental. Se trata de dejar de fingir que pueden seguir sosteniendo el mundo con salarios de miseria y cero derechos mientras nosotros seguimos mirando el celular.
La próxima vez que alguien te abra una puerta, te sirva un café o cuide tu carro, da las gracias, saluda, míralo a los ojos, sonrie por la puta, no cuesta nada, y pregúntale su nombre. Es el gesto más pequeño y más revolucionario que puedes hacer.
Porque los invisibles no necesitan nuestra lástima, necesitan que dejemos de considerarlos invisibles.
Y cuando eso pase, quizá descubramos que nunca fueron ellos los que estaban ausentes, éramos nosotros los que habíamos aprendido a cerrar los ojos.
En fin… sigamos mirando las playas en Instagram, que el mar se ve más bonito que la realidad.

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