Del megáfono al poder: cuando las luchas sociales se convierten en trampolín político.


DR. HUGO A. FIALLOS
Las luchas sociales son necesarias. Siempre lo han sido.
Si hoy disfrutamos de vacaciones, jornadas laborales reguladas, seguridad social y otros derechos, es porque alguien estuvo dispuesto a enfrentarse al poder cuando hacerlo significaba perder el empleo, la libertad o incluso la vida.
Precisamente por eso duele tanto cuando esas luchas terminan convertidas en mercancía electoral.
Y es que en Honduras Hay un oficio del que casi nadie habla, pero que parece tener un mercado bastante apetecible: Héroes del pueblo.
No se estudia en ninguna universidad. No existe un colegio profesional que lo regule. Tampoco requiere experiencia previa. Basta con un megáfono, una buena capacidad para indignarse frente a las cámaras y un olfato extraordinario para detectar cuándo una causa social puede convertirse en una candidatura política.
Así nacen muchos de nuestros héroes.
Y es que vea compa, En toda democracia, los sindicatos, los colegios profesionales, las organizaciones campesinas, los movimientos estudiantiles y los colectivos ciudadanos cumplen una función indispensable y muy necesaria: Son la voz de quienes, individualmente, difícilmente serían escuchados. Han impulsado conquistas laborales, defendido derechos fundamentales y servido como contrapeso frente a gobiernos y empresas. Sin ellos, muchas de las garantías que hoy parecen normales jamás habrían existido.
Precisamente por esa enorme influencia social, me indigna cuando veo que algunos de sus dirigentes dejan de ver esas organizaciones como instrumentos de servicio y comienzan a tratarlas como plataformas de lanzamiento para sus propias aspiraciones políticas.
El problema no es que un dirigente sindical, gremial o social decida participar en política. Eso esta bien pue, es legitimo. Es aceptable. Todo hondureño puede ser candidato político si no le da asco nadar en la mierda. El verdadero problema es cuando la lucha social es solo el pretexto y se convierte únicamente en el medio para alcanzar un cargo público.
Hay una diferencia enorme entre alguien que entra en política para continuar defendiendo las causas que siempre abrazó y alguien que utiliza esas causas como simple publicidad electoral. Y es que hay una frase muy vieja que dice que el poder no cambia a las personas, solo revela quiénes son realmente, y viendo la historia de algunos dirigentes sindicales y de colegios profesionales, pareciera que el poder también provoca amnesia. Una amnesia muy conveniente. Tan conveniente que algunos olvidan, en cuestión de semanas, a la misma gente que durante años llamaron “compañeros de lucha”.
Aclaro desde el principio: no todos son iguales. Han existido y deben existir actualmente(aunque yo no los conozco) dirigentes honestos que han dedicado su vida a defender los derechos de sus gremios y que jamás han utilizado esa posición para beneficio personal. Sería injusto meterlos a todos en el mismo saco. Pero también Sería ingenuo negar que el fenómeno existe y que ocurre con mucha más frecuencia de la que quisiéramos admitir y que ya empieza a parecer una carrera profesional.
La historia suele repetirse con demasiada frecuencia.
Todo comienza con un líder visible. Convoca marchas, organiza huelgas, denuncia abusos, aparece constantemente en los medios de comunicación y construye una imagen de defensor incansable de su gremio. Poco a poco se convierte en una figura conocida. Su nombre empieza a sonar más allá del sindicato o del colegio profesional que representa.
Hasta ahí, todo va bien.
El problema aparece cuando cada conferencia de prensa, cada protesta y cada conflicto parecen estar cuidadosamente diseñados para alimentar una futura campaña política más que para resolver los problemas que originaron la protesta.
Algunos dirigentes comienzan a personalizar completamente las luchas sociales.
El sindicato deja de girar alrededor de las necesidades de sus afiliados y empieza a girar alrededor de la imagen del presidente.
Las conferencias de prensa hablan más del dirigente que de los trabajadores.
Las entrevistas presentan más al futuro candidato que a las personas afectadas.
Las redes sociales muestran más fotografías del líder que soluciones para los problemas del gremio.
Cuando eso ocurre, la organización deja de pertenecer a sus miembros y pasa a convertirse en una plataforma de promoción personal.
Es una transformación silenciosa, pero profundamente peligrosa.
Las causas sociales dejan de ser colectivas para convertirse en campañas individuales.
Y mientras más crece el protagonismo del dirigente, más pequeñas parecen las necesidades reales de quienes representa.
Entonces llega el momento esperado.
Ese dirigente anuncia su candidatura a diputado, alcalde o cualquier otro cargo de elección popular. Lo hace asegurando que "desde adentro podrá cambiar las cosas". Promete que jamás olvidará a quienes confiaron en él. Jura que seguirá siendo la voz del pueblo.
Y el pueblo les cree. Porque el pueblo, a pesar de todos los golpes que ha recibido, sigue creyendo. Esa sigue siendo nuestra mayor virtud y, tristemente, también nuestra mayor debilidad.
 Llegan las elecciones. Ganan. Y ahí, empieza otra historia.
El hombre o la mujer que antes caminaba entre manifestantes ahora camina entre asesores. El que antes denunciaba privilegios descubre que el aire acondicionado del Congreso funciona bastante bien. El que criticaba los pactos políticos aprende el arte de negociar. El que hablaba todos los días con los trabajadores comienza a reunirse únicamente con dirigentes de partido. El mismo hombre que juraba que jamás se mezclaría con los políticos ahora aparece abrazándolos en la foto. El mismo que criticaba los viáticos aprende sorprendentemente rápido a firmar formularios para cobrarlos.
Y el dirigente que prometía no abandonar la lucha ahora anda demasiado ocupado asistiendo a reuniones de bancada, sesiones fotográficas y entrevistas donde explica por qué ya no es tan fácil cumplir lo que antes prometía a gritos.
Resulta curioso cómo el poder vuelve razonable a quienes antes eran radicales.
Antes todo era urgente. Después todo necesita estudios.
Antes exigían soluciones inmediatas. Después hablan de procesos.
Antes todo era corrupción. Después descubren que algunas irregularidades son “errores administrativos”.
Es increíble la velocidad con la que algunos cambian de idioma sin cambiar de boca.
Lo verdaderamente grave no es únicamente la decepción que produce un dirigente en particular.
Lo más dañino es el efecto que deja en la sociedad.
Cada vez que un supuesto líder abandona las causas que decía defender, miles de ciudadanos concluyen que todos los dirigentes son iguales. Poco a poco se destruye la confianza en los movimientos sociales. Las personas dejan de participar, dejan de organizarse y dejan de creer que vale la pena luchar por cambios colectivos.
La desconfianza termina convirtiéndose en apatía.
Y una sociedad apática siempre resulta conveniente para quienes prefieren ciudadanos resignados antes que ciudadanos organizados.
Quizá por eso la mayor víctima de estas traiciones no es el sindicato, ni el colegio profesional, ni siquiera el partido político.
La mayor víctima es la credibilidad.
Porque recuperar la confianza de una población decepcionada puede tomar décadas.
Existe además otro fenómeno igual de preocupante.
Muchos partidos políticos han descubierto la enorme rentabilidad electoral de reclutar dirigentes gremiales.
Un líder sindical conocido ya posee algo que cualquier candidato necesita desesperadamente: reconocimiento público.
Tiene seguidores, exposición mediática y credibilidad acumulada durante años de conflicto.
En términos políticos, representa una inversión bastante rentable.
Por eso no resulta extraño ver dirigentes sociales cambiando de partido con una facilidad sorprendente. Lo que ayer parecía una convicción ideológica hoy se convierte en una alianza estratégica.
Los discursos cambian, las críticas desaparecen y los enemigos de ayer se convierten en aliados.
Y todo se justifica bajo la frase favorita de muchos políticos: "ahora podré ayudar más desde adentro. Lástima que ese "desde adentro" termina significando mejor salario, oficinacon aire acondicionado y un vehículo oficial con guaruras y chofer.
Mientras tanto, las condiciones que originaron las protestas siguen prácticamente iguales.
Los hospitales continúan sin recursos.
Las escuelas siguen enfrentando los mismos problemas.
Los trabajadores mantienen muchas de las mismas dificultades.
Las promesas cambian de escenario, pero la realidad permanece intacta.
Por eso deberíamos desarrollar una costumbre saludable: desconfiar de los discursos heroicos. Que ya no nos vean la cara de pendejos.
No porque todo líder sea deshonesto.
Sino porque las palabras siempre resultan más fáciles que las acciones.
Los verdaderos liderazgos no se miden por la intensidad con la que alguien grita frente a un micrófono.
Se miden por la coherencia que mantiene cuando finalmente obtiene el poder que decía buscar para servir.
La memoria ciudadana también tiene una enorme responsabilidad.
Con demasiada frecuencia olvidamos lo que los políticos hicieron ayer y volvemos a emocionarnos con exactamente las mismas promesas. Premiamos el discurso antes que los resultados. Celebramos las consignas antes que las acciones.
Confundimos popularidad con liderazgo y visibilidad con honestidad.
Mientras eso siga ocurriendo, siempre habrá alguien dispuesto a utilizar el descontento colectivo como escalera hacia un cargo público.
No necesitamos desconfiar de las organizaciones sociales, no, eso sería un error enorme. Lo que necesitamos es exigir coherencia.
Quien dice representar al pueblo debe seguir representándolo incluso cuando el poder le ofrece comodidad.
Quien promete defender principios debe hacerlo también cuando esos principios resulten incómodos para su propio partido.
Y quien llega al poder gracias a una lucha social jamás debería olvidar que el cargo no le pertenece a él.
Le pertenece, moralmente, a todas aquellas personas que caminaron bajo el sol, marcharon, protestaron, hicieron huelga y depositaron su confianza creyendo que alguien hablaría por ellas.
Porque el verdadero liderazgo no consiste en usar al pueblo como escalera para subir.
Consiste en permanecer junto al pueblo incluso cuando ya no haya ninguna escalera que subir.
Y mientras no aprendamos a distinguir entre un servidor público y un cazador de votos disfrazado de luchador social, seguiremos viendo la misma película una y otra vez.
Solo cambiarán los actores.
El guion seguirá siendo exactamente el mismo.
Y esa, quizá, es la lección más amarga de todas.
Los pueblos no solo son víctimas de los políticos que los traicionan.
También son víctimas de la facilidad con la que convierten en héroes a quienes todavía no han demostrado merecer ese título.

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