DIOS DA PELO, Y TUS GENES TE LO QUITAN
DR. HUGO A. FIALLOS
Médico que(todavía) tiene pelo.
En el mundo existen situaciones terribles: la inflación, el precio del combustible, la corrupción política, el apocalipsis climático. Pero llega un momento particularmente cruel que causa mas ansiedad que todos esos juntos: el terrible momento en que uno se mira al espejo y descubre que la frente parece haber firmado un tratado de expansión territorial: la caída del cabello, que para muchos hombres y mujeres pesa igual o más que todos los anteriores juntos. Primero encuentran pelos en la almohada, después cuando se bañan, luego en la camisa y finalmente comienzan a mirar el piso como detectives buscando evidencia del crimen.
Y entonces comienza la negociación: “Debe ser el estrés”. “Debe ser el shampoo”. “Seguro es porque me estoy bañando demasiado”. Mi abuelo era calvo, pero mi papá no”. Hasta que finalmente aparece la pregunta: “¿Me estoy quedando calvo?” La respuesta, muchas veces, es sí.
Y es que perder pelo no es solo perder pelo: es perder identidad, masculinidad, autoestima y la ilusión de que todavía podía pasar por treintañero en las fotos de perfil.
La ciencia, esa señora malencarada que te restriega la verdad en la cara, ya resolvió el misterio hace rato. La causa número uno se llama alopecia androgenética conocida popularmente como calvicie masculina, y es una condición extremadamente común. Suena rimbombante, pero en cristiano significa: tus genes y tus hormonas se pusieron de acuerdo para dejarte con más frente que cabeza. El malo de la película es la dihidrotestosterona (DHT), un derivado de la testosterona que, en lugar de hacerte más macho alfa, se dedica a sabotear los folículos capilares. Esos folículos, en hombres genéticamente susceptibles, van produciendo cabellos cada vez más pequeños y delgados hasta que algunos prácticamente dejan de producir cabello visible. Resultado: entradas más grandes que las del estadio Azteca y coronilla brillante como espejo. Ahora, aclaremos algo: no toda caída del cabello es calvicie masculina y no toda caída es genética.
Ese detalle parece obvio, pero es fundamental. Existen muchas otras causas de pérdida de cabello: algunos problemas del cuero cabelludo, determinados medicamentos, enfermedades, alteraciones hormonales, déficits nutricionales y el llamado efluvio telógeno, que puede aparecer después de determinados eventos físicos o psicológicos importantes: una enfermedad, una cirugía, una infección, una pérdida considerable de peso, una etapa de estrés físico intenso o determinados tratamientos médicos. En mujeres (que también se les cae el pelo) el embarazo, el posparto, y la menopausia.
Por eso conviene desconfiar de quien diagnostica todo problema capilar como: “falta de vitaminas”. A veces lo es. Muchas veces no. Y tomar vitaminas a ciegas puede ser tan inútil como echarle gasolina a un automóvil que tiene una llanta ponchada. Cuando el cabello se cae rápidamente, aparecen zonas completamente despobladas, hay dolor, picazón intensa, descamación, inflamación o cambios visibles en la piel, lo sensato no es correr a comprar un champú milagroso. Lo sensato es consultar a un dermatólogo. El cuero cabelludo no necesita motivación; necesita diagnóstico.
El estrés puede participar en algunos tipos de caída, pero decir que “el estrés te está dejando calvo” como explicación universal es simplificar demasiado el asunto.
Y eso nos lleva al verdadero tema de esta columna. Porque el problema no termina en el cuero cabelludo. La calvicie también puede meterse dentro de la cabeza. Durante años hemos tratado la caída del cabello como una simple cuestión cosmética. “No pasa nada, hombre, solo es pelo”. Y biológicamente es cierto que perder pelo no es una enfermedad que vaya a destruirte un órgano vital ni a impedirte caminar, respirar o vivir. Pero eso no significa que el impacto psicológico sea imaginario. La calvicie trae un tsunami emocional. No es exageración: se ha demostrado una relación entre la perdida de pelo y aspectos como la insatisfacción con la imagen corporal, la autoestima y la calidad de vida. Diversos estudios han encontrado que los hombres que se quedan calvos jóvenes tienen más riesgo de ansiedad y depresión.
Ahora bien, tampoco debemos caer en el extremo contrario y afirmar que todo hombre calvo está deprimido o traumatizado. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2024 encontró que el impacto psicológico promedio en hombres era, en general, moderado y que la evidencia no justificaba exagerar la magnitud del sufrimiento, y precisamente ahí está el punto: no hay que minimizarlo, pero tampoco dramatizarlo.
Hay hombres a quienes la calvicie les importa un carajo. Se rapan, se miran al espejo y siguen con su vida. Hay otros a quienes les afecta muchísimo. Se sienten menos atractivos, menos jóvenes o menos seguros. Algunos comienzan a evitar fotografías, reuniones, piscinas, relaciones sentimentales o cualquier situación en la que alguien pueda verles la pelona. Y eso no los convierte en vanidosos ni en idiotas.
De hecho, no es difícil entender por qué. Vivimos en una sociedad superficial que vende una imagen muy específica de la masculinidad: cabello abundante, juventud, fuerza, atractivo, potencia Nuestra sociedad superficial asocia cabello con juventud, vitalidad y atractivo. El pelo se convierte entonces en una especie de símbolo. Y cuando comienza a desaparecer, algunos hombres sienten que no están perdiendo solamente cabello: sienten que están perdiendo una parte de la imagen que tenían de sí mismos. El trauma es real.
¿Y las soluciones?
Ahí es donde aparece una paradoja bastante interesante.
El hombre puede aceptar que va a envejecer, pero no necesariamente acepta que su espejo se lo recuerde todos los días.
Y la industria lo sabe perfectamente.
Shampoos “anticaída”. Vitaminas. Suplementos. Aceites. Masajes. Lociones. Láseres. Inyecciones. Fórmulas secretas. Productos naturales. Productos “milagrosos”. Y, por supuesto, el inevitable “influencer”
Aquí deberíamos aprender una regla muy sencilla: que un producto sea caro, natural, famoso o tenga un señor con bata blanca en el anuncio no significa que funcione.
La industria de la calvicie mueve miles de millones al año precisamente porque los hombres desesperados pagan lo que sea. Tenemos varias opciones:
Existen tratamientos con evidencia. Medicamentos como finasteride o dutasteride, que bloquean la DHT y pueden frenar la caída… Pero tampoco son pociones mágicas. tienen efectos secundarios que van desde la pérdida de líbido hasta depresión. Puede que recuperes pelo, pero pierdas las ganas de usarlo, y por eso no debería convertirse en una pastilla que alguien empieza a tomar porque se la recomendó el amigo que “sabe de estas cosas”. Hay que discutir beneficios, riesgos y alternativas con un profesional.
Minoxidil, ese líquido pegajoso que debes usar todos los días. Funciona, pero si lo dejas, tu pelo se despide más rápido que político en fuga después de denuncia por SEDESOL.
Trasplantes capilares, el Ferrari de los tratamientos. Caros, dolorosos y efectivos. Turquía se ha convertido en la Disneylandia del calvo: te ofrecen injerto, hotel y giras por la ciudad en el mismo paquete.
Pelucas y prótesis capilares, que hoy son más realistas que antes, pero con el riesgo de que un mal ajuste te deje parecido a muñeco de cera.
Y, por último, la aceptación: la opción más barata y, para algunos, la más digna. Raparse, brillar con orgullo y caminar como si lo hubieras decidido. Bruce Willis, La Roca, …ellos lo hicieron. Claro, ellos son millonarios, pero si te vas a fijar en detallitos, ya jodimos.
Entonces, ¿qué hacer? La respuesta depende de cada quien. Si quieres luchar contra tu genética, adelante, invierte en medicinas, tónicos y vuelos a Estambul. Pero si prefieres ahorrar ese dinero y abrazar tu frente despejada, tampoco está mal. Lo que no tiene sentido es convertirte en esclavo de la ansiedad por algo tan inevitable como envejecer. Aceptar que el cabello se está yendo no significa rendirse. Significa entender que nuestro valor como hombres no está en el pelo.
Lo que no deberíamos hacer es permitir que unos pelos menos nos convenzan de que valemos menos como seres humanos.
Y tampoco deberíamos burlarnos del hombre al que realmente le afecta. Porque si algo hemos aprendido sobre salud mental es que no podemos decidir desde afuera qué cosas deberían dolerle a otra persona.
Pero también podemos decirle algo que quizá necesita escuchar:
No estás muriendo. No estás perdiendo tu masculinidad. No estás dejando de ser atractivo automáticamente. Y no tienes que hipotecar la casa para comprarle una nueva cabellera a tu cabeza.
La sociedad, además, tiene una doble vara bastante ridícula. A los hombres calvos se les suele decir que “se ven interesantes”, “tienen personalidad” o “parecen más fuertes”. A las mujeres que pierden cabello se les exige, con frecuencia, que lo oculten, lo disimulen y hagan todo lo posible para aparentar que nada está ocurriendo. Como si la feminidad dependiera de una cantidad específica de pelos. La presión estética no es igual para todos, pero puede ser cruel con cualquiera.
Por eso raparse, usar una peluca, una prótesis, cambiar de peinado, aceptar las entradas o buscar tratamiento son decisiones igualmente legítimas. Lo importante es que la persona elija, no que se sienta obligada por la vergüenza. La dignidad no vive en la pelona.
Quizá deberíamos aprender a hablar de la calvicie con menos crueldad y con más información. No para fingir que a nadie le importa su apariencia, sino para entender que el cabello puede importar sin convertirse en el centro de la existencia. Dios da pelo y los genes, a veces, se encargan de quitárnoslo. La medicina puede ayudar, pero no siempre puede devolverlo. Y mientras tanto, conviene recordar que una cabeza puede quedarse sin cabello sin quedarse sin inteligencia, atractivo, humor, capacidad de amar o ganas de vivir.
Porque al final, lo único peor que estar calvo… es estar calvo y traumado.
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