LA BIBLIA EN LAS ESCUELAS, ¿SOLUCIÓN O DISTRACCIÓN?
Dr Hugo A. Fiallos
Católico nominal no practicante.
En Honduras, cuando un problema es demasiado grande para enfrentarlo con seriedad, se le hace cadena de oracion. Funciona como sedante colectivo: calma conciencias aunque no resuelva nada. Ahora, ante el colapso crónico del sistema educativo, el Congreso ha descubierto su nueva panacea: leer la Biblia en las escuelas públicas. Porque, claro, si no hay agua, libros, laboratorios ni salarios dignos, siempre queda el consuelo de Isaias 30:18 “…Bienaventurados son los que esperan confiados en la ayuda del señor…” Amén hermanos. Podeis ir en paz.
La lógica es casi poética: si no podemos alimentar cuerpos, alimentemos almas. Si no hay pupitres, que haya salmos. Si no hay internet, que haya epístolas. La política pública convertida en misa de cuerpo presente.
Según sus defensores, la medida “rescatará valores”, “combatirá la violencia” y “formará mejores ciudadanos”. Suena hermoso. También suena peligrosamente ingenuo. Implica creer que las maras nacieron por falta de versículos, que la corrupción se incubó por que no recibieron la hostia y que la pobreza se cura con metáforas bíblicas.
La evidencia dice otra cosa. Décadas de investigación en ciencias sociales muestran que la violencia juvenil se asocia con exclusión, desempleo, abandono escolar, trauma, desigualdad y debilidad institucional. No con ausencia de lectura devocional. La fe puede transformar vidas individuales, si. Es cierto, me consta. Pero no sustituye a las políticas públicas. Confundir espiritualidad con estrategia social es pereza intelectual.
Aquí no hay un problema de religión. A menos que sea ciego y no hayas visto la multitudinaria concentración de personas el 3 de febrero en la Basílica de la Virgen de Suyapa Te darás cuenta que lo que Honduras más tiene es Fe. Lo que Hay es un problema de Estado.
Honduras es constitucionalmente laica. No “más o menos laica”. Laica. Eso significa neutralidad: el Estado no predica, no convierte aulas en púlpitos. Vos cree en lo que queras, yo no me meto. Pero respeta a los que no crean como vos. Punto. Todos estamos protegidos.
Cuando el gobierno impulsa un libro sagrado específico, deja de ser árbitro y se vuelve misionero. Y en democracia, eso es mala señal.
Además compa puta, vivimos en un país con muchas religiones y creencias. Hay gente que cree en Dios y la Virgen (yo) geente que cree en John Smith, gente que cree en Mahoma (Bendito sea su nombre), hay gente que cree en la Torá, vaya, hasta hay gente que cree en los políticos y hay gente que cree que el Platense algún día volverá a ser campeón(otra vez yo). Hay Católicos, evangélicos de mil ramas, musulmanes, judíos, agnósticos, ateos y millones de hondureños que solo creen en poder sobrevivir hasta fin de mes.
Otra cosa, ¿Qué Biblia se va a leer? ¿Quién la interpretará? ¿Qué maestro, sin formación teológica, será convertido en pastor improvisado? El aula corre el riesgo de convertirse en campo doctrinal, no en espacio crítico.
Se dirá que “no es obligatorio”. Pero todos sabemos que el que no participa, queda marcado. Es el rarito, el malcriado, el rebelde. La presión social es una forma elegante de exclusión. Y también es violencia.
El Congreso afirma que quiere “formar valores”. Extraña declaración viniendo de una institución donde la ética suele aparecer solo en campaña electoral. Porque los valores no se aprenden leyendo “no robarás” en un país saqueado. No se interioriza “amarás al prójimo” cuando el ciudadano es tratado como estorbo. La moral se aprende por coherencia, no por consignas.
Y Honduras hoy es incoherente.
Mientras se discuten versículos, hay escuelas sin techo, niños sin merienda, maestros con pagos atrasados, estudiantes que no leen con fluidez en sexto grado y jóvenes que desertan para trabajar. Pero el problema, nos dicen, es “falta de valores”. Siempre es más barato culpar a la moral que invertir en educación. La Biblia cuesta poco. Un sistema educativo digno cuesta millones. Ya sabemos cuál prefieren.
No todo es blanco y negro. Estudios muestran que la alfabetización religiosa, cuando se enseña de forma objetiva y académica, puede mejorar comprensión lectora y reflexión ética. Pero eso exige neutralidad, capacitación, tiempo y recursos. Nada de eso aparece en esta propuesta exprés, diseñada con comisiones dominadas por iglesias y plazos políticos. Huele más a gesto simbólico que a política seria.
La paradoja es cruel: se invoca a Dios porque es más fácil que enfrentar la corrupción, la impunidad y la violencia. Es la política del “mínimo esfuerzo y máxima puesta en escena”. Una oración legislativa para no trabajar.
La fe hondureña no necesita decretos. La Fe vive en hogares, iglesias, hospitales, cárceles y cementerios. Sobrevivió a dictaduras, crisis y migraciones. Sobrevivio Hasta al gobierno de Libre pues. No requiere tutela parlamentaria. Cuando el Estado intenta apropiársela, debilita tanto a la política como a la religión.
Si realmente queremos menos violencia y más futuro, la receta es incómoda: invertir en maestros, infraestructura, salud mental, empleo juvenil, ciencia y tecnología. Combatir la corrupción. Recuperar barrios. Garantizar oportunidades. Eso no da aplausos rápidos. Pero funciona.
Leer la Biblia puede consolar. No cura sistemas rotos. Usarla como solución mágica es rezar en una UCI sin oxígeno.
Honduras no necesita más versículos en el pizarrón. Necesita más honestidad en el poder, más ciencia en el aula, más justicia en la calle y más dignidad en la vida cotidiana.
Los valores no se decretan. Se viven.
Y mientras sigamos confundiendo fe con gobierno, seguiremos rezando… para no tener que gobernar.
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