EL AGOBIO DEL PAPÁ HONDUREÑO

Dr Hugo A. Fiallos
Presidente de la Asociación de Padres Agobiados capítulo Honduras.

Bienvenidos nuevamente a esta su columna Educando a la Pobrería, donde desmenuzamos la vida real con un cuchillo de sarcasmo y un plato de baleadas para que no duela tanto.
Hoy vamos a meterle el dedo en la llaga al tema que nos quita el sueño: “El agobio del papá hondureño”. Porque, señores, ser papá en Honduras es una especie de carrera de resistencia diaria, pero sin trofeo al final. Es una guerra diaria contra el tráfico, las cuentas y las expectativas que te caen como un balde de agua fría.
Aquí el padre promedio tiene que ser proveedor, esposo, psicólogo, chofer, plomero, electricista, consejero espiritual y, si sobra tiempo, también papá. Todo al mismo tiempo. Y si algo sale mal, la culpa casi siempre le cae a el.
El agobio del papá hondureño viene de cuatro pilares que nos aplastan como un camión en la salida de Puerto Cortés.
Primero: las expectativas múltiples. La vida del papá hondureño empieza temprano. Muy temprano. Cuando todavía está oscuro y el café sabe más a necesidad que a gusto. Sale de la casa pensando en las cuentas: la luz, el agua, la comida, los útiles de los cipotes, la gasolina, la cuota de algo que compró porque no había de otra. Y apenas te sentás a hacer números en la cabeza, ya sabés que las cuentas no cuadran. Nunca cuadran.
Pero igual hay que salir a trabajar.
Porque aquí al papá se le educa con una idea bien clara: tu valor como hombre se mide en cuánto proveés. No importa si estás cansado, si estás enfermo o si estás hasta el cuello de preocupaciones. Lo importante es que la casa siga funcionando. Como si uno fuera una especie de cajero automático con patas.
Y lo curioso es que nadie te prepara para ese peso.
A uno le enseñan a trabajar, sí. A aguantar, también. Pero nadie te enseña a manejar el estrés de sentir que todo depende de vos. Nadie te enseña qué hacer cuando el sueldo no alcanza, cuando el trabajo se pone inestable o cuando las responsabilidades empiezan a acumularse como platos sucios en el fregadero.
Ahí es donde empieza el verdadero desgaste. Regresás y tenés que ser el esposo romántico que lleva flores (aunque sea de la floristería del mercado). ¿Y si fallás en algo? Te sentís pura mierda, un inútil. Como si fueras el último de la fila. Y encima entras a Facebook y ves a tus compañeros con su falsa vida feliz editada y publicada que tu cerebro dice que es real. Es peor.
Segundo: la falta de tiempo para uno mismo. ¿Cuántos de ustedes han tenido un día libre real en los últimos meses? Entre la chamba, llevar a los cipotes al fútbol (porque claro, tenemos que criar al próximo Keylor Navas), y ayudar en la casa, tu tiempo personal es como el agua en el desierto: inexistente. Yo, con 34 años de casado, a veces sueño con sentarme a escuchar un disco entero de Sabina sin interrupciones. Pero no, siempre hay una gotera, una tarea o un 'papá, ayúdame con esto'. Es agotador va.
Tercero: la presión cultural. Ah, esto es puro folklore Hondureño, como el pitero.
El papá hondureño no solo carga con el trabajo. También carga con la expectativa de ser fuerte todo el tiempo. Aquí, el hombre no se queja. Sos el pilar de la familia, el que aguanta todo sin romperse. Si decís “estoy cansado”, te responden “hágase machito, ¡carajo! Dejese de mierdas”. Pero adentro, estás hecho mierda. ¿Resultado? Te reventas.
Entonces aprendemos a callar.
Callamos cuando el trabajo nos está drenando.
Callamos cuando el cuerpo ya no aguanta el ritmo.
Callamos cuando la cabeza se llena de preocupaciones.
Y ese silencio pasa factura.
Muchos padres viven con estrés crónico sin saber siquiera que eso tiene nombre. Duermen mal. Andan irritables. Les duele la cabeza, la espalda, el pecho. A veces lo disfrazan de gastritis, de cansancio o de “solo estoy un poco estresado”.
Pero la verdad es otra: el cuerpo está pidiendo auxilio.
La ciencia lleva años diciendo algo que aquí casi nadie quiere escuchar. Los hombres que viven bajo presión constante tienen más riesgo de hipertensión, problemas cardíacos, depresión y ansiedad. No es un invento de psicólogos ni una moda de redes sociales. Es fisiología pura.
El estrés prolongado te pasa la factura tarde o temprano.
Y lo más triste es que muchas veces la familia ni siquiera entiende lo que está pasando.
Desde afuera se ve al papá como el que llega serio, cansado, medio callado. El que a veces se enoja por cosas pequeñas. El que prefiere sentarse en silencio después de un día largo.
Entonces aparece la etiqueta fácil: “ES QUE MI PAPÁ ES BIEN AMARGADO”.
Pero pocas veces alguien se pregunta qué hay detrás de ese cansancio.
Detrás de ese silencio puede haber un hombre que lleva años sintiendo que no puede fallar. Que no puede quebrarse. Que no puede decir “ya no puedo más” porque cree que si lo dice todo se va a venir abajo.
Ese es el peso invisible del papá hondureño.
Y ojo, esto no significa que todos los padres sean víctimas ni que haya que ponerlos en un pedestal. Hay papás irresponsables, claro que sí. Pero también hay miles que se están partiendo el lomo todos los días tratando de sostener a su familia en un país donde la economía muchas veces parece diseñada para que la gente apenas sobreviva.
Con salarios que apenas alcanzan y trabajos que cada día se vuelven más inestables, la presión se vuelve constante.
Cuarto: el miedo a fallar. Este es el que duele más. Amamos a la doña, a nuestros cipotes, pero cada día te preguntás: ¿soy buen papá? ¿Buen esposo? Con 34 años de matrimonio, te digo: nadie es perfecto. He cometido errores, como todos, pero el amor que pongo es real. Sin embargo, ese miedo te come vivo, como zancudo en Omoa.
Bueno, pero como no todo es lloradera vamos a las soluciones, porque si no, esta columna sería inútil. Aquí van consejos prácticos para el papá agobiado, directo del manual práctico del papá catracho sobreviviente.
1- Aceptá que no sos perfecto. Nadie lo es. En vez de putearte por errores pasados, celebrá los aciertos. Escribí una lista de las cosas que has hecho bien: 'Estuve en la graduación de mi cipote' o 'Apoyé a mi doña en un mal momento'. Léela cuando te sientas mal.
2- Date tiempo para vos. Obligatorio. 30 minutos al día: escuchá rock, caminá por el barrio o soñá con abrir un bar en Utila. Decile a tu gente: 'Este es mi rato sagrado'. Suena egoísta, pero te recarga para ser mejor papá.
3- Habla con tu doña. Después de 34 años, te digo: la honestidad salva. Decile: 'Te amo, pero estoy agotado. ¿Cómo nos apoyamos?'. Planeen tareas juntos, como un equipo de fútbol: uno ataca, el otro defiende.
4- Alivia la presión cultural. Buscá apoyo: amigos, grupos en iglesias o hasta un terapeuta en Tegus (hay opciones baratas en la UNAH). No sos débil por pedir ayuda; sos inteligente.
5- Redefiní el éxito. No es el dinero o la perfección; es el amor. Un abrazo a tus cipotes vale más que un bono navideño. Y para aliviar ese miedo a fallar: preguntales a ellos cómo te ven. Te sorprenderán.
6- Usá humor. Reíte del caos. Como yo, que sueño con escribir una columna donde me pueda quejar y la gente me lea. ¿Funciona?
Y así termino este especial del Papá Hondureño en este mes dedicado a nosotros los papases
Recuerden: no son mártires, son guerreros.
Por ahora me despido con esta mi columna que espero les haya hecho pensar reír o simplemente decir “está pendejo este don”
Yo por lo pronto me preparo para un período de descanso, regresaré pronto si los srs editores de este diario me lo permiten. Disfruten su semana Santa, disfruten a su familia. No los quiero llorando en UCI de no haber podido decir, no haber podido abrazar, no haber podido demostrar su amor cuando pudieron, porque ya estando en la UCI…es demasiado tarde.
Ah si, feliz día del padre. (sin sarcasmo)

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