SOLEDAD 2.0 El abrazo frío del WiFi
Dr Hugo A. Fiallos
Médico que no necesita de aprobación en las redes
Hoy, en esta su nada humilde columna de “Educando a la Pobrería”, nos vamos a poner serios… bueno, serios a mi manera, que es como hablar en un funeral contando chistes malos para aligerar el ambiente.
El tema que nos ocupa hoy es la soledad. ¡Ah, la soledad! Esa vieja amiga que aparece sin avisar, pero no estoy hablando de tu ex, sino de esa sensación de no estar acompañado. Y en estos tiempos modernos, donde la tecnología nos promete más conexiones que nunca, resulta que la gente se siente más sola que la UCI del hospital de Danlí. Ironías de la vida, ¿verdad?
Nunca hemos estado tan conectados… y tan solos al mismo tiempo.
Aunque eso de “conectados” es paja: lo que hay es un montón de gente que pasa viendo la luz azul de su teléfono, creyendo que por tener 3 mil contactos en whatsapp, o 75 mil seguidores en X, un “like” es lo mismo que un abrazo.
Talvez ustedes están muy chiquitos para acordarse, pero antes, en mis tiempos, estar solo significaba que no había gente alrededor. Y habían personas que lo disfrutaban. El silencio, el paseo sin prisa, la lectura… hasta el aburrimiento eran parte de un equilibrio natural.
Ahora uno mira alrededor y ve a la gente pegada al celular como si su vida dependiera de eso. Y a veces así es. Deditos ansiosos deslizando pantallas, ojos vidriosos absorbiendo vidas ajenas, repartiendo “me gusta” como si fueran panfletos de la Atalaya. Y ahí estamos, metidos en ese universo paralelo donde todos son más felices, más guapos, comen mejor y viajan más que uno. ¡Qué gran invento! Una ventana al mundo… de la envidia y la frustración.
Porque seamos honestos, ¿cuántos de esos “amigos” virtuales te prestarían pisto para la baleada de la esquina? ¿Cuántos te llamarían si te ven con la cara larga un martes cualquiera? La verdad duele, lo sé, pero a veces es más fácil ver las “historias” de alguien en la playa que enfrentar el propio charco de problemas.
Antes, la soledad se curaba con un café con los vecinos, una charla en la acera o una visita sorpresa. Ahora la tratamos con la droga más barata y accesible del planeta: las redes sociales.
Y lo peor es que funciona… cómo funciona la comida chatarra: te llena por un rato, pero al final te deja más vacío que antes.
Las redes sociales se vendieron como la solución a la desconexión, el pegamento mágico para unir almas dispersas. Y en parte, lo fueron.
Pero como siempre, se nos fue la mano. Terminamos construyendo castillos de arena virtuales, llenos de fotos de perfil sonrientes y vidas perfectamente editadas, mientras la soledad nos carcome por dentro como comején en mesa vieja.
Y la ciencia, esa doña implacable que no se anda con papadas para callarte el pico, lo dice claro: la soledad prolongada activa en el cerebro el mismo dolor que una patada en la espinilla. Y, como con todo dolor, buscamos anestesia rápida. ¿La receta moderna? Instagram, X, Facebook, TikTok… El “like” y el mensaje nuevo funcionan como una pequeña dosis de dopamina, igual que una cucharada de azúcar o una línea de cocaína… pero con el mismo efecto: placer fugaz y resaca emocional.
Las redes no están hechas para que seas feliz. Están hechas para que dependas de ellas.
Ese es el negocio: tu soledad es su mina de oro.
Un usuario feliz, con vida social real, no les sirve. Necesitan que sientas ese hueco en el pecho, para que busques llenarlo desplazando el dedo en la pantalla hasta las tres de la mañana, mientras ellos venden tus datos y te lanzan anuncios de cosas que no necesitas.
Por eso te muestran vidas perfectas: parejas que se aman en la playa, gente que viaja por el mundo, cuerpos esculpidos… y vos ahí, queriendo sobrevivir a las deudas, en pijama, comiendo churros directo de la bolsa. Te comparas, te sientes peor y… vuelves a abrir la app buscando otra dosis de tu droga.
El ciclo es perverso: la soledad nos empuja a abrir la aplicación, la aplicación nos recuerda lo que no tenemos y, al final, volvemos a sentirnos solos… pero con más ansiedad.
No es percepción personal; los números lo gritan. Un estudio reciente de la Universidad Estatal de Oregón, publicado en octubre de 2025, analizó a más de 1.500 adultos estadounidenses de 30 a 70 años. Los resultados son demoledores: quienes revisan redes sociales con mayor frecuencia —el 25 % superior, es decir, los que entran más veces al día— tienen más del doble de probabilidades de sentirse solos comparados con el 25 % inferior. Más del doble. No es un “quizá”, no es un “depende”; es estadística limpia. Otro trabajo con casi 65.000 universitarios encontró que pasar más de 30 horas semanales en redes aumenta un 38 % el riesgo de declararse solo frente a quienes se limitan a menos de 16 horas. Y en adultos mayores, el uso diario se asocia directamente con puntajes más altos de aislamiento emocional.
Pero seguimos ahí. Desplazamiento tras desplazamiento de pantalla. Porque parar duele más. El silencio real es ensordecedor; el timeline, en cambio, es un ruido constante que disfraza el vacío. Nos refugiamos en él como quien se esconde bajo las sábanas durante una tormenta: “Aquí estoy a salvo, aquí tengo 4,700 seguidores que me dan doble check, aquí alguien me ve”. Y mientras tanto, las conversaciones de verdad se extinguen. Esas que tienen pausas incómodas, malentendidos que se resuelven con una mirada, disculpas torpes que terminan en risas o en un abrazo. Esas ya no las practicamos. Son lentas, requieren vulnerabilidad, no tienen filtro ni música de fondo.
Es como ir a una fiesta donde todos están con antifaz. Ves a mucha gente, bailan todos al mismo ritmo, pero nadie te mira a los ojos. Y al final de la noche, vuelves a casa con la misma sensación de vacío. Porque nadie es quien es en realidad.
La cosa es que la soledad no se cura con notificaciones. No se espanta con filtros ni se disimula con poses fingidas. La soledad, esa cabrona, necesita contacto real. Necesita una mirada cómplice, una conversación sin emojis, un abrazo que te recuerde que, aunque la vida a veces sea una mierda, hay alguien más en este barco tambaleante.
Así que, la próxima vez que sientas ese vacío en el pecho, ese silencio ensordecedor en medio del ruido digital levanta la vista del celular. Busca a ese vecino que siempre te saluda, llama a ese amigo que hace años no ves, o ¡atrévete! Habla con la señora que vende frutas en el mercado (igual y te da un descuento), conoce gente diferente, fuera de tu ambiente cotidiano. Puede que no te den “likes”, pero al menos no tendrás que recargar la batería para seguir conversando.
Porque al final del día, mi querida pobrería, la verdadera conexión no se mide en megabytes ni en seguidores. Se mide en risas compartidas, en lágrimas consoladas y en esos pequeños gestos humanos que las pantallas, por más brillantes que sean, jamás podrán replicar.
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