LOS ABUELOS, ESAS GUARDERIAS QUE DESECHAMOS POR INÚTILES.
DR HUGO A FIALLOS
Aun no es abuelo, pero va en camino a serlo.
Bienvenidos una vez más a Educando a la Pobrería, el único podcast donde hablamos de esas cosas que todos vemos, todos vivimos, todos sufrimos... pero que nadie quiere admitir porque arruinan la foto familiar de Facebook.
Hoy vamos a hablar de una de las figuras más queridas de cualquier familia: los abuelos.
Esos seres humanos extraordinarios capaces de convertir una tortilla con mantequilla en un banquete cinco estrellas.
Los mismos que tienen remedios para todo.
¿Dolor de cabeza? Té de manzanilla.
¿Dolor de estómago? Té de manzanilla.
¿Insomnio? Té de manzanilla.
¿Te atropelló un camión? Pues un té bien caliente y mañana amanecés mejor.
Los abuelos son una especie aparte.
Porque si algo caracteriza a los abuelos es esa capacidad casi sobrenatural para amar. Es un amor distinto. Más paciente. Más indulgente. Más tierno. Un amor que parece haber sido fabricado con los errores, los arrepentimientos y la experiencia acumulada durante toda una vida.
Son los guardianes de las historias familiares, los expertos en recordar cuánto costaba un pan en 1963 y las únicas personas capaces de ofrecerte comida cinco segundos después de haber terminado de comer.
El amor de los abuelos es genuino, profundo y hasta químico: la ciencia lo explica diciendo que su cerebro se llena de oxitocina y serotonina cuando están con sus nietos.
Pero también son víctimas de una de las contradicciones más grandes de nuestra sociedad.
Porque todos decimos amar a nuestros abuelos.
Todos.
No existe una sola persona que publique en redes sociales: "La verdad, mi abuelo me cae mal".
No.
Ahí todos son poemas,corazones, mensajes llenos de amor.
"Mi abuelita es mi reina." ,"Mi abuelo es mi héroe.","Los abuelos son una bendición."
Y qué bonito. Qué tierno. Qué conmovedor.
Hasta que llega el viernes por la tarde.
Porque curiosamente, en ese preciso momento, muchos de esos adoradores desaparecen y aparecen los hijos.
Con los niños, pañaleras, mochilas, juguetes y tareas.
Y la típica frase:
—Mamá, cuidámelos un ratito.
El famoso "ratito".
Esa unidad de tiempo latinoamericana que puede durar desde dos horas hasta diecisiete años.
Y los abuelos, por supuesto, reciben a los nietos con una sonrisa.
Lo curioso es que esos mismos abuelos que hoy celebran cada travesura del nieto son los mismos que hace treinta años imponían disciplina militar en la casa. El hombre que hoy le compra helados al nieto aunque tenga gripe era el mismo que antes castigaba por llegar cinco minutos tarde. La abuela que ahora dice “déjelo, está pequeño” era la misma que convertía una mirada seria en una sentencia de muerte emocional.
La edad cambia a las personas. Los años suavizan las esquinas.
O quizá simplemente los nietos llegan en el momento perfecto, cuando ya no existe la presión de criar, educar y sostener una familia. Cuando ya no hay que preocuparse por pagar uniformes escolares ni por llenar la refrigeradora. Los abuelos pueden quedarse con la mejor parte del trato: amar sin cargar completamente con la responsabilidad.
Al menos esa es la teoría.
Porque la práctica es muy diferente.
En demasiados hogares, los abuelos han dejado de ser abuelos para convertirse nuevamente en padres.
Y ahí es donde la historia comienza a ponerse incómoda.
Porque si algo hemos perfeccionado como sociedad es convertir a los abuelos en guarderías, choferes, cocineros y psicologos gratuitos. Y, si se descuida, hasta en cajeros automático.
Pero lo más triste no es eso.
Lo más triste es que existe una especie de pacto silencioso que nadie quiere admitir. Muchos hijos consideran que sus padres jubilados tienen una obligación permanente de cuidar a los nietos. No se pide como favor. Se da por hecho. Como si la jubilación no fuera una etapa para descansar, sino un nuevo contrato laboral sin salario.
La lógica parece sencilla.
“Ellos están en casa, No tienen nada que hacer, Les gusta estar con los niños.”
Traducido al español : “Que se encarguen ellos.”
Así, personas de setenta años terminan levantándose temprano para preparar desayunos, llevar niños a la escuela, ayudarlos con tareas, atender enfermedades, soportar berrinches y vigilar una energía infantil que ni siquiera ellos tenían cuando eran jóvenes.
Y todo eso mientras lidian con problemas de presión arterial, diabetes, artritis, dolores de espalda y medicamentos que ocupan más espacio que la comida en la mesa.
Pero nadie habla de eso.
Porque socialmente hemos decidido romantizar el sacrificio de los abuelos.
Cuando los abuelos dedican su vida a los nietos, la calificamos como amor incondicional.
Lo que rara vez nos preguntamos es si realmente tuvieron opción.
Muchos aceptan porque aman a sus nietos.
Otros aceptan porque sienten culpa al negarse.
Y algunos aceptan porque saben que si dicen que no, serán señalados como egoístas.
Como si después de pasar décadas criando hijos todavía estuvieran obligados a seguir haciéndolo.
La situación resulta todavía más irónica cuando observamos cómo la sociedad trata a los adultos mayores porque muchos de esos mismos abuelos que dedican sus últimos años a cuidar nietos terminan viviendo una vejez marcada por la soledad, el olvido y el abandono.
Es una verdad incómoda, pero necesaria.
Vivimos en una cultura que celebra a los ancianos en los discursos y los ignora en la práctica.
Mientras son útiles, mientras pueden cuidar niños, cocinar, prestar dinero o resolver problemas, todos los buscan.
Cuando dejan de ser útiles, el teléfono deja de sonar.
Nos encanta compartir mensajes emotivos el Día de los Abuelos.
Pero después pasan semanas sin visitarlos, meses sin llamarlos incluso años.
El abandono de los adultos mayores rara vez ocurre de manera dramática. No siempre consiste en dejarlos en un asilo y desaparecer.
La mayoría de las veces es mucho más sutil.
Es no tener tiempo para ellos, no responder sus llamadas, ignorar sus historias porque ya las contaron muchas veces, o visitarlos únicamente cuando necesitamos algo.
El abandono suele vestirse de normalidad y precisamente por eso es tan peligroso.
Hay abuelos que pasan días enteros esperando una visita rodeados de fotografías porque las fotografías son la única compañía constante que tienen.
Hay personas mayores que conocen perfectamente el sonido de la soledad.
Y eso debería avergonzarnos más de lo que nos avergüenza.
Porque estamos hablando de la generación que sostuvo familias enteras con menos recursos de los que tenemos hoy.
Personas que trabajaron durante décadas para que sus hijos pudieran estudiar, comer y tener oportunidades.
Sin embargo, cuando llega el momento de devolver algo de ese esfuerzo, muchas familias encuentran excusas.
La falta de tiempo se ha convertido en el argumento favorito de nuestra época.
No tenemos tiempo para visitar a los abuelos, para escucharlos, para acompañarlos.
Pero sí tenemos tiempo para revisar redes sociales durante tres horas al día.
La realidad es que la falta de tiempo suele ser, en muchos casos, una falta de prioridades.
Cada vez hay más personas mayores viviendo más años, pero no necesariamente viviendo mejor.
Nos preocupa mucho cuánto vive una persona pero nos preocupa muy poco cómo vive.
Muchos justifican esta dinámica diciendo que “así es la cultura latinoamericana, los abuelos crían a los nietos”. Y sí, es verdad. Pero también es cierto que detrás de esa tradición se esconde mucha comodidad y, por qué no decirlo, bastante irresponsabilidad.
Lo irónico es que los nietos, que de pequeños fueron adorados por sus abuelos, crecen, se olvidan de ellos y los ven como fósiles de otra era. Los visitan en Navidad, les toman una foto para subir a Instagram con un “te amo abuelo” y listo: amor digital que dura exactamente lo que tarda el algoritmo en enterrar la publicación.
La vejez en nuestro país es una condena silenciosa. Pensiones miserables, sistemas de salud colapsados, falta de políticas públicas y un abandono familiar que se maquilla con excusas.
Tal vez sea hora de dejar de romantizar lo obvio.
Porque algún día todos, si tenemos suerte, llegaremos a viejos.
Y entonces nos vamos a dar cuenta que así como la sociedad trata ahora a los ancianos, así nos va a tratar a nosotros.
Por eso es que este tema no trata únicamente de los abuelos.
Trata de nosotros.
De nuestras prioridades, nuestra capacidad de agradecer, de nuestra disposición para cuidar a quienes nos cuidaron.
Los abuelos no son niñeras gratis, ni hospitales improvisados, ni cajeros automáticos con bastón.
Los abuelos suelen ser las personas más generosas de una familia.
Y aun así, terminan siendo algunos de los más olvidados.
No debería ser normal.
No debería parecernos aceptable.
Son seres humanos.
Personas que todavía tienen sueños, necesidades, miedos y emociones.
Personas que merecen descansar después de décadas de trabajo.
Personas que merecen compañía antes que homenajes.
Porque la compañía ocurre en vida.
Los homenajes suelen llegar demasiado tarde.
Y quizá esa sea la lección más importante de todas.
No esperemos a los funerales para agradecer.
No esperemos a que el teléfono deje de sonar para extrañar aquellas llamadas que nunca contestamos.
Si de verdad creemos que los abuelos son un tesoro, entonces dejemos de tratarlos como una herramienta.
Porque el amor no se demuestra con publicaciones emotivas una vez al año.
Se demuestra estando presentes.
Y al final, cuando los nietos crezcan y los años sigan avanzando, lo que recordarán no será cuánto dinero tenían sus abuelos ni cuántos favores hicieron por la familia.
Recordarán algo mucho más simple.
Que estuvieron ahí.
Y quizá la pregunta más importante sea esta: así como los hemos educado con respecto a sus abuelos, cuando nosotros envejezcamos, ¿cómo nos verán nuestros hijos?, ¿cómo una bendición o como una carga?
La respuesta dirá mucho más sobre nosotros que sobre ellos.
Comentarios
Publicar un comentario