Por qué cerré mis redes y (casi) no las extraño
Dr Hugo Alejandro Fiallos
Nuevo paria digital.
Hace unas semanas tomé una decisión que para algunos puede parecer radical: cerré todas mis redes sociales. Sin anuncio dramático, sin hilo de despedida, sin stories explicando mi “viaje espiritual”. Simplemente las cerré. Silencié el ruido. Y por primera vez en mucho tiempo, respiré.
No fue una decisión tomada a la ligera. Llegué a ese punto después de meses de acumular cansancio mental. Entre el estrés constante de la UCI, donde cada guardia te deja marcado, las preocupaciones de la familia, la exigencia de entregar la columna a tiempo, grabar el podcast y lidiar con los haters de X que parecen entrenados para aparecer justo cuando uno más necesita paz, el vaso se llenó. Y se desbordó.
Siempre me gustó opinar. Creo que tengo algo para decir y, en algunos casos, siento que puedo aportar un poco de claridad en medio de tanta confusión. A veces hasta me divertía “educar a la pobrería”, como lo he dicho siempre con cariño y algo de ironía. Pero esa adrenalina de participar en el debate permanente tiene un precio. Y ese precio es alto.
Uno no se da cuenta hasta que está agotado. El scroll infinito, las notificaciones, las discusiones que nunca terminan, la necesidad de estar actualizado de todo para poder opinar con fundamento. Todo eso se come las horas del día y, lo que es peor, te roba la capacidad de estar presente en tu propia vida.
Recuerdo noches en las que terminaba una guardia complicada en la UCI, llegaba a casa con la cabeza hecha un nudo, y en lugar de descansar o hablar con mi familia, abría X para “ver qué estaba pasando”. Minutos después ya estaba discutiendo con alguien que probablemente ni había leído el hilo completo. Esa dinámica se volvió tóxica. No solo no sumaba, sino que restaba. Restaba energía, restaba claridad mental, restaba paciencia.
Cerré todo porque necesitaba volver a ser yo. No el Hugo que opina, responde y debate. Sino el Hugo que lee un libro sin interrupciones, que va al cine y disfruta la película sin pensar en hacer un comentario ingenioso después, que mira una serie en la tele sin sentir culpa por “no estar produciendo contenido”.
Y aquí viene la parte que más me sorprendió: no las extraño.
O mejor dicho, casi no las extraño.
Hay momentos, sí. Muy de vez en cuando me agarra un impulso: “esto que acaba de pasar tengo que comentarlo”. Pero el impulso dura segundos. Luego tomo el control remoto, abro un libro o llamo a un amigo y el momento pasa. La vida sigue. Y sigue mejor.
Descubrí que había olvidado lo agradable que es el silencio digital. Que puedo pasar una tarde entera sin enterarme de la última polémica y no pasa absolutamente nada. El mundo no se detiene porque yo no esté opinando. Y eso, que parece obvio, fue una revelación liberadora.
No estoy diciendo que las redes sociales sean el diablo. Tienen su valor. Permiten conectar con gente interesante, difundir ideas, encontrar información. Pero también son una máquina diseñada para capturar atención y generar adicción. Y cuando uno ya viene con carga de estrés (como muchos profesionales de la salud, periodistas, creadores de contenido o simplemente personas con vidas exigentes), esa máquina puede ser peligrosa.
En mi caso, la combinación fue explosiva. La UCI no es un trabajo de oficina. Ver sufrimiento, tomar decisiones que pueden cambiar vidas, cargar con la responsabilidad emocional de familias enteras… eso ya es pesado. Agregale la presión de mantener una columna de opinión con voz propia, un podcast que exige honestidad y tiempo de producción, y las familias que también necesitan atención. El resultado fue un agotamiento profundo.
Cerrar las redes no fue una huida. Fue una estrategia de supervivencia.
Hoy mi rutina es más simple y, paradójicamente, más rica. Leo más. Veo películas en el cine con la atención completa, sin mirar el celular cada diez minutos. Duermo mejor. Pienso con más claridad.
Algunos me han escrito por otros canales preguntando si estoy bien. Esas personas son las que realmente valen la pena. No los que solo aparecen cuando hay controversia. A ellos les respondo con gusto. Y les digo la verdad: estoy mejor, estoy bien, solo me tomé un descanso digital.
No sé cuánto tiempo me voy a mantener así. Tal vez un día vuelva con más presencia, pero será porque yo quiera, porque tenga ganas, no porque sienta la obligación de alimentar el algoritmo. Esa es la clave que muchos perdemos: recuperar el control.
Creo que este tema va más allá de mi experiencia personal. Cada vez más personas están llegando al mismo punto. Profesionales quemados, padres agotados, jóvenes que crecieron con el celular en la mano y ahora sienten ansiedad cuando no están conectados. Estamos viviendo una epidemia silenciosa de fatiga mental provocada por la hiperconectividad.
No se trata de volver a la Edad de Piedra ni de demonizar la tecnología. Se trata de preguntarnos honestamente: ¿quién está al servicio de quién? ¿Las redes están a mi servicio o yo estoy al servicio de las redes?
En mi caso, durante un tiempo largo estuve al servicio de ellas. Respondiendo, opinando, defendiéndome, explicando. Hasta que decidí que mi salud mental, mi familia y mi paz valían más que cualquier like o retweet.
Si estás leyendo esto y te sentís identificado, quiero decirte algo simple: está bien desconectarte. No sos egoísta por priorizarte. No sos irresponsable por elegir no participar en todas las batallas. El mundo tiene suficientes opiniones. Lo que necesita más es gente presente, lúcida y con energía para lo que realmente importa.
Yo elegí recuperar eso.
Y aunque a veces extraño esa sensación de “estar en la conversación”, la cambio gustoso por las tardes tranquilas, los libros que termino, las películas que disfruto de principio a fin y la versión de mí que está volviendo a aparecer.
La versión que no necesita validar cada pensamiento con cien comentarios.
La versión más tranquila. Lá mía.
Comentarios
Publicar un comentario