REGRESO DEL SARAMPION. UNA MUESTRA DE LA ESTUPIDEZ HUMANA.

Hablemos del Sarampión, vacunas y la ilusión de la inmunidad eterna
Dr Hugo A. Fiallos
Vacunado e inmune de por vida, sin posibilidad de demostrarlo.

El sarampión ha vuelto. Y no porque sea una sorpresa biológica, sino porque somos pendejos.
Hubo una época en la que el sarampión parecía un problema del pasado. Una enfermedad de los libros de historia médica. Algo que nuestros abuelos recordaban porque había matado niños. Una de esas cosas que la humanidad, parecía haber resuelto.
El sarampión no regresó porque el virus se haya vuelto más inteligente. No regresó porque surgiera una nueva variante apocalíptica. No regresó porque la ciencia hubiera fallado. Regresó, porque somos pendejos, pendejos e irresponsables.
Es increíble como a causa de unos pocos ignorantes que en algún momento su cerebro deficiente de acido fólico pensó: ay, las vacunas son malas, Y además de no solo ser tan imbéciles de pensar eso, otro montón de pendejos les hayan creído. Pero bueno, vaya dice uno, fue en estados unidos donde la sociedad es mas grande hay mas gente y proliferan los imbéciles. ¿Pero en Honduras? ¡¡En Honduras por Dios!! Como vas a ponerte a decir que no vas a vacunar a tu cipote porque le van a meter un chip que lo va a hacer comprar en amazon, ojala pudieran comprar en amazon pero le deben 6 meses al de la pulperia del barrio.
Es como dejar de usar casco en la moto porque nunca has tenido un accidente.
Y esta bien, El razonamiento parece lógico hasta que el pavimento le recuerda a tu cabeza por qué era obligatorio usarlo.
Vea compa, esto lo escribo francamente indignado, porque no es posible ombe, ¿como fuimos a bajar tanto la guardia?
Lo curioso es que muchos creen que el debate sobre el sarampión gira alrededor de la eficacia de la vacuna. Pero cuando uno revisa los datos de organismos internacionales, encuentra algo menos emocionante y más aburrido: la mayoría de los brotes aparecen donde existen grupos de personas que nunca fueron vacunadas o que no completaron sus esquemas.
No es una conspiración. No es un misterio. Es matemática. El problema es que las matemáticas tienen una característica desagradable: no les importan nuestras opiniones.
Ese rebrote de sarampión es un recordatorio incómodo de que la salud pública no se sostiene solo con ciencia, sino también con comportamientos colectivos. En 2026, con brotes activos en Estados Unidos, Europa, América Latina y otras regiones, reaparece el debate: ¿debería ser obligatoria la vacuna contra el sarampión donde hay transmisión? Y la pregunta más profunda: si la infección natural y la vacuna otorgan inmunidad de por vida, ¿por qué insistir tanto?
Empecemos por los hechos. A nuestros flamantes diputados y funcionarios se les olvida que la CDC y la OMS saben mas que ellos y no solo exhiben su ignorancia, la gritan.
La vacuna triple MMR (paperas, sarampión y rubeola por sus nombres en ingles, en español sería PSR), confiere una protección excelente: 97% de inmunidad con dos dosis, y esa inmunidad en la mayoría de las personas es similar a la que deja la enfermedad natural, pero sin el riesgo de encefalitis, neumonía grave o muerte. Quien recibió correctamente sus dos dosis tiene, en términos prácticos, protección de por vida. Los casos en vacunados son excepcionales y suelen ser leves.
Entonces, ¿por qué ocurrió este rebrote? La respuesta es matemática y social: el sarampión es uno de los virus más contagiosos conocidos. El sarampión es tan contagioso que un solo enfermo puede infectar a casi cualquier persona susceptible que se encuentre a su alrededor. Mucho más contagioso que la influenza, el covid, o el VIH. Mucho más contagioso que muchas enfermedades a las que le tenemos miedo.
La inmunidad de rebaño ocurre cuando una población tiene 95% o más de protección contra un virus, de tal forma que el virus no puede seguir contagiando gente porque ya casi todos están protegidos. ¿Me sigue? Entonces, con el sarampión se necesita una cobertura mayor del 95% con dos dosis para lograr la inmunidad de rebaño. Si suficientes personas dejan de vacunarse, y esa cobertura cae (por pendejada antivacuna, desinformación, acceso limitado o ideología), el virus encuentra una puerta abierta. Y entra. Los brotes actuales no demuestran que “la vacuna falló”, sino que fallamos como sociedad en mantener altos niveles de vacunación.
Lo que me parece fascinante es cómo la discusión pública suele desviarse hacia preguntas equivocadas.
La pregunta más útil sería:
“¿Quién necesita realmente vacunarse?”
Porque no es lo mismo una persona que tuvo sarampión documentado hace años que alguien que nunca recibió una dosis. Tampoco es lo mismo alguien con un esquema completo que una persona que simplemente asume que fue vacunada porque su mamá cree que si lo vacunó.
La salud pública rara vez funciona con absolutos.
Funciona con probabilidades.
Y las probabilidades son profundamente aburridas para las redes sociales.
Las redes prefieren héroes y villanos. Buenos y malos.
Pero la realidad suele ser más incómoda.
La realidad es que la mayoría de las personas vacunadas siguen protegidas. La realidad es que quienes tuvieron sarampión generalmente conservan inmunidad de por vida. La realidad es que los brotes modernos no están ocurriendo porque de repente millones de vacunas dejaron de funcionar simultáneamente.
La realidad es mucho menos cinematográfica.
Y precisamente por eso resulta menos popular.
Existe además otro fenómeno interesante: el éxito de la medicina se convierte en su propio enemigo.
Cuando una intervención médica funciona demasiado bien, la gente deja de percibir el problema que resolvió.
Nadie organiza marchas para agradecer que ya no ve niños muriendo de difteria.
Nadie hace documentales sobre los millones de casos de sarampión que nunca ocurrieron gracias a programas de vacunación.
Las tragedias evitadas son invisibles.
Solo vemos las tragedias que ocurren.
Y esa es una pésima forma de evaluar riesgos.
Yo creo que la vacunación rutinaria contra el sarampión debería ser fuertemente recomendada y facilitada al máximo, pero convertirla en obligatoria universal genera resistencias justificadas en algunos contextos. El Estado tiene legítimo interés en proteger a los más vulnerables (bebés demasiado pequeños para vacunarse, inmunocomprometidos, personas con contraindicaciones médicas reales). Un brote de sarampión en un hospital o escuela no sería solo un problema individual.
Sin embargo, las ordenes por mis guevos, sin explicarle a la gente porque y usando el miedo como factor de convencimiento no sirve. Mas cuando no son flexibles dentro de lo razonable (exenciones médicas amplias y, en algunos casos, filosóficas o religiosas bien fundamentadas), hay gente que no se puede vacunar por muchas razones y hay que respetarlas. Ahora, si esas personas van a ser un riesgo, es porque el gobierno no puede vacunar de forma adecuada al resto. Y ahí es donde la mula bota a Genaro. La historia muestra que campañas agresivas de información, acceso gratuito, recordatorios y presión social suave suelen ser más efectivas a largo plazo que la coerción pura.
Mi posición en este tema, si se me permite la falta de modestia es que dos dosis de MMR deberían ser requisito estándar para ingreso a la escuela.
Que si llegase a existir un brote en un hospital o una escuela, las autoridades locales deben tener respuestas y herramientas rápidas para controlarlo (que esperanzas, el pisto para la campaña no se toca). ¿Ya están preparadas las alcaldías de nuestro rancho para esa posibilidad?, sin temor a equivocarme se lo digo: NO.
Pero el énfasis principal debe estar en la transparencia, datos claros y respeto a la autonomía individual, sin demonizar a quienes tienen dudas legítimas (aunque muchas de ellas estén basadas en información errónea).
La ciencia es contundente: la vacuna contra el sarampión es una de las intervenciones médicas más exitosas de la historia. Pero la confianza no se impone por decreto. Se construye con honestidad sobre sus limitaciones (no es 100% efectiva en todos), sus beneficios indiscutibles y admitiendo que ningún producto médico es perfecto.
Al final, la mejor defensa contra el sarampión no es solo una aguja, sino una sociedad que valore tanto la libertad individual como la responsabilidad colectiva. Mientras no logremos ese equilibrio, el virus seguirá encontrando grietas donde entrar. Y cada brote es un fracaso evitable tanto de la sociedad, como del gobierno.
El sarampión nos está dejando una lección incómoda, que no todas las amenazas del futuro son nuevas.
Algunas son viejas conocidas que regresan cuando nos descuidamos.
Y quizá eso sea lo más preocupante, que después de tantos avances tecnológicos, después de tantas décadas de conocimiento acumulado, seguimos descubriendo que la parte más difícil de la salud pública no es desarrollar una vacuna, es convencer a la sociedad de que siga usando una herramienta que ya demostró funcionar.
Porque los virus evolucionan. Pero la pendejada humana no.

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