EL LADRÓN DE TU INTELIGENCIA
Que no es que sea mucha, pero ombe, hay que cuidar lo poquito que queda. Como el agua en Tegucigalpa.
Dr Hugo A. Fiallos
Médico que contribuye a distraer a sus amigos mandándoles pendejadas.
Hola y bienvenidos a esta su columna de opinión que nadie lee porque si la leyeran ya habrían cambiado muchas conductas y actitudes dañinas para su vida.
Hoy vengo a contarles algo que la ciencia lleva ya mas de 10 años de haber demostrado y a pesar de sus advertencias la humanidad sigue derechito al abismo: Nos estamos volviendo cada dia más estúpidos.
Y es que si fuese algun plan de dominacion mundial pues uno dice bueno, son fuerzas trabajando para esclavizarnos, pero se trata de una actitud voluntaria, solitos estamos dejando que nos robe nuestra inteligencia. Y como es eso? Facil, dejeme que le cuente como va el asunto y cuando termine de leer, si es que termina, ya no va a ver igual al mundo.
Hay una cosa que hacemos casi todos los días y que, según la ciencia, podría estar haciéndonos perder concentración sin que siquiera nos demos cuenta: tener el celular cerca.
Sí. CER-CA.
No que este viendo TikTok. No que platique por WhatsApp. Solo necesita que el condenado teléfono esté ahí.
En 2017, investigadores de la Universidad de Texas hicieron un experimento bastante sencillo. Pusieron a varias personas a realizar pruebas que necesitaban concentración y memoria. A unos les dejaron el celular sobre el escritorio. A otros, guardado en la bolsa. Y a otros les pidieron dejarlo en otra habitación.
Nadie estaba jugando con el teléfono. Nadie estaba contestando mensajes. Nadie estaba viendo videos.
Y aun así, quienes tenían el teléfono más cerca tendieron a rendir peor que quienes lo habían dejado lejos. Traducido a lenguaje sencillo: con el teléfono cerca eres medio bruto, sin él, un poco menos.
Los investigadores llamaron al fenómeno Drenaje Cerebral. Y el concepto es bastante sencilla: nuestro cerebro tiene una cantidad limitada de atención disponible. Cuando tenemos cerca algo que nos importa muchísimo, como ese pequeño rectángulo de plastico que tiene nuestras conversaciones,redes sociales, trabajo y hasta las fotos porno que le mandamos a la jefa por “error” una parte de nuestra mente puede quedarse pendiente de él aunque conscientemente pensemos: “Yo ni lo estoy viendo” y ese es precisamente el problema.
Nos encanta pensar que somos capaces de ignorarlo. “Yo puedo estudiar con el celular al lado y no pasa nada”. Perfecto. Pero resulta que estás gastando parte de tu capacidad mental en hacer justamente eso: ignorar el teléfono.
Es como intentar trabajar mientras alguien te esta jodiendo y dice: “No me hagas caso, seguí”.
Claro, hay algunos dunditos que dicen: “Pero yo lo pongo en silencio”, o “yo lo pongo boca abajo” y hay algunos cuyo instinto de supervivencia les ayuda y lo apagan, lo cual esta bien.
Pero el estudio de Texas encontró algo interesante: tenerlo en otra habitación era mejor que tenerlo cerca. El detalle importante no era solamente que el aparato estuviera sonando. Era su presencia.
Y aquí hay que hacer una aclaración porque tampoco se trata de convertir esto en una religión antiteléfono. La ciencia no está diciendo que cada vez que tengas un celular en el bolsillo pierdas diez puntos de inteligencia. Tampoco significa que el aparato esté literalmente destruyendo tus neuronas.
El asunto es más sencillo y, quizá por eso, más incómodo: la atención humana es limitada y el celular compite por ella.
Y nosotros se la entregamos con una facilidad impresionante.
Vivimos en una época en la que una persona puede estar leyendo un documento, contestando un mensaje, escuchando un audio, viendo una notificación y revisando Facebook prácticamente al mismo tiempo. Y todavía tenemos la desfachatez de decir que somos buenos para hacer varias cosas simultáneamente.
No es cierto.
Muchas veces lo que hacemos es cambiar de una cosa a otra a toda velocidad.
Y cada cambio tiene un costo, por ejemplo estas leyendo un documento de la chamba, lees un párrafo. Vibra el teléfono. Miras el mensaje. Regresas al documento. Te acuerdas de otra cosa. Abres otra aplicación. Regresas al documento. Ya no sabes qué estabas leyendo.
Y entonces vienes y dices: “No se que me pasa Dr, es que últimamente no me puedo concentrar”.
Pues no es que tu cerebro se haya jubilado. Es que llevas horas entrenándolo para hacer exactamente lo contrario de concentrarse.
Hay otra cosa todavía más interesante. Las notificaciones también tienen su propio costo. Investigaciones han encontrado que recibir alertas del teléfono puede aumentar la distracción y dificultar que mantengamos la atención en una tarea.
Y aquí aparece una de las grandes trampas de nuestra época: ni siquiera necesitamos abrir la aplicación para que la aplicación consiga nuestra atención.
Una pequeña vibración basta. Un sonidito. Una pantalla que se encienda y ya estamos pensando: “¿Quién me escribió?”
No importa que el mensaje sea una estupidez, o un meme,nuestro cerebro ya tuvo que cambiar de dirección mientras seguimos creyendo que estamos siendo productivos.
También existe otro problema: el teléfono nos ha acostumbrado a que cualquier momento vacío debe ser llenado. Si esperamos cinco minutos: celular, si esperamos en una fila: celular, vamos al baño: celular. Incluso hay algunos pobres condenados que comen viendo su celular. Y después se quejan porque se atoran o se muerden la lengua.
Ya ni siquiera sabemos aburrirnos, y fijense que el aburrimiento, aunque parezca una cosa inútil, también tiene su función. Esos momentos en los que no estamos recibiendo estímulos constantemente permiten que nuestra mente descanse, divague y procese información.
Pero nosotros hemos decidido que cinco segundos sin ver el telefono son una emergencia.
Y después nos preguntamos por qué nos cuesta leer un artículo de diez páginas. Es mas, leer esta columna de apenas 900 palabras, muchos se quejan diciendo: “ Ay no, mucho texto” pero después es lloradera cuando les ven la cara de pendejos por firmar sin leer.
El problema no termina en la concentración. Usar el telefono antes de dormir, afecta el sueño, y no, no es la dichosa luz azul, esa es otra leyenda que los hondureñitos creen como la del cadejo.
Dormir mal tiene consecuencias en la atención, memoria, estado de ánimo y rendimiento mental por eso al día siguiente estamos cansados y menos concentrados. Entonces necesitamos todavía más estímulos. Y volvemos a sacar el teléfono.
Una maravilla.
Por eso quizá la pregunta no es: “¿Cuántas horas paso viendo el celular?”.
La pregunta es: “¿Qué estaba haciendo con mi atención antes de que apareciera el celular?”
Porque la atención es nuestra. El problema es que estamos regalándola por pequeñas cuotas durante todo el día.
Y esto tiene especial importancia cuando necesitamos pensar de verdad, o estudiar, leer, escribir o trabajar. Incluso para tener una conversación con alguien. Investigadores de la Universidad de Chicago demostraron que la mera presencia de un celular puede disminuir la calidad de una conversación. Si está sobre la mesa, aunque nadie lo toque, la plática se vuelve más superficial, más corta y menos significativa. En otras palabras, si estás con tu pareja y hay un celular sobre la mesa, probablemente tu conversación tenga la profundidad de un charco.
En esos momentos la mejor estrategia no es demostrar que somos suficientemente disciplinados para ignorar el celular. Es mucho más sencillo quitar la tentación de en medio.
Déjalo en otra habitación. Y no porque seas débil, que si lo sos, sino por que si ya llegaste hasta aquí ya sabes cómo funciona tu cerebro.
No necesitas demostrar que puedes trabajar con el teléfono al lado. También puedes demostrar inteligencia dejando de ponerte obstáculos innecesarios.
Y aquí está la parte que más me gusta de todo esto: Lo irónico es que presumimos que vivimos en la era de la información, cuando en realidad estamos en la era de la distracción. estamos rodeados de tecnología diseñada para hacer nuestras vidas más fáciles y, al mismo tiempo, estamos aprendiendo a vivir cada vez más distraídos.
Tenemos acceso a prácticamente todo el conocimiento humano desde un aparato que cabe en el bolsillo ah pero lo usamos para preguntarle a Google dónde queda una farmacia, para discutir con desconocidos en redes por un imbecil que solo publica estupideces que se dicen chistosas o para ver como el jugador de futbol o la presentadora de la tele se sirven comida.
Cada notificación, cada ícono rojo, cada pitido, es un pequeño ladrón que se roba tu atención. Y la atención, queridos míos, es el recurso más valioso que tenemos. Más que el oro, más que el petróleo, más que la criptomoneda de moda. Sin atención, no hay aprendizaje, no hay memoria, no hay pensamiento crítico.
No compa, la tecnología no es el problema. El problema es quién controla a quién.
Porque el celular debería ser nuestro esclavo, que haga lo que nosotros le digamos, no nuestro amo que nos hace hacer lo que el dice.
Así que la próxima vez que tengas que estudiar, trabajar o concentrarte en algo importante, haz un pequeño experimento. Déja el telefono en otra habitación. Y mira qué pasa.
Tal vez descubras que no eras tan distraído como pensabas, sino que sos esclavo de un pedacito de plastico diseñada para llamar tu atención.
Y eso sí sería una noticia bastante incómoda.
Porque quizá el celular no nos está volviendo más brutos.
Quizá algo peor está ocurriendo: nos estamos acostumbrando a no pensar durante demasiado tiempo seguido.
Y eso, queridos lectores, sí debería preocuparnos.
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