COMERSE LOS MOCOS: EL BUFFET NASAL
Dr. Hugo Fiallos
Médico que se niega a responder, sin la presencia de su abogado.
La humanidad tiene miles de años de evolución, ha llegado a la luna, ha inventado antibióticos, inteligencia artificial y hasta redes sociales para ver memes de gatitos… y hay muy pocas cosas que son comunes a todos los seres humanos: El miedo a la muerte, el miedo a la oscuridad, las ganas de que sea viernes y la costumbre más básica y primitiva de todas: meterse el dedo en la nariz y, en muchos casos, comerse lo que se saca. Sí, mi estimado lector, hoy venimos a hablar del bufé más universal: los mocos.
Empecemos por el principio que es por donde deberían empezar todas las cosas, incluyendo los planes de gobierno y las propuestas de los diputados: los mocos son necesarios, sino no los produciríamos, el cuerpo no anda produciendo papadas que no cumplan su función, no es oficina de gobierno, y son tan necesarios que producimos más de un litro de moco al día. Los mocos no son un error de fabricación. No son un castigo divino. No son una enfermedad. Son un sistema de defensa extraordinariamente eficiente: atrapan polvo, bacterias, polen, humo, y cualquier cosa que respires en tu vida diaria (incluyendo la corrupción si vivís en Honduras, aunque esa no se ha logrado detener con nada). Todo eso queda pegado en una mezcla de agua, proteínas, sales y células muertas que llamamos moco.
En otras palabras, el moco es la bolsa para basura de las vías respiratorias.
Lo curioso es que la mayoría de las personas jamás piensa en él... hasta que aparece un resfriado. Entonces sí nos volvemos expertos en secreciones nasales, colores, consistencias y cantidades. De repente todos tienen un doctor interno capaz de diagnosticar una infección únicamente porque "el moco ya salió verde y amarillo".
Pero más allá de la biología, lo interesante es el aspecto psicológico y cultural. Desde niños se nos dice: “¡no te metas el dedo en la nariz!”… mientras la misma mamá que lo grita se mete el dedo en la nariz cuando cree que nadie la ve. Es el gran tabú social: todos lo hacemos, nadie lo admite. Un estudio muestra que más del 90% de las personas se hurga la nariz y cerca de la mitad se come el resultado.
Y pues de ahí surge la pregunta: ¿es malo comerse los mocos? NO. Para empezar no es veneno. De hecho, algunos científicos con demasiado tiempo libre han sugerido que comérselos podría entrenar al sistema inmunológico, algo así como una vacuna servida en cucharaditas verdes. Eso sí: nadie en su sano juicio va a recomendar en público una dieta a base de mocos como nuevo estilo de vida. O a saber. Haya cada loco en este país.
Además, el verdadero riesgo ni siquiera está en comerse los mocos. Está en sacarselos. Meterse el dedo en la nariz no solo es socialmente vergonzoso (a menos que seas político, en cuyo caso la gente espera cosas peores), sino que puede producir sangrados, infecciones y hasta perforaciones si la práctica se vuelve compulsiva. Y sí, hay casos: he visto personas con huecos en el tabique nasal, no por cocaína, sino por andar hurgándose la nariz.
Si lo vemos bien, comerse los mocos no es tan diferente de otras cosas que aceptamos sin chistar. La sociedad se indigna porque alguien se come los mocos, pero no dice nada cuando vemos gente clavarse tres litros de Coca diarios o votar por el mismo corrupto de siempre. El juicio moral es selectivo, porque el verdadero asco no está en la nariz, sino en lo que elegimos tolerar. Somos expertos en indignarnos por las cosas equivocadas.
¿Por qué hacemos algo que sabemos que socialmente está mal visto? Algunos psicólogos lo asocian al aburrimiento, otros a la ansiedad. Porque el asunto más interesante no es médico, es psicológico.
Porque los seres humanos somos especialistas en desarrollar rituales automáticos.
Algunos se comen las uñas, otros se arrancan el pellejito de los dedos, Algunos mueven una pierna sin parar, o revisan el teléfono cada veinte segundos esperando una notificación que nunca llega.
Y muchos terminan metiéndose el dedo en la nariz sin siquiera darse cuenta.
El cerebro adora los comportamientos repetitivos, le producen una pequeña sensación de alivio.
Es exactamente el mismo mecanismo por el cual alguien juega compulsivamente con un lapicero, mastica hielo o revisa el refrigerador diez veces aunque sabe perfectamente que hace cinco minutos tampoco había comida.
No buscamos respuestas, buscamos tranquilidad.
Y resulta que, para algunas personas, la nariz funciona como terapia ocupacional.
El dedo en la nariz funciona como el cigarro: es una acción automática que calma, aunque no resuelva nada. Y es menos dañino. Además, seamos francos, la nariz es como Netflix: siempre hay algo para ver, y el dedo es el control remoto.
La realidad siempre supera a la ficción.
Desde niños recibimos el mismo sermón: "¡Sacate el dedo de la nariz!", “No te metas el dedo en la nariz, pero curiosamente, nadie nos dice por qué.
Simplemente está prohibido. Y mientras más prohibido está algo, más fascinante resulta.
Quizá por eso tantos adultos siguen haciéndolo... solo que ahora esperan a que nadie los vea.
La diferencia entre un niño y un adulto no es la conducta, es la capacidad para esconderla.
Al final, comerse los mocos es un acto profundamente humano: contradictorio, secreto, socialmente rechazado, pero universalmente practicado. No mata, no salva, y tampoco da poderes mágicos. Es simplemente otra prueba de que, aunque nos creamos civilizados, seguimos siendo monos con ropa.
Vivimos obsesionados con aparentar civilización.
Nos horrorizamos por un moco, pero aceptamos sin problemas la corrupción cotidiana, la mentira permanente y la falta de empatía.
Nos escandaliza un dedo en la nariz mientras normalizamos insultar a desconocidos desde una red social.
Condenamos a quien se come un moco, pero aplaudimos al político que se comió millones del presupuesto público diciendo que redujo la mora quirúrgica.
Curiosas prioridades.
El problema no son los mocos,el problema somos nosotros.
Nuestra necesidad constante de sentirnos superiores.
Porque juzgar al otro siempre resulta más fácil que mirarse al espejo.
Y eso explica por qué este tema produce risa. Nos reímos porque nos reconocemos.
Todos conocemos a alguien que lo hace, todos hemos visto a algún niño en el bús.
Todos recordamos al compañero de escuela que parecía trabajar tiempo completo en exploración nasal.
Y, si somos brutalmente honestos, casi todos hemos sido ese niño alguna vez.
Solo que el tiempo nos enseñó a hacerlo cuando creemos que nadie nos ve.
La buena noticia es que la medicina tiene preocupaciones mucho más importantes.
La hipertensión mata, la diabetes destruye órganos, el tabaquismo sigue cobrando millones de vidas, la obesidad continúa aumentando, dormimos poco, comemos mal, vivimos estresados y hacemos ejercicio únicamente cuando se daña el ascensor.
Comparado con todo eso, comerse los mocos ocupa un lugar sorprendentemente bajo en la lista de amenazas para la salud.
Eso no significa que debamos promover el hábito. Significa que es bueno poner cada problema en su verdadera dimensión. Dejar de ser tan moralistas y dramáticos pues. Iba a escribir pendejos pero eso ya lo sabemos.
Y esta es la gran enseñanza que les traigo hoy con este tema aparentemente ridículo y asqueroso.
No todo lo que produce asco es peligroso. y no todo lo que parece elegante es saludable.
A veces rechazamos aquello que simplemente resulta desagradable a la vista mientras aceptamos prácticas mucho más dañinas solo porque vienen envueltas en publicidad, moda o costumbre.
Y conste, que ningún moco me pidió escribir de este tema, El moco no necesita una campaña de relaciones públicas, hace su trabajo todos los días sin pedir reconocimiento, es tan humilde que filtra el aire que respiramos, protege nuestros pulmones y soporta, además, la mala fama que le hemos construido durante siglos.
No está mal para una sustancia que la mayoría considera basura. Y tiene mas dignidad que muchos diputados.
La próxima vez que veas a alguien en el bus metiéndose el dedo y comiendose el botín, no lo juzgues demasiado. Quizás, sin saberlo, se esté vacunándo contra algo. Y si no, al menos te está recordando que la humanidad es un chiste, y que todos tenemos en común un pedazo de gelatina verde pegado en la nariz.
Porque así somos.
Capaces de construir rascacielos, operar corazones abiertos y enviar sondas al espacio...
...pero todavía incapaces de decidir qué hacer con un simple moco cuando aparece. Somos imperfectos, absurdos y profundamente contradictorios.
Y, pensándolo bien, esa contradicción explica mucho mejor a la humanidad que cualquier tratado de filosofía.
Comentarios
Publicar un comentario