LOS PATRIOTAS DE LA MEDIOCRIDAD

Dr Hugo A. Fiallos
Médico que no cree en patriotismo barato
Asi que estamos en el “mes de la patria”, empiezan los discursos copiados del año pasado, el mismo canto vacio resaltando la belleza del pais y su gente. Y es que Hay una forma pijudita de amar a Honduras: andar con la bandera en el pecho, cantar el himno, celebrar cuando gana la selección y repetir que somos un país de gente trabajadora y luchadora. El problema aparece cuando confundimos ese orgullo con patriotismo y creemos que amar al país nos obliga a negar sus problemas.
Entonces ocurre algo curioso: hablar de pobreza es “hablar mal de Honduras”; denunciar corrupción es “querer destruir al país”; cuestionar al gobierno es “ser antipatriota” y señalar las deficiencias de nuestro sistema educativo parece una ofensa. Hace no mucho me criticaron por decirle a los jovenes que se largaran de este país, por que aquí no había oportunidad para ellos, años después, la situación sigue siendo la misma. Hemos construido una idea de patriotismo tan frágil que necesita protegerse de cualquier crítica.
Pero un país no mejora porque sus ciudadanos hablen bien de él. Mejora cuando sus ciudadanos tienen el valor de reconocer lo que está mal y exigir que cambie.
Honduras tiene razones para sentirse orgullosa de su gente. Hay trabajadores que sostienen familias con enormes sacrificios, profesionales que hacen su trabajo en condiciones difíciles, jóvenes que estudian mientras enfrentan limitaciones económicas y emprendedores que intentan construir oportunidades donde muchas veces el Estado no las facilita. También tenemos una cultura, una historia y una identidad que merecen ser preservadas. Nada de eso desaparece porque reconozcamos que tenemos problemas enormes.
Al contrario: reconocerlos es el primer acto de responsabilidad.
El patriotismo verdadero no debería confundirse con lealtad al gobierno de turno. Un presidente no es Honduras, como tampoco lo es un partido político. Los gobiernos pasan; el país permanece. Por eso un ciudadano puede amar profundamente a su nación y estar radicalmente en contra de las decisiones de quienes la gobiernan.
De hecho, debería ser así.
Un gobierno no necesita ciudadanos que lo aplaudan. Necesita ciudadanos que lo vigilen que lo critiquen, que le le exijan.
Y ahí empieza una de las dificultades más serias de nuestra sociedad: hemos aprendido a exigir muy poco. Nos hemos acostumbrado a que las cosas funcionen a medias y hemos convertido esa mediocridad en una especie de característica nacional. “Así es Honduras”, decimos cuando un trámite necesita mordida, cuando una institución no responde, cuando una obra tarda más de lo previsto o cuando un funcionario incumple sus responsabilidades. “Todos roban”, decimos cuando aparece un nuevo escándalo de corrupción. “Siempre ha sido así”, concluimos, como si la permanencia de un problema fuera una justificación para tolerarlo.
Pero una sociedad que se acostumbra a la mediocridad termina defendiéndola.
Y ese quizá sea un problema más profundo que la incompetencia de determinados funcionarios. Porque la mediocridad no consiste solamente en hacer mal las cosas. También consiste en aceptar que hacerlas mal es suficiente.
Nos hemos vuelto tolerantes con el pequeño abuso, con el pequeño engaño, con la pequeña trampa. Celebramos al que consigue una ventaja aprovechándose de una situación y muchas veces llamamos “ser vivo” a lo que en realidad es falta de honestidad. Criticamos la corrupción de los grandes mientras justificamos pequeñas formas de corrupción cuando nos benefician.
Después nos sorprendemos de que la corrupción sea estructural.
Lo mismo ocurre con la educación. Necesitamos mucho más que ciudadanos que sepan leer y escribir. Necesitamos ciudadanos capaces de pensar, cuestionar y exigir evidencia. Una sociedad educada no es aquella donde todos tienen títulos universitarios; es aquella donde una persona puede escuchar una promesa política y preguntar cómo se va a cumplir, cuánto va a costar, quién será responsable y cómo se medirá el resultado.
Esa capacidad de preguntar es poder.
Y una ciudadanía que pregunta resulta mucho más difícil de engañar.
Por eso resulta tan preocupante nuestra creciente tendencia a convertir la política en un pleito de barras. Ya no discutimos si una propuesta funciona; discutimos quién la hizo. Si la hizo alguien de nuestro grupo, buscamos razones para justificarla. Si la hizo el adversario, buscamos razones para destruirla. El criterio deja de ser la evidencia y pasa a ser la pertenencia.
Es la misma lógica del fútbol: defendemos a nuestro equipo aunque juegue mal y culpamos al árbitro cuando pierde.
Solo que en política el resultado no es un marcador. Son nuestras escuelas, nuestros hospitales, nuestras carreteras, nuestros empleos y nuestros impuestos.
Por eso necesitamos aprender a evaluar a los gobiernos como administradores de recursos públicos y no como equipos que debemos apoyar incondicionalmente.
Pero la responsabilidad tampoco termina en el gobierno.
Existe una tendencia cómoda a explicar todos nuestros problemas diciendo que “los políticos son los culpables”. Y, por supuesto, quienes gobiernan tienen una responsabilidad enorme. Administran recursos públicos, diseñan políticas, toman decisiones y deben responder por sus resultados. Sin embargo, los gobiernos también funcionan dentro de una sociedad que establece los límites de lo tolerable.
Cuando aceptamos que un funcionario robe porque “todos roban”, ayudamos a normalizar la corrupción. Cuando votamos únicamente porque alguien pertenece a nuestro partido, le estamos diciendo que no necesita convencernos con resultados. Cuando defendemos una conducta corrupta porque la cometió alguien que nos simpatiza, contribuimos a destruir el principio básico de que la corrupción está mal independientemente de quién la cometa.
Y cuando castigamos socialmente al que denuncia, hacemos todavía más fácil que las cosas continúen igual.
Hay otro fenómeno que merece una conversación seria: nuestra relación con el éxito ajeno.
En una sociedad con pocas oportunidades, el progreso de otra persona puede convertirse fácilmente en motivo de sospecha o resentimiento. Si alguien prospera, queremos saber quién lo ayudó. Si alguien consigue un buen empleo, suponemos que tuvo “cuello”. Si alguien abre un negocio, sospechamos que algo hizo. Si alguien mejora su situación económica, algunas veces la reacción no es admiración sino molestia.
Eso también nos mantiene atrapados.
Combatir la desigualdad es legítimo y necesario. Cuestionar los privilegios injustificados también lo es. Pero una cosa es exigir igualdad de oportunidades y otra muy diferente es creer que el éxito de otro constituye una injusticia contra nosotros.
El progreso de una persona no debería ser una amenaza para las demás.
Una sociedad saludable debería mirar al que avanza y preguntarse qué condiciones permitieron ese avance y cómo podemos hacer que muchas más personas tengan las mismas oportunidades. La envidia, en cambio, nos lleva a querer derribar al que sobresale en lugar de preguntarnos cómo conseguimos que todos puedan subir.
Hay otra cosa que a mi menpone la llave: esa puta costumbre de querer romantizar de la pobreza. “Ay le dice pobrería”, es un clasista que insulta a la gente dicen la bola de ignorantes. En un pais donde 7 de cada 10 son pobres decirle a un hondureño pobre es igual que decirle ser humano. Y a veces es mas pobre que humano. O asi lo tratan.
Respetar al pobre no significa idealizar la pobreza. Admirar la capacidad de una persona para salir adelante no significa aceptar las condiciones que la obligaron a luchar durante toda su vida. La pobreza no es una virtud, y la precariedad no debería convertirse en una tradición que heredamos con orgullo.
Cuando un niño no tiene suficiente alimento, no necesitamos decir que es “resiliente”. Necesitamos preguntarnos por qué tiene hambre.
Cuando una familia carece de oportunidades educativas, no necesitamos admirar su capacidad para sobrevivir. Necesitamos preguntarnos qué estamos haciendo para que sus hijos tengan mejores posibilidades.
Porque un país no debería medir su grandeza por la capacidad de su población para soportar carencias. Debería medirla por su capacidad para reducirlas.
Eso exige abandonar una idea profundamente dañina: que conformarse es ser humilde. Pues no, No lo es.
Querer una vida mejor no es despreciar nuestras raíces. Aspirar a mejores salarios no es dejar de ser humilde. Querer mejores hospitales no es ser malagradecido. Exigir mejores escuelas no significa despreciar a quienes hoy trabajan en ellas. Querer instituciones eficientes no significa odiar al país.
Significa pensar que Honduras puede dar más., y ahí está el verdadero patriotismo que necesitamos.
No el patriotismo de la bandera utilizada como escudo contra la crítica, sino el patriotismo de la responsabilidad. El que nos permite sentir orgullo por lo que somos sin convertir ese orgullo en una excusa para no cambiar. El que nos permite reconocer nuestros avances sin negar nuestros fracasos. El que entiende que criticar un problema no significa odiar a quien lo padece.
Amar Honduras debería significar querer que sus ciudadanos tengan mejores oportunidades, que sus niños puedan alimentarse y educarse dignamente, que sus trabajadores puedan prosperar, que sus instituciones funcionen y que quienes administran los recursos públicos sepan que tendrán que rendir cuentas.
Y eso requiere algo que no le gusta a ningún gobierno: una ciudadanía menos conformista, que lea, Que pregunte, Que compare, Que piense, Que no se deje comprar con propaganda, Que no convierta al político en ídolo, Que no mida la corrupción según el color partidario, Que no vea al éxito ajeno como una amenaza, Que no convierta la pobreza en una virtud.
Y que, sobre todo, deje de considerar normal aquello que debería indignarnos.
Honduras no necesita ciudadanos que digan que todo está bien, Necesita ciudadanos que tengan el valor de decir que algo está mal y, después, exigir que se haga mejor.
Porque el patriotismo no consiste en defender a Honduras de la verdad.
Consiste en querer a Honduras lo suficiente como para enfrentarla.

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