EL SALVADOR QUE INVENTAMOS: Cuando la politica se vuelve terapia emocional colectiva.

Dr Hugo A Fiallos

ADVERTENCIA: LA LECTURA DE ESTE ARTICULO PUEDE CAUSAR:
-Efectos secundarios inesperados incluyendo indignación, llanto, ira y mentadas de madre para el autor.
-Decepción crónica.
-No leer con expectativas altas.
-Consúltelo con su frustración.
-Aplicar solo en sociedades hastiadas.
En Honduras no hacemos política, hacemos catarsis. No votamos: reaccionamos. No elegimos proyectos: descargamos frustraciones.
Desde la psicología social, el fenómeno es clarísimo. Cuando una población vive decepción política crónica,y la frustración social se acumula durante décadas, cuando la paciencia se acaba como el oxígeno en una UCI de hospital del estado, la población se vuelve emocionalmente impulsiva. Vota con rabia, con esperanza, resentimiento o ilusión, pero rara vez con análisis. No busca al más competente; busca al que grite lo que ella misma lleva años gritando frente al televisor. Y en ese caldo de cultivo, aparece un fenómeno político que no nace de la razón sino del cansancio, que no se canaliza con instituciones sólidas, con programas de Estado o con debates serios que nadie entiende: se canaliza con personas. De carne, hueso, micrófono y ego. Muuuucho ego. No vota por proyectos; vota por símbolos. Y Nasralla se convirtió en el símbolo del “ya estamos a verga”
Así nace lo que podríamos llamar (sin miedo y sin respeto) el Efecto Nasralla.
No es una ideología. No es un plan de país. No es siquiera un fenómeno estrictamente racional. Es una reacción emocional colectiva ante el hartazgo.
Nasralla grita. Mucho. Y eso conecta.
Salvador Nasralla no es un accidente político. Es una consecuencia. No es la causa del problema; es el síntoma. Así como la fiebre no es la enfermedad sino la señal de que algo está podrido, él es el síntoma de una sociedad harta, desconfiada y emocionalmente agotada de votar por los mismos discursos reciclados y los mismos ladrones con corbata, los mismos que prometen cambio mientras meten la mano en la misma bolsa de siempre..
Desde la sociología, el asunto es aún más crudo. El Efecto Nasralla (o Mel, o como le quieran llamar) demuestra que las instituciones hondureñas son tan débiles que la gente dejó de creer en ellas. Entonces deposita su fe en personas. No en partidos, no en sistemas, no en reglas: en individuos. Ocurre cuando una figura logra encarnar el “ya estoy harto” colectivo. Y cuando eso pasa, la gente no busca al más preparado ni al más estructurado, busca al que “no se parece a ellos”. Al que grita lo que muchos sienten. Al que promete romper el tablero, aunque no tenga claro qué va a construir después, no importa si tiene un plan de gobierno de 300 páginas o una servilleta con ideas sueltas. Lo importante es que “no es como los otros”. Y cuando la política se personaliza así, la democracia se vuelve un concurso de popularidad con consecuencias reales y dolorosas. Pero ojo: el símbolo no siempre sabe gobernar.
Aquí no se discuten políticas públicas; se defienden personajes como si fueran familiares cercanos. Criticar a Nasralla (o a Mel) para algunos es casi una ofensa personal. Como si señalar errores fuera traición y no un ejercicio básico de ciudadanía. Eso no es participación política: es fanatismo con papeleta.
 Y en Honduras, eso ya alcanza para medio millón de votos y una discusión nacional que parece terapia grupal… pero sin psicólogo.
En sociología esto se conoce como personalización de la política.
Y aquí está el gran problema: la expectativa.
Sabemos que el Efecto Nasralla tiene fortalezas, no nos pajiemos, sería deshonesto negarlo. Moviliza a gente que nunca votaba. Sacude el tablero. Incomoda a las élites políticas que estaban demasiado cómodas robando en silencio. Obliga a hablar de corrupción, aunque sea a gritos. Eso es saludable. El problema es el después.
Porque la política no se gobierna con indignación eterna. Gobernar requiere estructura, equipos, negociaciones, renuncias y, sobre todo, paciencia. Y ahí es donde el efecto empieza a mostrar su fragilidad. Cuando la expectativa es tan alta como la frustración previa, el choque con la realidad es brutal. Y el desencanto posterior suele ser peor que el anterior.
El Efecto Nasralla promete romper el sistema, pero no siempre explica con qué lo va a reemplazar. Y la historia demuestra que destruir es fácil; construir es un trabajo ingrato, lento y lleno de concesiones. Nada atractivo para una sociedad que quiere soluciones rápidas, culpables claros y héroes sin manchas.
En términos políticos, el fenómeno también polariza. Divide el país entre “los que creen” y “los que no”. Entre “los buenos” y “los vendidos”. El debate se empobrece, se grita más de lo que se piensa y se cancela más de lo que se dialoga. Y así la democracia se va llenando de ruido… y vaciando de contenido.
El Efecto Nasralla también revela otra verdad incómoda: en Honduras la esperanza es tan escasa que cualquier discurso anticorrupción, aunque sea repetido, ambiguo o poco viable, se siente revolucionario. No porque sea brillante, sino porque el estándar está por el suelo.
El Efecto Nasralla genera una ilusión de solución rápida. Como si un cambio de nombre en la papeleta electoral fuera suficiente para desmontar redes de poder, corrupción estructural, clientelismo y pobreza histórica. Spoiler: no lo es. Gobernar no es denunciar. Gobernar es negociar, ceder, estructurar, armar equipos, sostener instituciones. Y eso es exactamente lo que menos enamora a una sociedad cansada.
Porque la política emocional es como una relación tóxica: al inicio es intensa, apasionada y llena de promesas; luego vienen las decepciones, las excusas y el “yo no dije eso”. Y cuando la gente despierta, la frustración es aún mayor que antes.
Lo más irónico es que el Efecto Nasralla termina alimentando exactamente lo que dice combatir. El mayor daño del Efecto Nasralla no es Nasralla. Es lo que deja después. Cada fracaso, cada conflicto, cada promesa incumplida refuerza la narrativa de que “todos son iguales”. Más polarización. Más desconfianza. Más ciudadanos convencidos de que “ninguno sirve”. Y cuando la gente llega a esa conclusión, el terreno queda listo para cualquier cosa: autoritarismo, populismo barato o salvadores de pacotilla con discursos más peligrosos, la gente deja de exigir mejores políticos y se conforma con menos. Ese es el verdadero triunfo del sistema que dice odiar.
¿Significa esto que Nasralla es el villano de la historia? No. Él es producto de un ecosistema político enfermo. Si mañana desapareciera, el vacío no lo llenaría la institucionalidad; lo llenaría otro apellido, otro rostro, otro “efecto”. Porque el problema no es el nombre, es el terreno fértil.
El Efecto Nasralla nos dice algo que no queremos oir: Honduras no necesita más mesías, necesita menos fe ciega. Menos discursos salvadores y más ciudadanía crítica. Menos aplausos automáticos y más preguntas incómodas. Menos emoción desbordada y más cabeza fría.
Pero también muestra algo esperanzador: la gente todavía quiere creer. Todavía quiere participar. Todavía se indigna.
El futuro político de Honduras dependerá de si aprendemos algo de este efecto o si seguimos repitiendo el ciclo: Mientras sigamos votando con el hígado y no con el cerebro, seguiremos atrapados en el mismo ciclo: esperanza inflada, decepción garantizada, cinismo renovado. Cambiará el personaje, no la historia.
El Efecto Nasralla es una advertencia. Y como todas las advertencias en Honduras, probablemente la vamos a ignorar hasta que nos estalle en la cara.

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