Honduras no eligió bien, eligió menos mal

Dr Hugo A Fiallos


Cuando las urnas hablan y nadie las escucha, no están perdiendo autoridad: están gritando que el país no confía en sus propias reglas. Eso es justo lo que ocurrió en Honduras desde el 30 de noviembre de 2025, cuando millones de ciudadanos votaron en elecciones generales que, a casi un mes después, terminaron con un presidente electo oficialmente declarado pero muy poco aceptado.
Ese limbo no fue un accidente técnico ni una incompetencia aislada. Es el síntoma de una crisis de legitimidad democrática que se ha venido gestando desde hace años, un ciclo en el cual los políticos priorizaron la confrontación y mentarse la madre o insultar a los ciudadanos, sobre la institucionalidad y donde las esperanzas de la indiada chocaba contra la incapacidad de los mecanismos para ofrecer soluciones.
Aquí todos gritan “fraude”, pero nadie explica bien cómo, dónde y quién.
Y cuando nadie puede probar nada, lo único que queda claro es otra cosa: El sistema no da confianza ni a los que lo manejan.
Eso no nació el 30 de noviembre.
Eso viene de años de elecciones mal hechas, instituciones politizadas y reglas que se cambian según quién vaya ganando.
Honduras no tiene crisis electoral. Tiene crisis de credibilidad.
Y no, no es que el sistema sea “complejo”. Es que está roto, esta pijiado, pero maquillado para que no se note.
Y es que en Honduras votar se ha vuelto como pedir comida por delivery: uno paga, espera, se emociona… y al final lo que llega llega frío, mal hecho o incompleto. sin explicación.
Vea compa, le gua contar algo, en Honduras confundimos algo que es muy peligroso: la mayor parte de la gente cree que comparar es justificar. Decir que un gobierno fue mejor que otro no significa aplaudirlo; a veces solo significa que hizo menos daño. Y eso, aunque suene deprimente, es exactamente el balance que dejan los dos últimos períodos presidenciales.
Empecemos con el doblete del 2012, y no estoy hablando del Olimpia, El cierre del mandato de Juan Orlando Hernández no fue simplemente malo: fue institucionalmente tóxico. No hablo de errores de gestión, sino de algo mucho más grave y documentado por tribunales y organismos internacionales: la captura del Estado por redes criminales. Cuando un expresidente termina extraditado y condenado por narcotráfico, el debate deja de ser ideológico y pasa a ser forense. No hay narrativa que compita contra una sentencia.
Su último período dejó una herencia clara: instituciones debilitadas, justicia subordinada, fuerzas de seguridad contaminadas y una democracia convertida en trámite administrativo. Sí, hubo estabilidad macroeconómica. Sí, bajaron los homicidios en ciertos años. Pero también hubo represión, fraude electoral, asesinatos de activistas y un país gobernado desde la sombra. La pregunta no es si fue un mal gobierno; la pregunta es cuánto daño estructural dejó. Y la respuesta es: demasiado.
Frente a ese escenario llegó la doña, doña Xiomara Castro, con un discurso de esperanza, refundación y justicia histórica. El problema es que las palabras llegaron más rápido que los resultados. Con un discurso repetitivo hasta la saciedad y el hartazgo. Pasaran años para poder borrar su chillona y falseada voz repitiendo “12 años 7 meses de narcodictadura” ( a que la oíste en tu mente, pa que vea que tengo razón)Su gobierno no fue el cambio prometido, pero tampoco reprodujo —al menos que sepamos hasta ahora— el nivel de degradación institucional anterior.
En lo económico, doña Xiomara hizo lo que no podía evitar: mantener la relación con el FMI, ordenar mínimamente las finanzas y evitar una crisis mayor. No fue brillante, pero fue funcional. El crecimiento sigue siendo insuficiente, la pobreza sigue siendo obscena y la inversión privada camina con muletas jurídicas. No hubo milagros ni reformas estructurales profundas. Hubo administración del daño.
El problema es que reducir cifras sin fortalecer el Estado de derecho es solo ganar tiempo, no resolver el problema. Honduras ya sabe cómo termina esa película.
Donde la comparación se vuelve incómoda —pero necesaria— es en corrupción y democracia. Castro prometió una cruzada ética que nunca terminó de arrancar. La impunidad sigue ahí, la justicia sigue politizada y la corrupción no desapareció por decreto. Sin embargo, hay una diferencia clave: no existe evidencia de una alianza orgánica entre el poder ejecutivo y el crimen organizado como política de Estado, como sí ocurrió en el período anterior. Y en países frágiles, esa diferencia es enorme.
Y el gran pecado de este gobierno no fue robar más, sino no arreglar lo que permitía robar.
En derechos humanos, el estándar siguió siendo bajo, pero el piso dejó de ser subterráneo. Hubo, eso si, menos represión política directa, más espacio cívico relativo, aunque frágil y fácilmente reversible. No fue una victoria; fue apenas una tregua.
Entonces, ¿quién fue mejor? La respuesta honesta incomoda a todos: Xiomara Castro, nos guste o no, fue mejor gobierno que el de Juan Orlando Hernández, no porque haya sido bueno, sino porque no fue tan destructivo. Esto no es un elogio; es un diagnóstico clínico.
Y antes de seguir, quiero detenerme en algo que me preguntan mucho:
¿Habrá influido en la derrota de Libre ese discurso eterno de “la narcodictadura” y los “12 años y 7 meses”?
Respuesta corta:
Sí.
Respuesta larga:
SÍÍÍÍ… y bastante más de lo que ellos creen.
Miren, seamos justos.
En 2021 ese discurso tenía todo el sentido del mundo.
Hablar de:
Narcodictadura
Corrupción
Fuera JOH
Los 12 años y 7 meses
Era lógico, era necesario y era verdad.
Era un relato potente para ganar una elección.
El problema es que una cosa es ganar con un discurso…
Y otra muy distinta es gobernar con el mismo cassette.
Hay una regla básica en política:
El lenguaje de oposición NO te sirve para gobernar.
Y Libre nunca entendió eso.
Al principio la gente decía:
“Claro, el país está mal por la herencia que dejaron”.
Totalmente válido.
Pero pasaron:
Un año
Dos años
Tres años
Cuatro años…
Y cada vez que aparecía un problema, la respuesta era la misma:
“Culpa de los 12 años y 7 meses”.
Y ahí empezó a pasar algo peligrosísimo:
La gente se empezó a cansar. Se hastió, se puso hasta la madre.
Imaginate que vos contratás a alguien para arreglarte la casa.
Y cada vez que algo no funciona te dice:
“Es que el albañil anterior la dejó mal”.
Al inicio le creés.
Después le tenés paciencia.
Al tercer año te enojás.
Al cuarto… lo despedís.
Eso mismo hizo el votante.
El discurso que en 2021 sonaba a denuncia…
En 2025 empezó a sonar a excusa.
Y esa es una diferencia gigantesca.
Además, hubo otro problema:
Libre siguió hablando del PASADO
Cuando el país ya estaba preocupado por el PRESENTE.
Mientras el gobierno decía:
“narcodictadura, JOH, 12 años y 7 meses”,
La gente decía:
No me ajusta el salario
No encuentro trabajo
La luz está cara
asaltaron a mi hija en la colonia donde vive
Y entre un discurso histórico y un problema diario…
Siempre gana el problema diario.
Entonces ocurrió algo casi psicológico:
La frase “12 años y 7 meses” pasó de ser un grito de indignación
A convertirse en un ruido de fondo.
Como esa alarma de carro que suena tanto que ya nadie le hace caso.
Mucha gente empezó a reaccionar con fastidio:
“Sí si, ya entendimos, ya. Pero ustedes ya llevan cuatro años, ¿y lo de ustedes cuándo?”
Y mientras Libre seguía peleando con el pasado…
El Partido Nacional hizo algo muy simple:
Dejó de defenderse de la historia
Y empezó a hablar del presente.
“VAMOS A ESTAR BIEN”
Un mensaje sencillo, cuestionable si querés…
Pero efectivo.
Ese fue el gran error estratégico de Libre:
Gobernaron mirando por el retrovisor.
Nunca lograron cambiar el chip de:
Partido víctima a Partido responsable.
Por eso es que yo opino que
El discurso de la narcodictadura fue su mayor fortaleza en 2021.
Y se convirtió en una de sus mayores debilidades en 2025.
Porque la gente vota por expectativas de futuro,
No por explicaciones del pasado.
Y cuando un gobierno pasa cuatro años justificándose…
Termina siendo castigado.
Así que sí:
Ese cassette repetido de “12 años y 7 meses”
No solo influyó en la derrota…
Probablemente fue uno de los clavos más grandes de su propio ataúd electoral.
Aja, Y por si faltaba algo, entra Estados Unidos a opinar, presionar y sugerir.
Como siempre, que tampoco es nuevo. Porque cuando Honduras estornuda, Washington pregunta si ya tomó la pastilla… y le dice cuál pastilla va a tomar.
Eso tampoco ayuda a la confianza. Al contrario: refuerza la idea de que aquí nadie manda del todo.
El verdadero problema no es quién ganó, y aquí va la verdad incómoda:
No importa quién haya ganado esta elección si el sistema sigue igual.
No importa el color del partido si las instituciones van a seguir pintadas de conveniencia.
No importa el discurso si las reglas se van a romper, o al menos doblar cada cuatro años.
Honduras no tiene un problema de presidentes.
Tiene un problema de estructura.
Pero aquí viene la parte que realmente importa.
El gobierno de Tito Asfura no puede limitarse a no ser criminal. Ese estándar ya lo probamos y no alcanza.
Honduras no eligió bien. Eligió sobrevivir. Y sobrevivir no es lo mismo que avanzar.
El verdadero fracaso no es que un gobierno haya sido mediocre y el otro dañino. El fracaso es que el sistema político siga produciendo solo esas dos opciones. Mientras el país celebre que “esta vez fue menos peor”, la derrota ya está normalizada.
El próximo gobierno tiene una obligación histórica sencilla de formular y difícil de cumplir: romper el ciclo. No prometer refundaciones imposibles, sino construir instituciones que resistan incluso a malos gobernantes. Y según lo estoy viendo, ya empezaron mal, prometiendo lo imposible, lo no viable, o lo populista.
Conclusión: Honduras no está en crisis, ya está acostumbrada.
Lo más triste de todo esto no es la espera, ni el caos, ni la pelea política.
Lo más triste es que ya no sorprende a nadie.
Nos hemos acostumbrado a que las elecciones sean un problema.
A que gobernar sea sobrevivir.
Honduras no eligió bien. Honduras eligió menos mal. Otra vez.
Porque el día que Honduras deje de depender de la decencia individual del presidente de turno, ese día —y solo ese día— podremos empezar a hablar de un buen gobierno. Porque mientras sigamos eligiendo al “menos malo”, el país seguirá exactamente donde está:
Esperando resultados, esperando cambios, esperando que algún día gobernar deje de ser un experimento.
Como las elecciones.

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