INFLUENCERS, MENTIRAS Y PACIENTES GRAVES
DR HUGO A. FIALLOS
A las tres de la mañana, el insomnio no busca artículos en revistas médicas. El paciente que siente un pinchazo en la rodilla, el joven que no puede salir de la cama por una tristeza que no comprende o la madre desesperada porque su hijo no duerme, no entran a la página web del colegio médico de Honduras para descargar un comunicado en PDF. A esa hora, el miedo busca consuelo en el primer resultado de Google. Y lo que encuentra no es a un médico, sino a un “influencer”, una mujer con voz dulce, un “líder” espiritual con pulseras energéticas con tres millones de seguidores, una iluminación impecable y un discurso que promete curar el cáncer con jugos verdes y “decretos” al universo.
Hoy, millones de personas toman decisiones sobre su salud basándose en videos de treinta segundos. No en consultas médicas. No en evidencia científica. No en diagnósticos profesionales. En videos. Cero formación sanitaria. Cientos de miles de opiniones influyendo directamente en cuerpos reales.
Y les creen.
Trabajo en unidades de cuidados intensivos. Veo el final del camino. Veo lo que pasa cuando la desinformación se convierte en decisión. Cuando alguien abandona un tratamiento porque “vio un video”. Cuando retrasa una consulta porque “leyó que no era grave” Pacientes que dejaron medicamentos “porque eran químicos”. Personas que rechazaron la vacuna “por ser tóxicos”. Enfermos que confiaron en remedios “naturales” sin saber que lo natural también mata.
Luego llegan a UCI.
Y ahí ya no hay video que los salve.
Llegan tarde.
Llegan con órganos dañados, enfermedades avanzadas, complicaciones evitables. Llegan cuando ya no hay margen. Cuando la medicina deja de ser prevención y se convierte en rescate desesperado.
No pierden contra la enfermedad. Pierden contra la mentira.
La gente no busca charlatanes por ignorancia. Los busca porque necesita respuestas claras, cercanas, humanas. Y muchas veces no las encuentra en el sistema sanitario.
Nos duele admitirlo, pero los médicos también fallamos.
Hablamos grave, o no hablamos. Explicamos mal. Escuchamos poco. Miramos el reloj. Miramos la pantalla. Interrumpimos. Convertimos consultas en trámites. Pacientes en números.
Después nos sorprendemos cuando prefieren un video que les habla “en su idioma”.
Los influencers ganan porque conectan. Aunque mientan.
La medicina pierde porque se distancia. Aunque tenga razón.
La comunidad médica observa este fenómeno desde un palco de superioridad moral que empieza a oler a rancio. Nos indignamos en los pasillos de los hospitales, nos quejamos en Twitter sobre la “intrusión profesional” y exigimos a gritos más regulaciones, más prohibiciones y más castigos para los charlatanes. Pero mientras pedimos que cierren cuentas de Instagram, ignoramos la pregunta más incómoda de todas: ¿Por qué el paciente le cree más a un tipo sin título que a un especialista con diez años de formación académica?
La respuesta es tan simple como dolorosa: el charlatán tiene empatía. Él habla el lenguaje de la gente. Se quita la bata, mira a la cámara, elimina los tecnicismos y le dice al espectador: “Yo te entiendo, yo estuve ahí y yo te voy a ayudar”. Mientras tanto,
nosotros seguimos comunicándonos en clave en congresos cerrados, presentando diapositivas saturadas de texto que no lee ni quien las proyecta redactando comunicados solemnes y creyendo que la autoridad viene incluida con el título. No viene. Hace años que no viene con ella.
Hemos confundido el rigor científico con la frialdad comunicativa. Creemos que bajar al nivel de las redes sociales es una tarea indigna para alguien con un posgrado. Sin embargo, la realidad es implacable: ese espacio digital existe y no va a desaparecer. Si los profesionales de la salud no lo ocupamos, el vacío será llenado por vendedores de suplementos mágicos y teorías de conspiración.
Hoy, la autoridad no se impone. Se construye. Y se construye en redes, en plataformas, en espacios digitales donde los profesionales brillamos por nuestra ausencia.
Si no estamos ahí, otros ocupan ese lugar.
Y no son precisamente los más preparados.
La salud pública no solo se defiende en congresos, en las consultas, o el quirófano; hoy, más que nunca, se defiende en el teclado y frente al micrófono.
El auge de los influencers de salud sin formación académica es el síntoma de un sistema que ha dejado huérfanos a los pacientes de respuestas claras. Cuando un traumatólogo se niega a grabar un video de sesenta segundos explicando de forma sencilla qué es una inflamación porque le parece “poco serio”, le está regalando ese paciente a un vendedor de cursos de “sanación cuántica”. La seriedad de un profesional no reside en su capacidad para usar palabras de dieciocho sílabas, sino en su habilidad para hacerse entender por quien más lo necesita.
Necesitamos médicos, enfermeros, psicólogos y nutricionistas que pierdan el miedo a la cámara. Necesitamos profesionales que entiendan que comunicar es un acto terapéutico en sí mismo.
Es hora de aceptar que el título colgado en la pared ya no es garantía de autoridad. En la era de la información, la autoridad se construye día a día, aportando valor donde la gente está buscando: en sus teléfonos móviles. Debemos dejar de quejarnos de la oscuridad y empezar a encender luces. Si no somos capaces de explicarle a una persona común por qué un licuado de apio no va a regenerar su cartílago, el problema no es la ignorancia del paciente, sino nuestra incapacidad para educar.
Mañana será tarde. El abismo digital entre la ciencia y la sociedad se hace cada día más profundo. O empezamos a hablar el idioma de la gente, con claridad, honestidad y sin pedestales, o seguiremos siendo testigos mudos de cómo la salud de la población se desmorona entre filtros de colores y promesas vacías.
Divulgar no es una moda. Es una responsabilidad ética.
Si un profesional sabe explicar, tiene el deber de hacerlo. Si puede prevenir, debe hacerlo. Si puede alertar, no puede callar.
No basta con ser buen clínico puertas adentro. Hay que serlo también hacia afuera.
Eso implica exponerse. Recibir críticas. Ser acusado de “showcero”. Salir de la zona cómoda. Aprender a comunicar.
Pero es necesario.
Porque el silencio también mata.
A los colegas que dejaron la envidia a un lado y me leen les digo: dejemos de hablar solo entre nosotros. Salgamos del lenguaje críptico. Expliquemos sin soberbia. Con humildad. Con humanidad.
La salud ya no se decide solo en hospitales. Se decide en pantallas. Y ahí también debemos estar.
No para competir por likes.
Para salvar vidas.
Es momento de poner los pies en la tierra. Por el bien de todos.
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