DAME LIKE O ME MUERO.

La ansiedad elegante de ser visto.
Dr Hugo A. Fiallos
Hace unos días, fui testigo de un ritual que me revolvió las tripas. Un par de cipotas, supongo que de esas que se dicen y les encanta que les digan “influencers”, pasaron rato acomodando un trozo de pastel junto a un taza de café, girando la taza para que el logo del sitio se viera perfecto, y retocando su maquillaje frente a la cámara. Risas falsas, la selfie respectiva y listo, cuando finalmente lograron lo que para ellas era la “toma perfecta”, suspiraron, se les borró la sonrisa, dieron click a su teléfono, supongo publicando la foto, y se fueron… dejando la comida sin tocar. 
El viernes fui a ver una película  y en el momento que inició la película tres o cuatro personas de las que podía ver en las filas de enfrente sacaron sus teléfonos y empezaron a grabar la pantalla o tomar fotos de la película, para postearlo en sus redes. Dejaron de disfrutar ver la película para avisar a los demás que la estaban viendo.
Y es que hay algo curioso en nuestra época: nunca había sido tan fácil ser visto… y nunca había sido tan difícil sentirse visto.
Hoy la gente sube cosas a redes sociales con la esperanza de que el mar de espectadores le devuelva algo más que silencio. Y lo interesante es que ya ni siquiera se trata de compartir la vida; se trata de medir si la vida que tienen es lo suficientemente interesante como para merecer un “me gusta”.
Un like, en teoría, es algo ridículo. Un gesto mínimo, un toque de pantalla. Pero el cerebro humano no lo interpreta así. Para el sistema nervioso, eso no es un “me gusta”, es reconocimiento social. Y el reconocimiento social, en términos biológicos, no es un lujo… es supervivencia. Durante miles de años, ser ignorado por el grupo significaba algo bastante simple: te vas a morir. Por anciano, por enfermo o por castigo, fuera del apoyo y la protección de la tribu, nadie podía sobrevivir solo.
Hay una estructura en el cerebro humano llamada sistema de recompensa. Su función original era liberar una descarga de dopamina cuando hacíamos algo útil para sobrevivir, como comer, tener relaciones sexuales o no morir devorados. Pero hoy, ese sistema ha sido explotado por ingenieros que saben más de neurociencia que muchos de mis colegas, pero con menos ética que un traficante de órganos.
El asunto es que ahora ese mismo sistema antiguo de recompensa está montado sobre la infraestructura moderna. Y el resultado es extraño: gente que no teme a la muerte, pero sí a publicar algo y que no reaccione nadie.
La pobrería “mental”, esa que no tiene que ver con la cuenta bancaria, o de conocimiento, sino con la pobreza del espíritu, ha encontrado en las redes sociales su caldo de cultivo ideal. Gente que publica sus desgracias no para buscar consuelo, sino para cosechar interacciones. Es la prostitución del dolor. Si te estás divorciando, si perdiste el empleo o si simplemente te sientes solo, la solución es un post en Facebook con una frase de Paulo Coelho; la solución ya no es terapia, un libro o un café con un amigo de verdad.
Desde la perspectiva clínica, estamos ante un brote masivo de Dismorfia Digital. La gente ya no se odia por estar gorda o tener la nariz chueca; se odia por no parecerse a su versión editada. Quieren vivir en un mundo iluminado, donde las ojeras no existen y la piel tiene la textura del mármol pulido. Pero la realidad es terca y cruel: tiene poros, tiene arrugas y, sobre todo, tiene fecha de caducidad. Intentar curar la baja autoestima con likes es como tratar una deshidratación severa bebiendo agua de mar: te calma la sed un segundo, pero te destruye los riñones en el proceso.
Lo más inquietante no es la necesidad de aprobación. Eso siempre ha existido. Lo nuevo es la velocidad con la que se mide. Antes la validación venía de conversaciones, de vínculos, de contexto. Ahora viene en números. Y los números tienen un peligro: no discuten, no matizan, no consuelan. Simplemente suben o bajan.
Y la persona empieza a comportarse en consecuencia.
Se deja de publicar lo que se piensa y se empieza a publicar lo que “funciona”. Se deja de vivir experiencias y se empieza a producir contenidos. Se deja de preguntar “¿me gusta esto?” y se reemplaza por “¿les gustará esto?”
Y no nos engañemos, esto es una cuestión de mercado. Nosotros no somos los usuarios de las redes; somos el producto. Somos el ganado que entrega sus datos, su tiempo y su salud mental a cambio de un espejismo de relevancia. El algoritmo no tiene sentimientos; no tiene mala intención, no odia a nadie, tiene objetivos. Y su objetivo principal es mantenerte pegado a la pantalla, preferiblemente enojado o envidioso, porque esas son las emociones que más facturan. La envidia es el combustible de las redes sociales. Deseamos la vida perfecta del vecino, sin saber que el vecino está igual de quebrado por dentro, fingiendo una felicidad para que nosotros le demos nuestro “Like” de limosna.
Y ahí aparece el verdadero problema: no es que las redes sociales obliguen a nada. Es que muestran con precisión qué recompensa… y el cerebro hace el resto.
Empiezan a aprender, sin darse cuenta, qué versión de ellos genera más respuesta. Y como todo aprendizaje eficiente, se refuerza. Publica, recibe aprobación, el cerebro guarda el patrón. Publica otra vez, no hay likes, el cerebro también lo guarda. Y lentamente aparece una idea incómoda: si no hay likes, no valió la pena.
No es vanidad. Es condicionamiento.
Y lo más irónico es que esto ocurre en una época que se vende como “autenticidad”. Sé tú mismo. Exprésate. Muestra tu personalidad. Pero con una nota pequeña que nadie lee: siempre y cuando esa personalidad sea suficientemente interesante para no ser ignorada.
Entonces la pregunta deja de ser filosófica y se vuelve clínica: ¿qué pasa cuando la validación externa se convierte en una medida constante de valor personal?
Pasa algo bastante simple y bastante incómodo: empiezas a vivir en función de señales y sin darte cuenta, te conviertes en una especie de editor de ti mismo en tiempo real, recortando partes de tu identidad que no rinden, amplificando las que sí.
No es necesariamente falso. Es eficiente. Y esa es la trampa.
Porque la eficiencia no siempre es compatible con la salud emocional.
En consulta o en la vida cotidiana uno ve el mismo patrón con distintos disfraces: personas que ya no disfrutan tanto las cosas, pero sí disfrutan la respuesta a las cosas. Gente que ya no está presente en sus momentos, pero sí en su documentación. Personas que no recuerdan bien lo que vivieron, pero sí cuántos likes tuvo.
Y cuando eso pasa, algo se invierte. La experiencia deja de ser el objetivo y se convierte en el medio. Ya no vives para sentir. Vives para mostrar que sentiste.
Lo más silencioso de todo esto es que no se siente como pérdida. Se siente como progreso. Más alcance, más interacción, más conexión. Pero a veces la conexión no es con otros… es con la expectativa de otros.
Y esa diferencia, aunque parezca sutil, es enorme.
Quizá el problema no es querer ser visto. Eso es humano. El problema es cuando ser visto se vuelve la única forma de confirmar que estás ahí.
Porque en ese punto, el silencio ya no es ausencia de ruido… es ausencia de valor.
Y eso, en cualquier lenguaje, no es una red social.
¿Cuál es la cura? No es el “detox digital” de un fin de semana en un hotel boutique sin Wi-Fi; eso es solo otra pendejada para instagram.. La cura es el desprecio por la aprobación ajena. Es recuperar la capacidad de disfrutar algo sin la necesidad compulsiva de que un desconocido lo apruebe.
Aprendan a comerse el pastel. Disfruten el café frío. Miren el atardecer hasta que les duelan los ojos, pero mantengan el teléfono en el bolsillo. Al final de la vida, cuando la luz se vaya apagando, les aseguro que no habrá ninguna notificación que pueda llenar el vacío de una vida que solo ocurrió a través de una pantalla.
Dejen de ser la “pobrería” que mendiga atención. Maduren. El mundo real no tiene botón de “Me gusta”, pero tiene algo mucho mejor: tiene verdad. Y la verdad, aunque no use filtros, es lo único que nos mantiene cuerdos.

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