PARA QUIENES NO PUDIMOS DESPEDIRNOS

Un relato de amor, memoria y esperanza
Dr Hugo A. Fiallos
Aún con una despedida pendiente

El muchacho se acercó a la cama lentamente, con sorpresa, sin creer todavía lo que yo le acababa de decir. Nadie se lo cree. Oyen las palabras, entienden lo que signfican, pero el cerebro se resiste a procesarlo. "Esta agonizando, ya no hay nada que hacer por ella, entre a despedirse". Caminó con pasos lentos, pesados, que no querían, que lo acercaban a la realidad que no quería aceptar. Vio el monitor, vio a su madre conectada al respirador artificial, vio como su pecho se elevaba y descendía rítmicamente, siguiendo el ritmo de la máquina.
Se inclino sobre ella y antes, en un remanente de machismo, volvió a ver a su alrededor quién lo estaba observando y se encontró con mi mirada. Con un asentimiento de cabeza le dije "esta bien, hagalo" se volvió hacia su madre, le dio un beso en la frente y comenzó a despedirse de ella mientras dejaba que las lágrimas y la tristeza lo envolvieran.
Las palabras salieron desordenadas, atropelladas, incompletas. Como siempre. Nadie sabe despedirse bien. Nadie ensaya eso. Pero eran suyas. Eran reales. Y mientras hablaba, mientras lloraba, mientras se despedía, la habitación entera pareció quedarse en pausa, como si incluso el tiempo entendiera que ese momento no se interrumpe.
Que afortunado es -pensé-, yo no tuve la oportunidad de decirle adiós a mi madre. Y pensé en tantas y tantas personas que no tuvieron esa bendición, porque, por cruel que se lea, el poder despedirse de un ser querido mientras agoniza, es una de las bendiciones mas grandes que puede darnos Dios y la vida.
Duele, sí. Duele como pocas cosas. Pero dentro de ese dolor hay algo que no siempre se nota: hay cierre. Hay presencia. Hay verdad. Ese beso, ese “perdóname”, ese “gracias”, ese “te amo”… aunque llegue tarde, aunque llegue entre lágrimas… llega. Y cuando llega, se queda. Con el tiempo no borra el dolor, pero lo vuelve tolerable.
Lo difícil es cuando no llega.
Y es que a veces, el silencio pesa más que las palabras. Hay quienes se marchan sin aviso, dejando una silla vacía, una taza de café sin terminar y mil cosas por decir. Para aquellos que hemos perdido a alguien sin poder despedirnos, el dolor es distinto.
No es solo tristeza. Es algo diferente. Es como si la vida siguiera, pero con un vacio que no se termina de resolver. Es el “después hablamos” que nunca ocurrió. El “luego te digo” que se quedó sin tiempo.
El problema no es la muerte en sí. Es lo que queda abierto.
El tiempo no cura eso. El tiempo lo transforma. Aprendemos a rodearlo, a vivir con ese vacío en el pecho. A volver a los recuerdos sin que nos rompan cada vez.
Cerramos los ojos y ahí están.
La risa, con ese tono que ninguna otra persona tiene. El abrazo, en el que uno cabía sin tener que explicarse. Los consejos que antes ignorábamos y que ahora buscamos en cualquier rincón de la memoria, como si repitiéndolos pudiéramos traerlos de vuelta.
Seguimos hablando con ellos. En silencio. En pensamientos. En decisiones pequeñas.
Yo he visto morir a muchas personas. He visto cómo se apaga la vida en habitaciones llenas de máquinas, donde el sonido dominante no es la voz humana, sino el de los monitores. He visto muertes limpias, técnicas, silenciosas. Sin manos que sostengan. Sin alguien que diga “estoy aquí”.
Y también he visto lo otro.
He visto a alguien despedirse.
He visto cómo una mano apretada en el momento correcto cambia algo. No en el desenlace —eso ya está escrito—, pero sí en lo que queda después. He visto cómo una despedida, por breve que sea, le da al que se queda algo a lo que aferrarse cuando todo termina.
Por eso, aunque a veces choque con normas, protocolos o estructuras rígidas, hay decisiones que no deberían discutirse tanto.
Permitir una despedida no es un gesto médico.
Es un acto humano.
Aunque sean dos minutos. Aunque sea una sola persona. Aunque sea solo para decir una frase mal construida y dar un beso torpe. Eso basta.
Porque ese momento no es para el que se va.
Es para el que tiene que seguir viviendo con lo que venga después.
Y lo que viene después, cuando no hubo despedida, es distinto.
No es fácil el cerrar un ciclo cuando tu ciclo esta inconcluso, cuando hay besos, abrazos y frases que quisiéramos haber podido decir y que no dijimos, cuando esa persona que nos amó tanto muere sin escuchar un “te amo”, un “ve en paz”, o incluso, “voy a estar bien”.
¿Se han puesto a pensar en cuanta gente no se pudo despedir durante la Pandemia? A seis años de ello, ¿como ha afectado eso a los que les sobrevivieron? ¿cómo les sigue afectando?
Y también están aquellos que el maldito sistema les ha obligado a emigrar, a vivir escondiéndose en otro país, a enterarse de una muerte por una llamada, por un mensaje, y no poder asistir por ser inmigrantes irregulares.
Y es que nos han hecho creer que la muerte es algo que le pasa a otros, a conocidos, pero no pensamos en que nos puede tocar a nosotros. Por eso sorprende tanto, por eso duele tanto.
Esta historia es para ti, para mí, para todos los que llevamos ese vacío silencioso. Recordemos que el amor no desaparece, simplemente cambia de forma. En cada amanecer, en cada gesto cotidiano, los seguimos honrando. Y aunque la despedida no llegó, el cariño sigue floreciendo en nuestro interior, dándonos fuerza para continuar. Por difícil que parezca, al final la vida sigue, y aunque el dolor no desaparece, en medio de todo eso, hay algo que queda claro:
Amar siempre va a implicar este riesgo.
El de no poder despedirse.
Y aun así, seguimos eligiendo amar.
Porque incluso con ese final posible, sigue siendo lo único que realmente vale la pena.

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