LOS FANTASMAS DE MI BARRIO
Los fantasmas de mi barrio
Dr Hugo A Fiallos
Cuando bajé de mi carro en lo que queda del Barrio La Laguna de Puerto Cortes, el aire me abrazo y me dijo al oido, “bienvenido hijo” y el polvo de la calle reconoció mi caminar.
Mi casa sigue ahí, ahora es casa de esquina porque la casa de mi tia Aminda fue destruida para dar paso a la carretera.
Mi abuelo construyó su casa con sus propias manos ya hace mas de 80 años, esa casa sobrevivió a todos los huracanes que tengo memoria, desde el Fifi en 1974 hasta este año 2026.
Pero mi abuelo también decía que las casas viven con sus habitantes y por sus habitantes.
Por eso mi casa se está cayendo a pedazos, porque ahora está abandonada.
Esa casa que en su época de gloria estuvo llena de gente, olor a pastel recien horneado, de música, risas y conversaciones bulliciosas ahora está apagada, La soledad y el abandono la habita, y la carcoma la destruye.
Y en la esquina de mi casa, la figura de mi vecina, sentada a la sombra platica con mi tia Graciela, mientras comparten una sonrisa y como no, una taza de café con mi madre. No importa que ellas hayan muerto hace años, sus fantasmas continúan habitando mi casa, al igual que todos los vecinos de mi barrio que ya no están.
Para muchos de nosotros, la palabra "barrio" ya no es un lugar. Es un recuerdo. Un álbum de fotos en Facebook, de alguna pagina de la historia de mi puerto Cortes en que aparezca el abandonado, solitario y moribundo Barrio La Laguna con el almacén de don Abraham, la Pulpería de la niña Mery, la barberia de don Pancho, o la casa de la tía Aminda que servia para que yo me reuniera con los amigos, o mi casa que gracias a doña Vilma olía a café con pastelitos fritos y tajadas con repollo.
Y los que se quedaron, los de antes, se quedaron solos.
Porque mi barrio se ha llenado de fantasmas.
Y no hablo de sábanas flotantes con agujeros por ojos o que arrastran cadenas mientras hacen ruidos que te erizan la piel. Hablo de una realidad mucho más triste, esos fantasmas somos nosotros, los que nos fuimos.
Nuestros viejos, nuestros abuelos, los que se quedaron a cuidar la casa y la memoria, son los que están conviviendo con esas ausencias. Y lo que la gente llama locura o demencia, los científicos, que tienen nombre para todo, lo llaman alucinaciones de la memoria. El cerebro, que es una máquina prodigiosa para llenar vacíos, empieza a proyectar las voces, las risas y las caras de quienes ya no están. La abuela que le habla a la foto de la pared, el abuelo que saluda al aire como si estuviera el compadre de siempre, no son delirios. Son el eco de una soledad tan profunda que el cerebro, para no romperse, decide fabricar la realidad que ya no tiene.
El problema es que la sociedad nos vendió el progreso como un camino individual. "Sal de ahí", "supera a tu familia", "construye tu propio camino". Y en ese afán de construir, destruimos sin darnos cuenta el capital social que nos hacía comunidad. El barrio se ha vaciado de vida y se ha llenado de espectros.
Hoy, la mayoría vivimos en esta tierra de nadie que es “la ciudad”, ese ranchon de cemento que nos prometió un futuro y nos entregó una cuenta bancaria en cero y una crisis de ansiedad.
Los cipotes que jugaban la potra de las cinco de la tarde en la calle se van, la vecina se muere, el amigo emigra. Y lo que queda es un puñado de viejos, con sus casas llenas de recuerdos y vacías de personas, conversando con los fantasmas de quienes los amaron.
El concepto de gentrificación silenciosa es clave para entender este fenómeno. No es solo cuando llegan los ricos a comprar tu cuadra. Es cuando las oportunidades se van y te obligan a irte, dejando atrás a los que no tienen las fuerzas o el dinero para emigrar. Los viejos son los que se quedan a pagar las consecuencias de nuestro "progreso". Son ellos los que nos recuerdan que, en la carrera por una vida mejor, muchos dejamos de ser seres humanos para convertirnos en fantasmas, en meras presencias en la memoria de los que dejamos atrás.
¿Y cuál es la solución? No existe un exorcismo para esto. No hay curas, ni rituales, ni polvos mágicos. La única forma de espantar a estos fantasmas es dejar de serlos. El antídoto contra el olvido es la presencia. Volver al barrio.
Una llamada de teléfono, una visita inesperada, un mensaje preguntando cómo están. Cosas que no cuestan dinero, pero que valen más que el oro. Esas pequeñas acciones son el equivalente a un plato de comida para el alma. Le demuestran a la mente de nuestros viejos que la realidad aún tiene vida, que no necesitan fabricar fantasmas porque los vivos estamos ahí, recordándoles que no están solos.
La próxima vez que veas a un abuelo sentado solo en una plaza, no lo mires como un viejo chiflado. Míralo como lo que es: un sobreviviente de un mundo que ya no existe, un guardián de la memoria de un barrio que se fue y que, quizás, en su soledad, está charlando con los fantasmas de los que se fueron, esperando que uno de esos fantasmas, por fin, vuelva a ser carne y hueso.
La responsabilidad es nuestra. Porque si no volvemos a habitar nuestros barrios, solo quedarán las casas vacías, los recuerdos borrosos y los viejos, sentados en sus veredas, haciendo un censo interminable de los fantasmas que dejaron. Volvamos a nuestro barrio, para volver a ser nosotros.
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