ALZHEIMER: CUANDO EL LADRÓN NO ENTRA POR LA VENTANA, SINO POR TU MENTE.


Dr. Hugo A. Fiallos
Médico que escribe para huir de lo que escribe.

Hay enfermedades que llegan haciendo escándalo. Dan fiebre, provocan dolor, obligan a correr al hospital. Y hay otras que son mucho más perversas. Llegan despacio, en silencio, disfrazadas de "cosas de la edad". Nadie les presta atención al principio. Todos encuentran una explicación cómoda: "Ya está viejito", "Siempre ha sido distraído", "Así son los abuelos", Y mientras la familia inventa excusas, la enfermedad ya empezó a hacer su trabajo.
Primero desaparecen las llaves, después las conversaciones, luego los nombres, y un día, desaparecés vos.
Porque la persona que te cambió los pañales ya no sabe quién sos.
Y esa es una de las tragedias más crueles que puede vivir una familia.
Por eso es que hoy quiero desglosar para ustedes, qué son el Alzheimer y la demencia, sus similitudes, diferencias y por qué deberíamos hablar de esto sin tapujos.
Aquí vale la pena aclarar algo que casi todo el mundo confunde. Mucha gente dice: "Tiene demencia senil", como si fuera un diagnóstico. En realidad, la demencia no es una enfermedad específica. Es un conjunto de síntomas. Es como decir que alguien tiene fiebre. La fiebre puede ser causada por muchas enfermedades diferentes. Lo mismo ocurre con la demencia. La demencia es un paraguas que cubre un montón de problemas cerebrales. Es como si tu cerebro decidiera irse de vacaciones sin avisarte: olvidas dónde vives, cómo se llama tu perro o por qué estás parado frente al refrigerador. No es solo “vejez”; es un daño real que afecta memoria, lenguaje y decisiones. La ciencia dice que puede venir de infartos cerebrales, lesiones, problemas que pueden tratarse, como algunas deficiencias vitamínicas o trastornos de la tiroides, o incluso demasiadas noches de tequila. Según estudios, afecta al 10% de los mayores de 65, y no, no es “normal” envejecer así.
Por eso, no todo adulto mayor que olvida cosas tiene Alzheimer.
Y tampoco todo el que dice una tontera está desarrollando una demencia. Si así fuera, el congreso sería un enorme psiquiátrico. (ah no perenme, ya lo es)
El envejecimiento normal también produce cambios.
Porque lo aceptemos o no, todos olvidamos nombres, todos entramos a un cuarto y olvidamos a qué íbamos, todos buscamos el celular durante veinte minutos mientras lo tenemos en la mano.
Eso no significa que tengamos Alzheimer.
La diferencia está en que la persona sana termina recordándolo.
Quien desarrolla una demencia empieza a perder la capacidad de realizar actividades cotidianas. Se pierde en lugares conocidos. Olvida cómo preparar un café. No reconoce familiares. Confunde épocas de su vida.
El problema deja de ser un olvido, empieza a convertirse en otra realidad.
Porque hay algo que pocas veces se dice y es que el Alzheimer es el líder de la mara en el barrio de la demencia, causando el 60-80% de los casos. Es una enfermedad específica donde proteínas tóxicas se acumulan en tu cerebro como basura que nadie recoge. Empiezas olvidando citas, luego palabras, y al final, hasta cómo comer. El Alzheimer es el único que te hace olvidar las deudas, pero también a los hijos.
El Alzheimer no mata de un día para otro. Hace algo peor: empieza a robar pedacitos de la persona que uno ama.
Y allí aparece otro problema enorme: la negación.
Las familias suelen tardar años en buscar ayuda porque aceptar que mamá o papá tienen una enfermedad neurodegenerativa es doloroso. Es más fácil pensar que es una etapa pasajera pero no, no lo es.
Entre más temprano se diagnostique, mejores herramientas existen para retrasar el deterioro, organizar los cuidados y preparar a la familia, porque el Alzheimer no afecta únicamente al paciente. Afecta a toda la familia: Hijos que dejan sus trabajos, esposos que se convierten en cuidadores de tiempo completo, nietos que dejan de salir porque alguien tiene que quedarse vigilando al abuelo para que no abra la puerta a las tres de la mañana creyendo que debe ir a trabajar.
La enfermedad consume tiempo, dinero, paciencia. Y muchas veces consume matrimonios.
Mientras tanto, la sociedad sigue repitiendo la frase más inútil que existe:
"Échenle ganas."
Como si una proteína anormal dentro del cerebro pudiera desaparecer por pura actitud positiva.
Nambe. Seamos honestos: La ciencia todavía no tiene una cura para el Alzheimer.
Existen medicamentos que pueden retrasar parcialmente el deterioro en algunos pacientes, pero ninguno devuelve la memoria perdida.
Por eso la investigación científica sigue siendo tan importante.
Y también por eso es que me emputa que todavía existan personas que creen más en una cadena de WhatsApp que en décadas de investigación médica.
Como cuando aparece un vendedor de milagros ofreciendo vitaminas mágicas, suplementos "naturales", o dietas que supuestamente curan el Alzheimer.
La única enfermedad que realmente curan esas terapias es la pobreza del vendedor.
Porque del paciente únicamente vacían la billetera.
Ahora bien, tampoco todo está perdido.
La evidencia científica demuestra que existen factores que ayudan a disminuir el riesgo de desarrollar demencia.
Controlar la presión arterial, la diabetes. Hacer ejercicio. Dormir bien. Evitar el tabaco. Mantener una vida social activa. Y, sobre todo, usar el cerebro: Leer, Aprender idiomas, Resolver problemas, Conversar, Escuchar música.
Aprender algo nuevo incluso después de los sesenta años.
El cerebro es parecido a cualquier músculo, si no se usa, termina deteriorándose.
Aunque, siendo sinceros, algunos llevan años sin ejercitarlo. Basta con leer ciertos comentarios en redes sociales para darse cuenta que muchas neuronas se jubilaron antes de tiempo.
Pero hay algo todavía más importante que todo lo anterior.
La dignidad.
Las personas con Alzheimer siguen siendo personas.
No son niños, no son muebles, no son una carga. Tampoco son "el viejito que ya no entiende nada".
Son seres humanos que están perdiendo su capacidad de recordar, pero que siguen sintiendo miedo, tristeza, alegría y cariño.
Muchas veces olvidan las palabras, pero recuerdan el afecto. Olvidan los nombres, pero reconocen una caricia. Olvidan las fechas, pero conservan emociones.
Por eso duele tanto cuando la familia deja de visitarlos. Cuando dejan de hablarles.
Cuando los excluyen porque "total, ya no entienden".
Tal vez no entiendan toda la conversación, pero sí entienden el abandono.
Y eso también deja cicatrices.
Como sociedad seguimos fallando. Estigmatizamos la demencia, la escondemos en asilos y fingimos que no nos va a tocar. Pero las estadísticas son brutales: millones de personas afectadas y cuidadores quemados física y emocionalmente. 
Vivimos en una sociedad obsesionada con la juventud. Celebramos al que produce, al que trabaja, al que genera dinero.
Pero cuando alguien envejece y necesita ayuda, pareciera que deja de ser visible.
El Alzheimer nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿Qué tanto vale una persona cuando deja de ser productiva?
La respuesta correcta debería ser sencilla: Vale exactamente lo mismo.
Porque la dignidad humana no depende de la memoria, ni del salario, ni de la edad.
Quizá la mayor lección del Alzheimer es que nos recuerda que somos mucho más frágiles de lo que creemos.
Que nuestros recuerdos son el hilo que mantiene unida nuestra identidad.
Y que algún día cualquiera de nosotros podría necesitar la misma paciencia, el mismo cariño y la misma comprensión que hoy le negamos a otros.
Porque nadie está completamente a salvo del paso del tiempo.
Las arrugas llegan, las canas llegan, y ojalá la pérdida de memoria nunca llegue.
Pero si algún día toca enfrentarla, espero que quienes nos rodeen recuerden algo que nosotros quizá ya no podamos recordar: Que seguimos siendo personas.
Y eso, aunque la memoria falle, jamás debería olvidarse.
Y sí, duele decirlo, pero ver a alguien que amas pasar por esto es una tortura lenta. Es perder a la persona en vida. Recuerdo historias de oyentes del podcast que cuentan cómo su madre pregunta por el marido muerto hace 15 años como si acabara de salir a comprar el pan. O el padre que se pone violento porque no reconoce su propia casa. Ahí el humor negro se vuelve una herramienta de supervivencia: “Bueno, al menos ya no recuerda que le debo dinero”. Pero detrás de la broma hay lágrimas.
¿Por qué decidí hablar de esto? Porque el Alzheimer y la demencia no solo afectan al que las padece, sino a familias enteras. Ver a alguien que amas desvanecerse es como perderlo mientras aún respira. Y aunque mi estilo es reírme del caos –porque si no ríes, lloras–, esto es serio. Diagnósticos tempranos y hábitos saludables pueden marcar la diferencia.
Al final del día, el mensaje del podcast y de esta columna es el mismo: cuida tu cerebro como si fuera el último coche que vas a tener. Come verdura aunque sepa a pasto, camina aunque te duela el culo, llama a tus viejos aunque repitan las mismas historias. Y si algún día olvidas todo, ojalá quede al menos el eco de las carcajadas. Porque en esta vida tan absurda, olvidar con estilo sigue siendo la mejor venganza contra el olvido. Así que, mientras puedas, disfruta tu café, ríe con tus amigos y no dejes que el miedo te robe el presente. 

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