EL CAFÉ: LA DROGA QUE EL HONDUREÑO VENERA

Dr Hugo A. Fiallos
Médico que no bebe café.

Hay algo que me llama muchísimo la atención.
Si usted fuma, tiene un vicio.
Si se toma diez cervezas, tiene un problema con la bebida,
Si consume cocaína, necesita ayuda.
Pero si comienza el día con tres tazas de café, entonces usted es una persona normal.
Curioso, ¿verdad?
Hoy quiero hablar de la droga más consumida del planeta.
La que venden en supermercados, hospitales, iglesias, velorios, reuniones familiares, oficinas, universidades, gasolineras e irónicamente hasta en los hospitales.
El café.
Como todos saben, yo soy médico, y si no lo sabían pues ya lo saben.
Y, para sorpresa de muchos, incluso los que me conocen personalmente, casi nunca tomo café.
Así que hoy voy a criticar al café desde afuera.
En Honduras hay muy pocas cosas capaces de unir a los hondureños. El fútbol divide familias. La política divide amistades. El regreso de JOH divide hasta los grupos de WhatsApp.
Pero aparece una taza de café y de repente todos son amigos.
Porque en Honduras el café no es solamente una bebida. Es una tradición, una costumbre, una forma de decir "bienvenido", una excusa para conversar y, en muchos casos, casi un miembro más de la familia.
La abuela tiene su café. La oficina tiene su cafetera. El hospital tiene su rincón del café. La UCI tiene una cafetera (que no sirve pero igual se preparan su café). La visita llega y antes de preguntarle cómo está ya le están preparando café.
Pero precisamente porque algo forma parte tan profunda de nuestra cultura, pocas veces nos detenemos a preguntarnos algo incómodo:
¿Realmente disfrutamos el café?
¿O dependemos de él?
Antes de que alguien se ofenda y me quiera putear por meterme con su café, aclaro algo: no estoy diciendo que el café sea malo. La ciencia no funciona con esas frases simplonas de "esto es bueno" o "esto es malo". La medicina es más complicada que eso.
El café puede tener beneficios. También puede tener riesgos. Depende de la persona, la cantidad y la relación que tenga con esa taza diaria.
Porque sí, señores, digamoslo de una buena vez: el café es una droga. Una DRO-GA. 
No estoy diciendo que una taza de café sea igual a una droga ilegal. Estoy usando la palabra en su sentido médico: una sustancia que produce cambios en el organismo, especialmente en el cerebro.
La cafeína es una sustancia que actúa sobre nuestro sistema nervioso, modifica la sensación de cansancio, aumenta la alerta y puede producir tolerancia y síntomas de abstinencia.
Ah pero como viene en una taza bonita, huele delicioso y normalmente se consume en reuniones familiares, nadie quiere llamarla droga.
Porque tenemos una costumbre humana bastante interesante: cuando algo nos gusta, le llamamos "costumbre".
Cuando algo le gusta a otro y nos parece peligroso, le llamamos "vicio".
La cafeína funciona bloqueando una sustancia en el cerebro que participa en la sensación de cansancio (Adenosina le dicen los que les gusta hablar grave para parecer que saben). En palabras sencillas: el cerebro tiene un sistema que nos avisa "yastuvo, necesitamos descansar", y la cafeína temporalmente retrasa esa alarma.
Por eso después de un café muchas personas sienten:
“Ya reviví”. Lo mismo dicen los enganchados a la heroína, cocaína o al fentanilo. 
Pero hay un detalle: el café no crea energía. No produce horas adicionales de vida. No reemplaza el sueño.
Simplemente engaña temporalmente al cerebro para que no sienta tanto el cansancio.
Es como tapar una luz de aviso del carro. La luz desaparece, pero el problema sigue allí.
Y aquí empieza la parte interesante.
Muchas personas no toman café porque lo disfrutan, lo toman porque sienten que no pueden funcionar sin él.
"Yo sin café no soy nadie" dicen, y esa frase, dice mucho. Porque una cosa es amar el café y otra cosa es necesitarlo. La diferencia está en quién tiene el control.
Si usted puede pasar un día sin café y seguir con su vida, probablemente la relación es saludable.
Pero si no toma café y empieza con dolor de cabeza, se pone de malas pulgas, empieza a putear a todo el mundo, y anda todo ansioso, quizás su cerebro ya se acostumbró demasiado a esa ayuda externa.
La ciencia ha demostrado que la cafeína puede generar dependencia física. El organismo se adapta a recibirla diariamente. Por eso algunas personas necesitan cada vez más cantidad para obtener el mismo efecto.
La primera taza del día era suficiente hace diez años.
Ahora necesita cuatro.
Y todavía dicen: "Pero son cuatro pequeñas".
Los seres humanos tenemos una habilidad extraordinaria para justificar nuestras costumbres.
El problema no es solamente la cantidad, también es la razón.
¿Por qué necesita esa taza?
¿Porque disfruta el sabor?, ¿Porque le gusta el olor?
¿O porque está tratando de sobrevivir a una vida donde duerme poco, trabaja demasiado y vive permanentemente cansado?
Y aquí el café se convierte en un símbolo de nuestra época.
Vivimos en una sociedad que presume estar agotada.
La gente dice orgullosamente: "No dormí nada, pero aquí estoy".
Como si destruir el cuerpo fuera una demostración de compromiso, como si descansar fuera una debilidad.
Entonces aparece el café como el combustible de una sociedad cansada.
El problema es que ninguna taza puede solucionar una vida mal organizada.
El café puede ayudar a pasar una noche difícil pero no puede reemplazar años de mal sueño.
Puede mejorar la concentración, no el agotamiento crónico.
Puede acompañar una conversación, pero no puede sustituir una buena salud mental.
Ahora bien, sería injusto convertir al café en el villano de esta historia.
Porque la ciencia también ha encontrado aspectos positivos.
El consumo moderado de café se ha asociado con beneficios en diferentes áreas de la salud. Existen estudios que relacionan su consumo habitual con menor riesgo de algunas enfermedades como diabetes tipo 2, ciertos problemas hepáticos y enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson.
Además, la cafeína puede mejorar temporalmente la atención y el rendimiento mental.
No es casualidad que estudiantes, médicos, trabajadores nocturnos y personas con jornadas largas recurran a ella.
El problema aparece cuando confundimos una herramienta con una solución.
El martillo sirve para clavar un clavo.
Pero nadie intenta construir una casa solamente con un martillo.
El café es una herramienta, no una medicina milagrosa.
Tampoco es un enemigo.
La clave está en la relación que tenemos con él.
Por eso quizás la pregunta más importante no es:"¿Cuántas tazas de café toma al día?"
La pregunta es: "¿Por qué necesita tantas tazas?"
Si la respuesta es: "Porque me gusta". Perfecto. Disfrútelo. Tómese su café. Comparta la conversación. Aproveche ese momento.
Pero si la respuesta es: "Porque si no lo tomo no puedo funcionar", entonces vale la pena detenerse a pensar.
Porque quizás el problema no está en la taza.
Quizás está en una vida que nos está exigiendo demasiado.
Al final, el café es como muchas cosas en la vida: puede ser un placer maravilloso cuando nosotros lo elegimos.
El problema comienza cuando deja de ser una elección y se convierte en una necesidad.
Así que mañana, cuando levante su taza de café, hágase una pregunta sencilla:
¿Estoy disfrutando esta taza?
¿O me la estoy tomando para poder ser yo?
Porque hasta el amor más bonito necesita límites. Incluso el amor por el café.

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