EDUCANDO A LA POBRERÍA: CRÓNICA DE UN HIJO INCÓMODO. Educando a La Pobrería celebra su episodio número 100.

Dr Hugo A. Fiallos
Padre putativo de este producto.

Hay hijos que uno planea, hijos que llegan de sorpresa y, en algunos casos, hijos que uno fabrica a punta de desvelo, lecturas, platicas con amigos, discusiones, y una cantidad poco saludable de horas frente a una computadora. El mío se llama Educando a la Pobrería. Y es que después de tantos episodios, tantas horas de preparación, tantas discusiones, tantos errores, tantos temas y tanta gente que ha llegado a quererlo, cuestionarlo o detestarlo, resulta difícil verlo simplemente como un programa que uno graba y publica. O una columna que se publica una vez por semana y debo confesarlo, es producto del tema expuesto en el podcast, pero resumido sin llegar a ser copia.
Uno termina encariñándose con el producto. Y como ocurre con cualquier padre medianamente honesto, uno sabe que su hijo tiene virtudes, pero también sabe perfectamente cuáles son sus defectos.
Educando a la Pobrería nació de algo bastante sencillo: la curiosidad. De esa necesidad casi infantil de preguntar “¿y por qué?” cuando todo el mundo alrededor parece conformarse con un “porque así es”. Y es que hacer preguntas en una sociedad acostumbrada a las respuestas fáciles puede convertirse en una actividad sospechosa. Preguntar por qué creemos lo que creemos, de dónde salió una afirmación, qué dice la evidencia, por qué repetimos determinadas costumbres, por qué confiamos en ciertos personajes, por qué un mito se vuelve verdad simplemente porque lo repitió la abuela, el vecino, el influencer o el señor que tiene un micrófono y habla con absoluta seguridad en TikTok… todo eso puede resultar bastante incómodo.
Y entonces apareció la palabra: Pobrería.
Aquí conviene detenerse porque probablemente sea la palabra que más malentendidos ha producido. Pobrería no significa pobreza económica. No significa vivir con poco dinero, haber nacido en un barrio humilde o no poder pagar una universidad. Una persona puede tener muy poco dinero y poseer una curiosidad intelectual enorme. Puede no haber tenido oportunidades educativas formales y, sin embargo, pasar la vida preguntando, leyendo, aprendiendo y tratando de comprender el mundo. Esa persona podrá tener carencias económicas, pero no necesariamente tiene pobrería.
La pobrería de la que hablamos aquí es otra cosa. Es la pobreza de la curiosidad. La pobreza del conocimiento cuando no queremos buscarlo. La pobreza del criterio cuando preferimos que alguien piense por nosotros. Es esa especie de indigencia intelectual que aparece cuando dejamos de preguntar, cuando nos enamoramos de nuestras propias certezas y cuando confundimos tener una opinión con tener conocimiento. Y eso, créanme, no depende del saldo de una cuenta bancaria.
Pero como insultar es mas fácil para los mediocres, gritan desde su ignorancia que la palabra es despectiva.
También hay que hacer otra aclaración: ser ignorante no es un pecado. Todos somos ignorantes. Yo soy ignorante de miles de cosas. Usted también. El médico puede saber muchísimo de medicina y no tener la menor idea de cómo reparar una transmisión automática. El abogado puede conocer perfectamente el código penal y no distinguir un café bueno de uno que sabe a agua de calcetín. La ignorancia, entendida simplemente como no saber algo, es parte de ser humano.
El problema comienza cuando la ignorancia se convierte en orgullo. Cuando uno no sabe y, en lugar de decir “no sé”, inventa. Cuando alguien le presenta evidencia y responde con una cadena de WhatsApp. Cuando una persona cree que haber escuchado algo durante veinte años equivale a haberlo comprobado. Cuando cambiar de opinión se considera una humillación y no una señal de aprendizaje. Ahí es donde la pobrería empieza a hacer de las suyas.
Y contra eso nació este podcast.
Y eso es precisamente lo que hace incómodo a Educando a la Pobrería.
Porque un podcast que habla de medicina puede ser entretenido. Uno que habla de cultura puede ser interesante. Uno que habla de política puede generar discusiones. Pero un podcast que constantemente le dice a uno “pereme compa ¿y si estamos equivocados?” empieza a meterse en terrenos peligrosos. Porque cuestionar las ideas propias siempre resulta mucho más difícil que cuestionar las ajenas.
Claro que el podcast también tiene defectos. Sería mucha pobrería intelectual creer que no los tiene. A veces hablo demasiado. A veces una idea podría explicarse mejor. A veces el chiste funciona y otras veces escucho el episodio después y pienso: “¿En serio dije eso?”. Hay temas que pudieron investigarse más, argumentos que pudieron construirse mejor y momentos en los que probablemente el sarcasmo se nos fue un poquito de paseo. Y sí, también puedo equivocarme.
Pero quizá esa sea una de las cosas que más quiero conservar: la posibilidad de corregirse.
Porque un proyecto que pretende luchar contra la ignorancia no puede comportarse como si fuera dueño de la verdad absoluta. Si Educando a la Pobrería alguna vez deja de cuestionarse a sí mismo, habrá empezado a convertirse exactamente en aquello contra lo que nació.
Por eso agradezco incluso a quienes me han señalado errores. No necesariamente a quienes insultan —eso lo puede hacer cualquiera con conexión a internet y cinco minutos libres—, sino a quienes cuestionan con argumentos. A quienes dicen “esto no es así” y traen una fuente. A quienes discrepan y explican por qué. A quienes obligan al podcast a afinar una idea. Esas personas también educan.
Y, por supuesto, están quienes escuchan. Los que leen una columna. Los que comparten un episodio. Los que mandan un mensaje. Los que comentan. Los que se ríen. Los que se enojan. Los que dicen “doctor, aquí sí se pasó”. Los que llegan después de escuchar un episodio y me dicen que nunca habían pensado el tema de esa manera.
A todos ellos, gracias.
Porque en algún momento este hijo dejó de ser solamente mío. Uno puede escribirlo, grabarlo, editarlo y ponerle nombre, pero un podcast realmente empieza a existir cuando alguien al otro lado decide escucharlo. Y después de 100 episodios, Educando a la Pobrería ya tiene conversaciones que yo nunca tuve, lectores que jamás he conocido y oyentes que probablemente jamás voy a ver personalmente. Eso también es crecer.
Y sí, es un hijo incómodo. Porque pregunta. A veces demasiado. Porque se mete donde no lo llaman. Porque se burla de cosas que llevamos años aceptando sin pensar. Porque no respeta las certezas heredadas. Porque puede hablar de una enfermedad y terminar hablando de la sociedad; comenzar con una costumbre absurda y terminar preguntándose por qué los seres humanos creemos lo que creemos; empezar hablando de un dato médico y terminar criticando al pésimo sistema de salud.
Pero, sobre todo, porque quiere seguir preguntando, investigando, aprendiendo y educando.
Y quizá eso sea lo que más me enorgullece.
No quiero que Educando a la Pobrería sea un podcast que le diga a usted qué pensar. Eso sería adoctrinamiento. Tampoco es para convertir a nadie en científico. Esa nunca ha sido la intención. Lo que quiero es algo bastante más modesto y, al mismo tiempo, bastante más difícil: que después de escuchar un episodio, usted tenga una herramienta más para pensar por su cuenta. Que después de escucharlo, sea un poquito más difícil engañarlo. Que tenga más preguntas que antes. Que desconfíe de las respuestas demasiado perfectas. Que entienda que decir “no sé” no lo hace menos inteligente. Que descubra que cambiar de opinión cuando aparece nueva evidencia no es perder una discusión: es aprender.
Que si alguien llega y le dice que una vitamina cura el cáncer, usted pregunte “¿y la evidencia?”. Que si alguien asegura que una enfermedad apareció porque Dios nos está castigando usted tenga la curiosidad para investigar antes de repetirlo. Que si un político promete solucionar Honduras en cuatro meses, usted recuerde que las promesas no son resultados. Que si un influencer le asegura que descubrió el secreto que los médicos no quieren que usted conozca, por lo menos sospeche que probablemente el secreto sea venderle algo.
Porque la ignorancia no siempre llega con cara de ignorante. A veces llega muy bien vestida, con títulos universitarios, millones de seguidores y una seguridad impresionante.
Y despues de todo al final de cuentas, la verdadera riqueza no está solamente en cuánto sabemos, sino en cuánto seguimos queriendo aprender.
Y por eso Educando a la Pobrería seguirá siendo incómodo.
Porque mientras haya una mentira disfrazada de verdad, habrá que preguntar. Mientras haya un mito presentado como ciencia, habrá que investigar. 
Y mientras exista pobrería intelectual, aquí seguiremos educándola.
No para sentirnos más inteligentes que nadie.
Sino para recordarles algo que parece sencillo y que, sin embargo, olvidamos con facilidad aterradora: No saber no es una vergüenza. Negarse a aprender sí .

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